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No nos representan

Joan Busca

Ésta ha sido una de las consignas coreadas en las movilizaciones surgidas tras el 15-M. Ha tenido éxito entre sectores de la población que están hartos de las políticas neoliberales, de la corrupción y de la falta de miras de nuestros pretendidos líderes. Sólo hay que ver el triste desarrollo pre-congresual del PSOE para advertir que quienes pretenden liderar la izquierda están rayando el encefalograma plano del análisis político. Lejos de promover una reflexión profunda, democrática, activa, de cómo replantear un proyecto caduco, se limitan a una competición electoral entre dos líderes que han sido parte sustancial de la trayectoria que ha llevado al desastre. Efectivamente es difícil que con estos modos puedan conseguir adeptos más allá de sus clubs de fans y de la gente que aún aspira a alcanzar alguna butaca a su sombra.

Pero un exabrupto de rechazo no es nunca un análisis político ni puede convertirse en un eje de acción si verdaderamente se quiere transformar la sociedad. Hay varios riesgos en convertir el “no nos representan” en una línea de acción.

En primer lugar, el de pensar que quien lo profiere es realmente representativo de la sociedad. Y con toda la simpatía y la implicación en las manifestaciones del 15-M, hay que reconocer que quienes nos movilizamos a menudo tenemos menos representatividad que quienes estamos denunciando. Porque la representatividad no es el resultado de reflexión colectiva, sino que se construye mediante complejos mecanismos psicológicos que incluyen elementos irracionales como el carisma, la aceptación acrítica de valores establecidos  y las ilusiones. Es a lo que entiendo que Antonio Gramsci —el primer pensador de izquierdas en reflexionar sobre las complejas sociedades capitalistas del siglo XX— llamaba hegemonía, la capacidad de las clases dominantes en influir sobre los valores y las actitudes de la gente corriente. Y, nos guste o no, esta hegemonía sigue estando en el otro lado. Combinando mecanismos diversos, desde la aspiración de la gente a ser como los ricos hasta su analfabetismo tecno-científico en muchos casos, pasando por la continuidad de valores tradicionales y el miedo a lo no visto. Y esta hegemonía se traduce por ejemplo en el voto de la gente. O se traduce en que un jurado popular de la Comunidad valenciana encuentre no culpable a un Presidente amigo manifiesto de una trama corrupta. Cualquiera que quiere cambiar el mundo, o simplemente alterar la situación actual, debe empezar por el realismo de reconocer que la hegemonía está del otro lado, que él o ella no representan el consenso social, sino que parte de su actividad debe estar orientada a cambiar el consenso dominante, a generar un proceso de participación social que permita pasar de una hegemonía basada en la manipulación a otra nacida del  diálogo democrático y reflexivo.

En segundo lugar, bajo el no nos representan se atisba un poso de individualismo radical que más tiene que ver con la cultura de las capas medias educadas tardocapitalistas que con una verdadera reflexión social. Cualquier planteamiento democrático debe partir de considerar a toda persona como sujeto de la acción social. Y por ello fomentar los mecanismos que le permitan participar en los procesos de decisión y control colectivo. Pero cualquier proceso colectivo requiere también de compromiso, búsqueda de respuestas comunes,  creación de estructuras viables. Y éstas obligan casi siempre a realizar una compleja negociación entre las convicciones propias y las de los demás. Entre la unaminidad (pocas veces alcanzable) y la disidencia irrenunciable existen muchas posiciones intermedias que uno vive con mayor o menor entusiasmo pero que forman parte de cualquier compromiso social. Construir una alternativa a la sociedad actual, o incluso algunos cambios significativos de menor calado, exige mucha capacidad de crear interacción social, mucha creación de soluciones aceptables. Exige también saber vivir con la disidencia y encontrar fórmulas que no conviertan la misma en un motivo automático de ruptura. Vivimos en sociedades que fomentan un ego muy individualista. Especialmente cuanto mayor es el nivel educativo de la gente. Y esto se refleja en una tendencia paralizadora de la acción social, favorable a la ruptura y al abandono ante cualquier disputa. En el “no nos representan” hay también esta demanda infantil del “o se hace lo que yo quiero o el otro es un dictador”. Negociar con estos egos ultra-activados y desarrollar canales aceptables de interacción social es otra de las cuestiones claves para convertir un grito de rechazo en un movimiento social de largo alcance.

29/1/2012

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