Antonio Antón

15-O: un fuerte compromiso por el cambio global

La masiva participación ciudadana en las manifestaciones del 15 de octubre, por el cambio global, promovidas por el movimiento 15-M, con amplia extensión en otros países, ha demostrado la continuidad, persistencia y masividad de esa corriente social indignada y su compromiso por una transformación socioeconómica y política, profunda y progresista. Se ha expresado colectivamente de forma autónoma y se sigue enfrentando al poder establecido, económico y político, y exigiendo una profundización de la democracia.

La clase política dominante (PP-PSOE), aun con algunas diferencias, sigue adoptando decisiones (reforma constitucional, precarización del empleo, recortes sociales —particularmente en enseñanza y sanidad—,…) a espaldas de la población. Su orientación sigue siendo la subordinación a los intereses de los mercados financieros y la reafirmación de las políticas de ajuste y austeridad (para las capas populares). Mientras tanto, aumenta la gravedad de las consecuencias de la crisis, con paro masivo, menor cobertura del desempleo, disminución del poder adquisitivo de los salarios, junto con los esfuerzos suplementarios para pagar las hipotecas o frente a embargos y desahucios.

Es una cruda realidad a la que la ciudadanía indignada da respuesta desde su participación activa en el espacio público. Las grandes manifestaciones en España constituyen una fuerte expresión colectiva de rechazo a esos dos elementos clave: políticas de recortes sociales ante las consecuencias injustas de la crisis, y gestión impopular de las instituciones públicas. Las dos alternativas centrales —cambio de la política socioeconómica, y mayor democracia— siguen vigentes y reforzadas por el objetivo de conjunto de exigencia de ‘cambio global’.

Este movimiento social está enraizado en la realidad social y material, conecta con los problemas socioeconómicos y políticos fundamentales de la ciudadanía, goza de la simpatía de la mayoría de la sociedad, y es capaz de articular una implicación activa de centenares de miles de personas —gran parte jóvenes—. Además de resistir y oponerse a esas políticas neoliberales, plantea un horizonte de cambio global, exigiendo otro modelo económico —más justo y basado en las necesidades de la sociedad, no de los mercados— y una estructura política más democrática, con mayor consideración a la opinión y la participación ciudadana.

Esta expresión colectiva tiene diversas limitaciones derivadas de su reciente emergencia como movimiento social. En particular, es pronto para aventurar su proyección futura y su influencia inmediata en el campo político-electoral. No obstante, tiene unas características y ha conseguido ya unos resultados meritorios. La principal tiene un carácter expresivo y sociopolítico: ha conseguido transformar una amplia conciencia social de indignación en una acción colectiva progresista, igualitaria y solidaria contra el poder establecido.

Pero no hay que infravalorar o tergiversar ese carácter expresivo de este movimiento ciudadano progresista. Esa dinámica social contribuye a la consolidación de la actitud crítica de gran parte de la sociedad ante los planes de los poderosos y, por tanto, constituye el paso imprescindible para cambiarlos. Si es temido es, sobre todo, por esas expectativas de cambio de las políticas y las estructuras de poder. Lo primero es superar el sometimiento y la resignación de la población, objetivo de los poderes políticos y económicos, de sus discursos y la mayoría de medios de comunicación a su servicio: incrementar la deslegitimación social a sus políticas antisociales  y fortalecer la indignación ciudadana y la exigencia de justicia social. Lo segundo, es conseguir la visibilidad pública de una ciudadanía activa comprometida con un cambio social profundo, y condicionar la agenda política y las decisiones económicas e institucionales. Ambas cosas ya se han conseguido, aunque no hay garantías de su permanencia a medio plazo. En ese sentido, están abiertas las opciones y hay que definir una actitud.

Por supuesto, no se han obtenido todavía resultados significativos en la transformación de esas políticas y la democratización de las instituciones políticas, pero se ha iniciado el mejor camino posible para ello: fortalecer la conciencia social indignada y la presión social y colectiva de una ciudadanía activa. Frente a los designios de la sumisión y la impotencia ante una gestión de la crisis liberal-conservadora y una salida regresiva e injusta, es fundamental el freno a esa involución socioeconómica y política y levantar la esperanza ciudadana del cambio global. Nada más y nada menos.

Estamos en medio de una prolongada pugna democrática para consolidar o no esa política conservadora ante la crisis y sus élites gestoras y promover su cambio. La existencia de unos dos tercios de la población que desde hace ya varios años consideran el paro (y no el déficit o la deuda pública) la preocupación principal para reorientar las políticas económicas y de empleo (decente) y que están en desacuerdo con los recortes sociales es un gran valor colectivo, una fuerza social a consolidar y fortalecer. Todo el poder institucional y mediático no han podido diluir esa conciencia social, base de la indignación. Esa batalla democrática y pacífica, el desafío de la mejor parte de la sociedad a esa situación y esas políticas, con su falta de legitimidad social, es una cuestión crucial. Para fortalecerla también es imprescindible la activación de los sectores más comprometidos y su conexión con esa amplia corriente social. Además, dado el poder institucional de los adversarios, la implicación y el compromiso de esa parte de la ciudadanía activa, con su expresión pública en la calle, las redes sociales y las relaciones sociales, refuerza esa conciencia social ciudadana y condiciona las decisiones institucionales.

Participar en esa actividad solidaria, compartir esa experiencia colectiva, es emotivo y emocionante, crea lazos interpersonales, transforma las propias personas comprometidas, mejora su calidad democrática y, también, posibilita sus vínculos con la realidad social. Como en casi todos los movimientos populares, las bases de su acción son las actitudes morales, su sentido de la justicia social. Pero, combinado con una relativa espontaneidad e inmediatez en la expresión del malestar, también supone una capacidad crítica y reflexiva. No se puede desvalorizar movimiento calificándolo, simplemente, como ‘pasional’ o ‘emocional’. Y menos contraponerlo a un supuesto sujeto social ideal (inexistente en la historia) que tuviese ‘alternativas’ reales y un pensamiento (complejo) y fuera sólo ‘racional’.

Este movimiento ha demostrado tener unas ideas-fuerza sencillas —frente a los mercados y la gestión antisocial de la clase política y por una democracia real—, pero enraizadas en lo más profundo de la sociedad y la conciencia ciudadana. No son ideas etéreas, irreales, ambiguas o difusas. Son ideas (pensamiento) más justas, rigurosas y científicas que muchas teorías y discursos de la mayoría de la élite académica, política y mediática. Son más acertadas y realistas que las proporcionadas por la mayoría de la ciencia económica y el pensamiento político convencional. Además, tienen un valor ético más profundo, expresan una subjetividad progresista y presentan un horizonte de cambio y transformación más igualitario y democrático que la mayoría de la actual clase política.

En ese sentido, no ha sido acertada la valoración del colega sociólogo, y en muchos aspectos admirado, profesor Bauman (ver diario El País, 17-10-2011) al afirmar el carácter ‘emocional’ y sin pensamiento de este movimiento, y aventurar su ‘evaporación’. Con su terminología, existen muchos fenómenos ‘líquidos’. La cuestión presente es que el sufrimiento y la incertidumbre de muchos millones de personas es un hecho social muy ‘sólido’, incluso trágico, que esa tendencia social de indignación es persistente y con gran arraigo en la sociedad y que la acción colectiva y resistente de una ciudadanía activa ante tanta precariedad e injusticia tiene sólidos motivos y objetivos justos para continuar hasta que cambien esas circunstancias.

La dinámica conformada por esa ciudadanía indignada, en una situación especialmente dura y complicada, se incardina en los mejores valores democráticos e igualitarios de los movimientos sociales progresistas o la izquierda social europea de las últimas décadas (y los dos últimos siglos). Es difícil pronosticar el alcance de su maduración y ampliación o su debilitamiento. Los agoreros que pronosticaban que se iba a diluir tras el verano han errado. La cuestión es su legitimidad y su oportunidad, y la actitud a definir es el trabajo por su consolidación y la aspiración por su mejora.

Existen tendencias sociales ambivalentes y distintos sistemas de representación social y política, tal como he explicado en otros artículos. Es más complicado la presencia e influencia de este movimiento amplio en los campos electorales o laborales, es decir, en ámbitos específicos de los partidos políticos y los sindicatos (en ese sentido, es lamentable la ausencia de los aparatos sindicales de estas movilizaciones por el cambio global, aunque muchas de sus bases han participado). Su futuro se ventila en el campo de la acción social o sociopolítica, en la continuidad y la ampliación de un potente movimiento social y su articulación con el tejido asociativo popular, en la disputa democrática y la puga por la legitimidad social entre la ciudadanía indignada y los poderes establecidos.

Para ello es importante la combinación de dos planos de la actividad (aparte de la comunicación a través de las redes sociales y los procesos deliberativos de las iniciativas) tal como se viene haciendo. Por un lado, una actividad local y descentralizada, junto con el resto de tejido asociativo, que le da mayor enraizamiento en la sociedad y resultados más inmediatos. Por otro lado, unas movilizaciones generales que concentren y expresen en el espacio público su legitimidad social, la capacidad expresiva, la credibilidad de sus objetivos por el apoyo masivo conseguido.

Igualmente, las principales ideas-fuerza son adecuadas y positivas. No todos los planteamientos son acertados. Por ejemplo, en otro artículo ya he señalado la necesidad de matizar la idea de ‘no nos representan’. Sin embargo, también hay ideas claras y expresivas más explicativas que muchos tratados de ciencias sociales. Ese día 15-O en la concentración de Sol se colgó una pancarta que decía “Si los de abajo se mueven, los de arriba se caen”. Se puede discutir que la realidad social no es sólo dicotómica, que hay muchos sectores intermedios y que los procesos sociales son complejos. Pero esa idea de abajo (mayoría de la sociedad, las capas populares) y arriba (ricos, poderosos) es potente y realista. Es más adecuada que la visión dominante de que toda la sociedad es prácticamente clase media, difuminando la presencia, por un lado, de ricos y rentas altas, y, por otro lado, de precarios, vulnerables y perjudicados. Igualmente, sobre el segundo componente ‘se mueve’ se puede profundizar hasta dónde, cuánto y cuando, o bien, cómo y qué partes ‘se caen’ o si se puede derrumbar el conjunto. Pero el lema permite aclarar y no confundir.

Es pertinente la investigación, el estudio y la discusión teórica. Ello supone un esfuerzo de clarificación y debate abierto y plural, particularmente de sectores más activos y con mayor responsabilidad en la orientación del movimiento. No obstante, lo principal es el enganche con la problemática y las aspiraciones de la mayoría de la sociedad y el acierto en trasladarlo en lemas e iniciativas. Para reforzar eso es cuando es necesario el pensamiento crítico y una renovada teoría social.

En definitiva, el 15-O ha demostrado la continuidad y madurez de un movimiento potente, con buena orientación y gran arraigo social, un fuerte compromiso con el cambio global, y tiene un futuro prometedor.

Antonio Antón es Profesor Honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid

18/10/2011

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