Comentarios prepolíticos: 2. Ciudadanos y prepotentes: de Sol a Catalunya

Joan Busca

I

El movimiento que se inició con la instalación de un campamento de protesta en la madrileña Puerta del Sol y que consiguió llenar de gente más de cien plazas de ciudades españolas, ha puesto de manifiesto algo que podía descubrir cualquiera que se parara a hablar con la gente. Que el rey está desnudo y una parte de la ciudadanía sabe que la actual crisis capitalista es una estafa que ha perpetrado una minoría social. Que la fosilización y oligopolización de las instituciones políticas ha degenerado en una democracia degradada. Que los partidos políticos de izquierda y los sindicatos no son reconocidos como defensores de los intereses de una gran parte de la gente a la que deberían representar. Que la normalización de la corrupción y la xenofobia huelen a podrido. Que la inevitable necesidad de hacer frente a los retos ecológicos sólo ha avanzado en los eslóganes comerciales... Una enorme diversidad de visiones críticas que se encuentran huérfanas de organización, representación y plasmación, y que las acampadas han conseguido aglutinar.

Viendo lo que ocurre en las plazas de acampada, se constata que la respuesta no es sólo un fenómeno juvenil (aunque los jóvenes han tenido un protagonismo inevitable) ni se reduce a la indignación. Más que indignación, lo que uno ha sabido ver es esperanza, de que por una puñetera vez las cosas empiecen a cambiar, de que esta gran masa de sufrientes pueda empezar a generar un proceso real de cambio.

II

La simpleza del planteamiento, su ausencia de un discurso cerrado, su carácter de actividad abierta, han posibilitado su extensión y comprensión. Lo más fácil es plantear cuestiones simples y explicarlas con sencillez. Como el planteamiento del movimiento de los hipotecados, que ha facilitado que mucha gente entienda la injusticia que están ejerciendo las entidades financieras sobre una parte de la población.

Y han constituido un acierto el carácter abierto del movimiento y su opción por la acción pacífica. Cualquiera puede acercarse a las acampadas, dialogar, colgar sus ideas. Y nadie lo percibe como la acción de una minoría dispuesta a jugar una partida de guerrilla con las fuerzas de seguridad. Le ha sido difícil al poder deslegitimar el movimiento fuera de sus habituales clientelas de poder.

III

Y, a pesar de todo ello, el 22-M acabó con un triunfo electoral de la derecha que amenaza con desarbolar el poco espacio social conseguido y que constituye una seria amenaza a las libertades de los más débiles; especialmente para la población extranjera, criminalizada por unas políticas xenófobas que han adquirido un nuevo impulso tras la nueva batalla electoral.

Una derecha que ha triunfado en parte por su control de los medios de producción de hegemonía (medios de comunicación, Iglesia católica, escuela privada...) y por la desmovilización y el desencanto de los votantes de izquierda. Una victoria que ha generado una enorme prepotencia en los líderes de PP y CiU, que se han visto absueltos de su corrupción, de su inanidad, de su inmoralidad. Prepotencia que puede generar lo peor, un desmantelamiento insensato de políticas y derechos sociales, pero que también puede generar errores de bulto que pueden ayudar a transformar la realidad.

IV

Esto último es lo que le ha ocurrido a Felip Puig, el arrogante y oscuro conseller de Interior de la Generalitat, uno de los pilares de CiU, empeñado en demoler cualquier política de izquierdas (como la sensata instalación de cámaras en las comisarías de policía, el código ético policial o la limitación de la velocidad de los automóviles para reducir los accidentes y la contaminación), predispuesto a las políticas de mano dura y a la autonomía de los Mossos d’Esquadra (siempre bajo las órdenes de ese oscuro personaje llamado Joan Delors, que ha sobrevivido a todos los gobiernos autonómicos).

El intento de desalojo de los acampados en la plaza de Catalunya, llevado a cabo con mentiras (“vamos a limpiar la plaza y quitar elementos peligrosos”, lo que incluía retirar pancartas y arrebatar ordenadores), con enorme violencia (hay cientos de imágenes que muestran las palizas con porra a ciudadanos pacíficos y el uso masivo de balas de goma y pistolas eléctricas) y con una gran dosis de ineficacia, es una muestra extrema de esta actitud de autoritarismo, desprecio democrático, soberbia e ineficiencia.

No contaban con la respuesta masiva y pacífica de los acampados y de los miles de personas que acudieron en su apoyo, de las personas de todo tipo que manifestaron su apoyo al movimiento y su repulsa a los Mossos. Una acción de resistencia pacífica que convirtió la impunidad en derrota del poder. Una intervención policial que al final acabó en debacle para sus promotores: la plaza de Catalunya vuelve a estar ocupada. Ayer, miles de personas volvieron a concentrarse con flores en la plaza, y en muchos barrios de Barcelona se pudo oír una persistente cacerolada que expresaba crítica, regocijo y ciudadanía. El propio movimiento de la acampada ha cobrado nuevo impulso y ciudadanía social.

V

Ahora viene lo más difícil: garantizar que esta preciosa floración del mes de mayo no tenga la misma corta trayectoria que han tenido otras buenas explosiones de participación social. Nuestras condiciones de vida, nuestras libertades, nuestra sociabilidad, están amenazadas seriamente por una derecha que está en condiciones de alcanzar una cuota de poder como nunca la tuvo en los últimos treinta años. Y están amenazadas por un capitalismo irreformado que ha salido intacto del primer asalto de su propia crisis.

Ganar continuidad pasa por generar propuestas de acción, de organización y programáticas capaces de generar movilizaciones, hegemonía cultural, activismo social. Ha sido mérito del movimiento abrir un nuevo espacio, romper el monolítico discurso dominante en los medios, animar una nueva oleada participativa. Y no podemos dejar que se marchite a las primeras de cambio. No sólo dependerá de la capacidad de sus activistas de concretar propuestas, sino también de que algunas de las organizaciones tradicionales sean capaces de tomar nota y de confluir en un proceso social que exprese la heterogeneidad de la inmensa masa social de ciudadanos de segunda. Mayo puede ser el inicio. Todas las personas que participamos en todo tipo de organizaciones sociales tenemos ahora la responsabilidad de que este inicio tome cuerpo.

6/2011

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