Comentarios prepolíticos: 1. Relato

Joan Busca

Cada equis tiempo aparece en el debate político alguna cuestión que se repite insistentemente entre los comentaristas y los propios actores políticos. En los últimos tiempos la referencia al relato, a la forma como se explican las propuestas políticas, a la manera como se lee la situación, como se enfoca la comprensión de la realidad y como se presentan las iniciativas de los propios políticos ha tomado una inusitada importancia. Este ha  sido, por ejemplo, uno de los núcleos de la interpretación que he recibido de personas relevantes de la izquierda catalana a la hora de abordar el fracaso del Tripartit y de situar la dificultad de plantear la salida de la crisis en términos de izquierdas. En este contexto entiendo que el fallo del relato tenía en cuenta diferentes cuestiones: la ausencia de un discurso coherente de la acción de Gobierno, la ausencia de adecuados canales de comunicación y la imposibilidad de impulsar un marco interpretativo de la crisis y de la política diferente del de la derecha y el nacionalismo.

Las cuestiones que se plantean son relevantes. Cualquier proyecto político necesita de buenos canales comunicativos, de una buena capacidad explicativa, de un discurso cultural que permita relacionar la experiencia cotidiana de la población, sus necesidades y anhelos con las propuestas de acción política que trascienden lo individual. Pero me temo que reducir, o sobrevalorar, este fallo comunicativo a la hora de explicar los fracasos sirve poco para reorientar la situación. Sobre todo corre el peligro de concentrar excesivos esfuerzos en la conquista de canales de comunicación y en la elaboración de una presentación formal de las propuestas que deje fuera de vista otras tareas importantes.

Es cierto además que el gobierno tripartito ha sido incapaz de explicar sus realizaciones, y ha estado sometido a un intenso bombardeo mediático por parte de una derecha que controla buena parte de los medios más influyentes y que ha sabido jugar con eficacia una serie de slogansmachacones: el nacionalista, pero también el de la “seriedad”  (explotando hábilmente las divergencias entre los socios del Gobierno) y la necesidad de un Gobierno fuerte. Pero el fracaso de la izquierda, su incapacidad para imponer su propia historia tiene muchos más puntos débiles que la simple capacidad de comunicar un producto coherente.

En primer lugar hay un problema de credibilidad. Entre las evanescentes referencias a los valores de izquierda y la práctica de la mayoría de dirigentes políticos el trecho es demasiado grande. Es poco creíble que alguien se crea que uno defiende la escuela pública cuando envía a sus hijos a la privada. Y quizás es aún menos creíble que la trayectoria vital de muchos políticos de izquierdas sea estar todo el tiempo ocupando puestos profesionales ligados a su carrera política. Sin una inmersión real en la vida cotidiana de los comunes, sin políticos de izquierdas que al dejar el cargo electo vuelvan a sus puestos de trabajo corrientes, a mantener una actividad socio-política activa, es difícil que se ganen el respeto de la mayoría de la población y puedan desprenderse del aura de privilegiados que gran parte de la misma les asigna.

En segundo lugar y esta es posiblemente una cuestión central—, la izquierda simplemente no tiene un proyecto claro sobre el cual construir relatos significativos. La socialdemocracia hace tiempo que se pasó intelectualmente al campo liberal y a pesar de impulsar proyectos diferentes de los de la derecha, éstos acaban olvidándose en cuanto soplan vientos de recesión, o los poderes económicos los aprietan. Después del último giro de Zapatero va a ser imposible que fuera del grupo de fans incondicionales alguien vaya a pensar que sus políticas son sustancialmente de izquierdas. Pero también el resto de la izquierda presenta importantes lagunas. Sus planteamientos oscilan entre una defensa de etéreos valores de izquierda a una referencia abstracta de un anticapitalismo inconcreto, que omite además una reflexión seria sobre qué tipo de sociedad se esta pensando construir. Hoy, cuando por una parte los nuevos movimientos sociales han puesto en evidencia la importancia de cuestiones omitidas por la izquierda tradicional y, por otra, la experiencia de los socialismos burocráticos ha cuestionado la posibilidad de construir una alternativa al capitalismo, es más necesario que nunca construir un proyecto que trate de plantear algunas líneas de acción coherentes, de hacia donde queremos ir, y que al mismo tiempo ofrezca propuestas realistas de acción en el corto plazo que permitan a las gentes dar sentido a sus luchas cotidianas. Urge encontrar una vía de intervención que evite caer en el Scilla del reformismo sin proyecto del político profesional y en el Caribdis de los valores intocables y las referencias abstractas al fin del capitalismo. Sólo superando está dicotomía, cuando menos reflexionando sobre la misma, se puede construir un núcleo de ideas que permitan establecer un relato creíble.

Y en tercer lugar está la cuestión de los medios. Parece que solucionando el acceso a los mismos, utilizando hábilmente las nuevas tecnologías, podremos revertir la situación. El problema de la información actualmente es menos de acceso y más de selección: recibimos o tenemos acceso a miles de datos, y la cuestión es cómo los filtramos. Pero aun resolviendo esta dificultad queda la cuestión de la acción social. Cómo romper la anomia de las sociedades ricas, cómo transformar el malestar difuso en acción transformadora, cómo socializar la experiencia individualizada, como generar formas de intervención colectiva. También en este campo la propuesta de construir el relato apunta demasiado a una visión de la política profesionalizada y deja fuera de mira una cuestión que considero crucial: cómo organizar, dar fuerza colectiva, capacidad de acción, a los millones de personas con pocos derechos que presencian día a día la impunidad con la que una minoría social sigue imponiendo sus intereses, poniendo en peligro el presente y el futuro de nuestra vida social.

1/2011

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