Las primarias del Partido Socialista: el culebrón de este otoño francés

Sergi Buj

El 16 de octubre “le peuple de gauche”, expresión sinecdótica con la que el Partido Socialista francés (PS) suele llamar a su electorado, eligió a François Hollande como pretendiente al trono de Francia. Ya sé que esta definición puede sorprender, pero cuando se analizan el Estado francés, sus instituciones y lo que dice su Constitución acerca del equilibrio y del control mutuo de los poderes, uno no puede menos que llegar a misma conclusión irónica a la que han llegado varios constitucionalistas españoles: que, hablando de formas de Estado, la República francesa es una república monárquica. Ahora bien, es sabido que, además de ser dinásticas, todas las monarquías europeas de hoy son constitucionales. Pero no lo es tanto el hecho de que existe otro modelo de monarquía, la monarquía elegida, que hunde sus raíces en la vieja República Romana de los tiempos de Julio César. Y en la Europa actual, se mantienen dos monarquías de este tipo: la República francesa y el Vaticano. La diferencia entre los dos Estados reside en que, en el segundo, el monarca elige a sus electores a través del nombramiento de obispos y cardenales. En el primero, sigue vigente una antigua tradición revolucionaria en declive pero arraigada en la personalidad colectiva de la nación: la del sufragio universal.

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Arnaud Montebourg, abogado, joven diputado socialista y excelente orador, fue quién propugnó dentro de su partido el modelo de primarias abiertas a la ciudadanía para la selección del candidato “de la izquierda” a la codiciada función suprema. En 2006 era uno de los más activos defensores de esta propuesta, entonces rechazada por la cúpula del PS con la excusa de que podía haber puesto en peligro la existencia misma del partido. Por eso, tanto personalidades de primer plano como Laurent Fabius o el mismísimo candidato de hoy y entonces primer secretario, François Hollande, defendieron la idea de primarias pero sólo dentro del partido, tal y como sucedió con la elección de Ségolène Royal como candidata del PS para las elecciones generales de 2006.

Sólo el cambio de primer secretario (Martine Aubry sustituyó a François Hollande en el año 2008) y la promesa de renovación de un partido en crisis hicieron posible este nuevo proceso de selección del candidato socialista, abierto a aquellos que estuvieran dispuestos a pagar un euro y a firmar una declaración de adhesión a los valores de izquierdas y republicanos lo suficientemente críptica para que todas las sensibilidades progresistas pudiesen participar:

“Je me reconnais dans les valeurs de la Gauche et de la République, dans le projet d’une société de liberté, d’égalité, de fraternité, de laïcité, de justice et de progrès solidaire”.

La detención en Estados Unidos (14 de mayo) del candidato predilecto de muchos militantes y simpatizantes, Dominique Strauss-Kahn, hundió al PS en una nueva crisis al verse privado de un líder capacitado —según pensaban muchos de sus dirigentes— para derrotar a Nicolas Sarkozy. Finalmente, el primero en declararse elegible fue François Hollande, quien tuvo buen juego en presentarse como el sustituto político-sentimental de Strauss-Kahn y con un nuevo aspecto moderno y ganador: adelgazado, llevando gafas de diseño en lugar de las del estudioso rechoncho y simpático de antes y ya separado de la madre de sus cuatro hijos, Ségolène Royal, después de haber iniciado una relación con una glamourosa periodista de televisión.

Luego lo hicieron la primera secretaria del partido, Martine Aubry, la misma Royal y tres dirigentes más: Arnaud Montebourg, conocido por sus agrias polémicas políticas tanto con Aubry como con Hollande; Manuel Valls, antiguo “pistolero” de Michel Rocard, hijo de españoles emigrados y nacido en Barcelona (se dice que su padre era primo de Manuel Valls i Gorina, el que compuso el himno del Barça); y, finalmente, Jean Michel Baylet, propietario del periódico La Dépêche du Midi de Toulouse y retoño del eternamente moribundo radicalismo francés.

Entonces ya teníamos todos los ingredientes de esta suerte de Gran Hermano o culebrón televisivo con el que ocupar las pantallas en tiempos de crisis: sexo, amor y desamor, rencores, cotilleo, fútbol, medios de comunicación  y… poca política.

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Lo único sorprendente de la primera vuelta de las primarias fueron los dos millones y medio de personas que acudieron a votar a las sedes del PS. Porque, por lo demás, el proceso fue harto anodino, sobre todo en lo que se refiere a las propuestas políticas. Los programas de los candidatos eran ambiguos y de corte más o menos socialdemócrata. El único que adoptó un discurso con tonos anticapitalistas y críticos con la Europa neoliberal y los bancos fue Montebourg, quien se dedicó a ocupar un espacio dejado vacío por sus contrincantes: el de la izquierda socialista. Los demás compitieron con un discurso mucho más moderado y dirigido a pescar consensos en el electorado de centroderecha. Al final, ganó Hollande por un estrecho margen de votos (39%), seguido por una más incisiva pero ideológicamente parecida Aubry (31%), y por Montebourg (17%). La primera vuelta no aclaró nada excepto el deseo, por parte del electorado progresista del país, de un programa escorado más a la izquierda si sumamos los votos que cosechó Montebourg en las primarias con las intenciones de voto con que cuentan Eva Joly (Los Verdes) y Jean-Luc Mélenchon (Frente de la Izquierda). Sin embargo, en el caso de los socialistas, la victoria de Hollande en la segunda vuelta gracias al apoyo “personal” de Montebourg, dejó en los electores que habían seguido el proceso de primarias con esperanza y entusiasmo la amarga sensación de que las diferencias programáticas se diluían por pactos personales y tacticismos de vuelo gallináceo. 

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Se terminó la fiesta, el candidato socialista ya se conoce y Francia se transformará en un país en campaña permanente como lo son los Estados Unidos de América. Un país en que el avance de la pobreza (cerca de nueve millones de personas viven con una renta inferior a 950 euros mensuales) parece inexorable; un país con una deuda pública superior a la española pero que sigue compensando los déficits de los bancos con activos “podridos”; un país en que no se han bajado formalmente los sueldos de los funcionarios aunque estén congelados desde hace quince años y erosionados por la inflación; un país con cinco millones de parados. Y sobre todo, un país que nunca produjo tanta riqueza en su historia como en la actualidad. Eso sí, una riqueza que beneficia exclusivamente al capital: en los años ochenta, la parte que ocupaban los salarios en la riqueza nacional representaba 66,5% del total, mientras que hoy representa apenas el 50,7%, una porción repartida entre más gente debido al efecto mecánico del crecimiento demográfico.

Las propuestas formuladas por François Hollande para dar una solución a estos problemas quedan muy por debajo de las exigencias y urgencias de la República francesa. En su programa, cuyo título La France en avant se parece al célebre lema “Vamos a más” de la campaña electoral del 2000 de José María Aznar, Hollande propone seis medidas urgentes de las que sólo la propuesta de reforma tributaria parece tener algo de consistencia. Las que tienen que ver con los problemas del trabajo, juventud, escuela, seguridad ciudadana, medio ambiente y Europa, son inciertas y en mucho se parecen a parches desgastados. Y lo que es peor: si se lee su programa no se encontrará ni una palabra sobre las pensiones, sobre la promesa de una Europa social de la que tanto habló el PS en los últimos diez años ni sobre la manera de reducir los déficits franceses, tanto el público como el privado. En suma, todo apunta a que la política socialista de sacrificios sería la misma que la que está realizando Sarkozy pero con algunos ajustes en materia fiscal. A mayor abundamiento, el tercer punto del programa de Hollande somete la revalorización del trabajo al aumento de la productividad y a la puesta en marcha de “un nuevo orden económico mundial”, es decir, remitiéndolo ad calendas graecas.

Por todo esto, resulta casi imposible creerse la imagen de Hollande que están difundiendo muchos medios de comunicación: la de un —por decirlo con Gramsci— condottiero que representaría “en forma plástica y antropomórfica” el símbolo de la voluntad colectiva de la izquierda francesa.

Sergi Buj es profesor de "Civilisation de l'Espagne contemporaine" en la Universidad de Rouen

10/2011

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