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Joan Busca

Reforma electoral y nacionalismos periféricos

El debate sobre la injusticia del actual sistema de reparto de escaños parlamentarios a menudo escoge a los nacionalismos periféricos como los principales beneficiarios del modelo actual. Ésta no es sólo la posición de un partido nacionalista español como es UPyD, sino también de importantes sectores de Izquierda Unida que en cada proceso electoral perciben que en Parlamento Español hay una fuerza política, CiU, que les adelanta claramente en escaños a pesar de obtener un resultado electoral sustancialmente inferior de votos  en cómputo estatal. Y por ello algunos sectores afines han pasado a propugnar el colegio único estatal.

Uno puede ser más o menos amigo de los nacionalismos periféricos, pero lo primero que hay que ver es cuánto variarían los resultados electorales y quién saldría sustancialmente alterado en caso de realizarse el cómputo a escala estatal. Esto es lo que hizo el diario Público (22 de noviembre) y el resultado dista de dar credibilidad a esta presunción. Solo en el caso de Amaiur el resultado es sustancialmente relevante (perdería 2 escaños respecto a los 7 actuales). Afectaría poco a CiU que perdería 1 escaño, que a cambio ganaría la otra fuerza nacionalista catalana, ERC. Otras formaciones nacionalistas periféricas, el Bloque Nacionalista i Compromís, verían incrementada su presencia en un escaño más y se daría entrada a otros dos partidos regionalistas: el Partido Regionalista de Cantabria y el Partido Andalucista (además de la xenófoba Plataforma per Catalunya y a otras fuerzas: Equo, PACMA y Escaños en Blanco). Los que sí salen perjudicados son los dos grandes partidos. Algo que podría esperarse de un sistema electoral diseñado para promover el bipartidismo y por tanto favorecer a las dos grandes fuerzas estatales. Ello se consigue por la combinación de dos mecanismos: la distribución provincial de escaños, que da un peso desproporcionado a las provincias más pequeñas donde sólo hay espacio para dos fuerzas (y que a menudo conceden un importante suelo de escaños al PP) y la aplicación de la regla d’Hondt que refuerza la representación de la lista más votada (posiblemente los resultados de Amaiur i CiU se expliquen más por la aplicación de esta regla allí donde han ganado que por una sobrerrepresentación territorial). Los nacionalistas no son fuertes porque el sistema les conceda una elevada sobrerrepresentación, sino porque tienen posiciones hegemónicas en áreas importantes.

Si queremos que cambie este injusto sistema electoral hay que conseguir alianzas y, vistos los resultados, atacar a los nacionalistas resulta en este terreno erróneo. No sólo porque se les responsabiliza de una ventaja en muchos casos inexistente, sino porque además la propuesta de colegio único puede tener un efecto negativo en muchos territorios.  El sentimiento nacionalista, nos guste o no, está ahí e influye en la visión subjetiva de mucha gente. La demonización y el centralismo, lejos de eliminar la cuestión, la refuerzan. Éste es un país complejo, donde al menos Catalunya o Euskadi no se sienten identificadas con la representación dominante de nación española, donde la defensa de la lengua propia es sentido por una parte de la población, especialmente en Catalunya, como parte de su proyecto vital esencial. La derecha nunca ha querido entenderlo y ha tratado demasiadas veces de imponer un uniformismo que ha alimentado al nacionalismo periférico (ERC nunca alcanzó tanto predicamento social como con el último Gobierno Aznar). La izquierda debe construir un modelo diferente de relación, que parta de la complejidad, que promueva la amabilidad y la solidaridad, que incluya a la diferencia. Por esto es tan importante saber situar bien los problemas y no crear nuevos agravios por una mala lectura de los datos.

Anticapitalismo

Cada vez son más las personas que consideran que el capitalismo tiene pcoo que ofrecer al progreso social. Hace muchos años que estoy convencido de ello y me he preocupado por analizar hacia dónde orientar los cambios. Del mismo modo que formo parte de los convencidos que el actual ritmo de destrucción ambiental es insostenible y que la economía debe ser transformada en profundidad. Pero de este convencimiento profundo de los límites y problemas del actual sistema social no se deduce automáticamente una respuesta sencilla, ni mucho menos parece factible que formulaciones abstractas (y con sentido emocional negativo) como “anticapitalismo” o “decrecimiento” vayan a resultar útiles para generar una adecuada respuesta social.

La vieja izquierda anticapitalista no sólo tenía en sus propuestas una crítica al viejo orden social, sino que incorporaba una serie de propuestas en positivo de cómo tenía que construirse el nuevo proyecto de sociedad socialista: propiedad  colectiva de los medios de producción, planificación central de la economía, derechos sociales, participación de los trabajadores en el control de la producción... No era una propuesta concreta ni completa pero al menos daba algunas pistas de cómo hacer las cosas de otro modo. Después, cuando este programa se aplicó pudo constatarse que no todo funcionaba tan bien como estaba previsto. Que la propiedad colectiva ni impedía la aparición de una nueva casta-clase de burocracia, ni la planificación central era tan eficiente como se había previsto ni permitía resolver los problemas que la economía capitalista de mercado no resuelve (deterioro ambiental, etc..). Los fallos del modelo soviético lo son tanto de ausencias —de libertades reales, de participación y democracia efectiva— como de insuficiencias. La planificación central es excesivamente pesada, la burocracia cohíbe la participación, el centralismo no genera mecanismos de corrección, etc. Ser anticapitalistas exige hoy pensar en un modelo social post-capitalista y post-socialista que evalúe la experiencia pasada y promueva instituciones y mecanismos que realmente signifiquen un avance social en términos de participación, igualdad, satisfacción de las necesidades básicas universales y  sostenibilidad.

Ser anticapitalistas hoy exige a mi entender trabajar en tres líneas convergentes. La primera, elaborar una mínima hoja de ruta del tipo de instituciones básicas que podrían conformar un proyecto post-capitalista. La segunda es desarrollar algún diseño de programas de transición, de qué pasos dar para orientar nuestro modelo social actual hacia un modelo deseable, algo que implica no solo pensar en qué reformas y transformaciones avanzar sino también en cómo articular un bloque social que las apoye y en cómo contrarrestar las resistencias enormes que van a provenir del muy articulado bloque de poder. Y en tercer lugar, llevar a cabo una labor cultural-política capaz de generar suficientes voluntades y energías para promover el cambio. Se trata de una tarea inmensa y en la que no parece posible pensar que puede seguirse un camino de vía recta, sin compromisos ni rodeos.  Una operación que a mi modo de ver hace obsoleta la vieja polémica entre reforma y revolución; más bien se trata de apoyar una dinámica de cambio en que las reformas favorezcan los cambios más radicales.

En todo este proceso los aspectos referenciales no son menores, en un mundo donde la propaganda ha sustituido a la información y donde la profusión mediática genera demasiado ruido de sordo. En este sentido creo que el uso de los desgastados referentes de socialismo y comunismo que la mayoría asocia a las fallidas experiencias del stalinismo y la socialdemocracia deberían cuando menos revisarse. De la misma manera que alguno de sus sustitutos actuales como los ya comentados de decrecimiento o anticapitalistas me parecen más slogans a la contra que invitaciones reales a cambiar el mundo. Aunque también en el tema de nombres habrá que aceptar bastante flexibilidad. En lo que no podemos caer es en la autocomplacencia de una crítica vacía de contenido alternativo ni en el peterpanismo de que corresponde al poder el formular las alternativas.

30/12/2011

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