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Notas

La batalla por Barcelona

¿Hasta cuándo?

Rebajas de fin de año

La oportunidad del programa de Sumar

Vivienda y alimentación

De líderes, procesos y confluencias

Los «votos perdidos» de la izquierda alternativa en nuestro sistema electoral

¿Reglas jurídicas para erradicar la pobreza?

El futuro es aterrador

¿En pie contra la digitalización y la automatización?

Variantes de la exclusión democrática

Hacia un compromiso antipatriarcal entre mujeres y hombres

Paz y neutralidad

Economía de la catástrofe

Neofascismo posmoderno

¿Qué ha pasado en Chile?

Patrimonio y renta: distribución primaria y redistribución

Carta de la Redacción

Solos en la prehistoria

La izquierda alternativa ante una perspectiva peligrosa

Una ola de calor, la desigualdad y el derecho del cambio climático en un fin de mundo

Ucrania y el movimiento por la paz

Renace la austeridad

La memoria democrática: una tarea para el demos

Patriarcado

Inflación desbordada

Nota informativa sobre el acuerdo entre Reino Unido y Ruanda acerca del traslado forzoso de solicitantes de asilo

El movimiento vecinal y los problemas de la izquierda

Legitimar la barbarie

Los hombres por la igualdad en la encrucijada

Negociar, hacer la paz

La guerra de Ucrania como telón de fondo

Sumar… ¿Cómo?

La última manada

Globalización senil, pensamiento esclerotizado

Un manifiesto educativo, una reflexión pedagógica

La siniestralidad laboral en 2021: incidir sobre las causas para evitar los daños

Pasos en el reconocimiento de derechos de las trabajadoras del hogar

Un comentario laico sobre la propiedad inspirado por un indeseable

Marea negra

Memoria de Juan Diego

Abandonar al pueblo saharaui

¿Pacto de rentas?

El reality político

Nos habían avisado los «chalecos amarillos»

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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