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Antonio Giménez Merino

Hacia un compromiso antipatriarcal entre mujeres y hombres

Hace tiempo que un sector del feminismo —aquél más atento a los problemas concernientes a la pobreza— es consciente de la deriva de las corrientes unidireccionalmente enfocadas hacia el identitarismo y se preguntan, con razón, por la parte de responsabilidad de éstas tanto en el crecimiento social del antifeminismo como en el alejamiento de muchas jóvenes del feminismo. Un ejemplo lo encontramos en el artículo de Nuria Alabao publicado en la sección “De otras fuentes” de este mismo número, en el que plantea, por una parte, las limitaciones de las luchas sociales que pierden de vista su inserción dentro de marcos de problemas más amplios e interrelacionados; y, más específicamente, si destruir los actuales roles masculinos que reproducen la violencia es un objetivo que pueda lograrse sin el concurso activo de los varones.

La primera de estas cuestiones es antigua, pero acaba estallándonos en la cara en los tiempos que corren de auge del descontento masculino frente a lo que es percibido como un ataque desproporcionado y generalista contra este género. Un descontento aprovechado y alimentado por movimientos reaccionarios en todo el mundo que, al tiempo que sienten amenazada su moralidad positiva (o si se prefiere, su dividendo patriarcal), aprecian en la reacción antifeminista una importante oportunidad para amasar capital político. Ya en los años ochenta y noventa, autoras como Nancy Frazer o Raweyn Connell enmarcaban agudamente la nueva ola identitaria en el contexto cultural del neoliberalismo en ascenso, en la medida en que, alejada ya de la antigua perspectiva de clase, no resultaba peligrosa para el mantenimiento de las causas estructurales generadoras de opresión y desigualdad económica e incluso podía resultar comercialmente rentable. Es un ejemplo de esto último la política conocida como womenomics, que a través de incentivos como ayudas para el cuidado de personas dependientes o los permisos parentales indistintos de un año propulsó en Japón la participación femenina en el mercado laboral en un contexto estructural caracterizado por una tasa de natalidad muy baja. Medidas como ésta, o como la implantación de cuotas en los consejos de administración, que en apariencia resultan un avance claro en términos de igualdad de oportunidades, acaban, sin embargo, por desdibujar problemas como los niveles salariales bajos, la precariedad laboral o el aumento de horarios y ritmos laborales, que sacuden justamente a la masa principal de la población femenina. Complementariamente, la baja valorización del trabajo reproductivo y de cuidados no remunerado, esencialmente feminizado, acaba desplazando hacia trabajadoras emigrantes los avances de los que se pueden beneficiar aquellas mujeres con niveles socioeconómicos que les permiten alcanzar trabajos más estables y mejor remunerados.

Otro de los aspectos que la ola identitarista ha sumergido es el papel de un sector de varones en el combate contra el patriarcado, con lo que entramos en la segunda cuestión señalada por Alabao. En la década de los 90, de gran presión sobre el mundo del trabajo, la psicóloga Lynne Segal advirtió cómo en estos contextos muchos varones tienden a hacer pagar sus angustias no solamente a las mujeres, sino también a otros hombres en situaciones sociolaborales peores, como mecanismo de autoafirmación frente a la vulnerabilidad laboral (Why feminism?, Polity Press, 1999, cap. 5). La masculinidad competitiva dominante, por tanto, no sólo se reproduce a través del componente del género, sino que hay que explicarla en relación con aspectos como éste, por lo demás concernientes a todas las personas trabajadoras.

Pero al lado de los varones que exprimen sus privilegios o que luchan por no perderlos los hay también empáticos, cuidadores, no violentos y para quienes la vida no se mide en términos competitivos, en unos casos justamente como reacción a experiencias laborales muy deshumanizadoras, en otros como liberación de las causas que los han conducido a experiencias relacionales traumáticas. El imaginario dominante los excluye y de ahí el error atribuible al sector feminista que considera esto un dato irrelevante y no un factor que ayuda a avanzar en la posibilidad de representarnos a todos dentro de un imaginario compartido.

La autoorganización de un número de varones que no deja de crecer (desde que hace 20 años se constituyera en Sevilla el Foro de hombres por la Igualdad, tras la organización de la primera manifestación de hombres contra la violencia machista) en torno a las insatisfacciones que produce el imaginario en que hemos sido socializados, y su sintonía con las desigualdades de muchas mujeres, abre camino para una alianza necesaria con el feminismo a partir de la interiorización efectiva por los propios varones de la crítica al rol y los valores masculinos dominantes.

Por ello, hay que celebrar iniciativas como la exitosa #Sevilla #21oct21 de hace un año o la emprendida este año en Catalunya por la recientemente constituida Xarxa 21 d’Octubre, que bajo el lema “¡Queremos cuidar la vida!” el pasado 21 de octubre desplegó en el centro de Barcelona una importante movilización en favor de una alternativa al patriarcalismo que envuelva a los propios hombres (“desmontando la estructura violenta de nuestro interior” y “que pase por la empatía, los cuidados, las relaciones horizontales, la comunicación no violenta, el diálogo, la confianza y el respeto”). Compromiso personal de cambio, por un lado, y búsqueda de una alternativa social al conjunto de violencias interrelacionadas que caracterizan el mundo actual y que van más allá del sexismo. (Ver el Manifiesto aquí).

28 /

11 /

2022

La ley, en su majestuosa igualdad, prohíbe tanto a los ricos como a los pobres dormir bajo los puentes, mendigar en las calles y robar pan.

Anatole France
La azucena roja (1894)

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