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La Biblioteca de Babel

Derecho penal del enemigo en el primer franquismo

Tuits para el Siglo de la Gran Prueba

No tengáis miedo de lo nuevo

Elogio de la homosexualidad

Que sean fuego las estrellas. Barcelona (1917-1923)

El antigolpe. Manual para la respuesta noviolenta a un golpe de Estado

Sapiens. De animales a dioses. Una breve historia de la humanidad / Homo Deus. Breve historia del mañana

Cultura

Memoria del antifranquismo en el País Vasco

El siglo soviético

La factura de la corrupción pública y privada

La política contra la historia

Cómo se hizo Donald Trump

Els ponts trencats

El gran delirio. Hitler, drogas y el III Reich

La sociedad noviolenta. Conversaciones con Pepe Beunza

Una comedia siciliana

A la caça del PSUC

Las víctimas como precio necesario

La clase obrera no va al paraíso

Panrico. La vaga més llarga

La izquierda ante el colapso de la civilización industrial

Diccionario enciclopédico de la vieja escuela

Apóstoles y asesinos

Juan Carlos I. La biografía sin silencios

La Guerra Civil contada a los jóvenes

Mediterráneo: El naufragio de Europa

Descenso a los infiernos

Praxis política y estado republicano. Crítica del republicanismo liberal

Movimientos sociales construyendo democracia

Cultura clandestina. Los intelectuales del PSUC bajo el franquismo

Impolíticos jardines

Camins per l’hegemonia

La chapuza. Moneda europea y soberanía democrática

Contra la lex mercatoria

Una muerte feliz

Paris-Austerlitz

Librarse del €uro

La economía desenmascarada

Traficants d´ànimes

¡No es una estafa! Es una crisis (de civilización)

José Díaz. Discursos para la unidad popular. Junio de 1935-febrero de 1936

Voces de Chernóbil

¿Por qué Marx no habló de copyright?

Revista «Dialéctica»

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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