Las elecciones suizas

María Rosa Borrás

En Suiza se ha repetido lo que parece anunciar un proceso de desintegración del modelo de democracia que ha regido en Occidente tras la segunda guerra mundial: el equilibrio en torno a un centro político que oscila en términos de alternancia mayoritaria de la derecha y de la izquierda tradicionales, con pluralidad de opciones que se mantenían subordinadas al movimiento pendular. Algunas de esas fuerzas de oposición al sistema político, en la práctica, ejercían una función de cohesión sin perspectivas de llegar a dominar. Suiza mantenía claras ventajas en ese contexto de equilibrio y ahora parece entrar en la ruptura del paradigma.

El escenario, la circunstancia y los personajes parecen repetir una narración política de sobras conocida: el ascenso "inesperado" de la derecha más conservadora gracias al voto popular. Haider, Berlusconi, Schwarzenegger, etc. responden todos ellos a la incorporación, con fuerza y métodos empresariales del mundo de los negocios, al campo político de las contiendas electorales. Tienen rasgos comunes. Presentan una propuesta de diseño populista como alternativa novedosa para la gestión de los asuntos públicos. Sus argumentos giran en torno a la protección frente a amenazas actuales de doble signo: un proceso de aglutinación y subordinación a los intereses de los grandes imperios económico, político y cultural y un proceso sostenido de pérdida de futuro y de derechos adquiridos de los sectores más desfavorecidos de la población.

La prensa ordinaria ha informado a grandes rasgos de estas elecciones. Veamos algunas peculiaridades suizas de ese fenómeno que ciertamente es general.

Christoph Blocher no es en absoluto un político nuevo que ascienda de modo mágico en el contexto de la oportunidad de las últimas elecciones. Es el presidente, en Zurich, del SVP (Schweizerische Volkspartei: Partido del Pueblo Suizo) desde hace 26 años. La dirección de su partido le define como motor, cabeza, garantía de éxito y financiero del SVP. Ahora este empresario del sector químico, con tres mil empleados, multimillonario, ha conseguido aumentar notablemente su cuota electoral. Y no era fácil, porque los suizos no soportan las personalidades que sobresalen de la medianía. Blocher ha conseguido excelentes resultados en el cantón de Zurich entre los sectores de la población que se sienten amenazados sobre todo por la Unión Europea, en sus actuales ventajas, y que cada vez más se oponen al Estado y a los impuestos. Han sido estos temas los principales de su campaña, junto con alguna incursión en el terreno de los ataques a los nuevos extranjeros que se instalan en Suiza, donde un 20% de la población es inmigrada. Pero da la impresión de que lo más convincente de su discurso no ha sido el odio al extranjero sino la actitud contraria a la UE, al estado federal y a los impuestos.

Blocher no forma parte de las capas selectas suizas. Pese a ser multimillonario, siempre ha tomado distancias en relación con los suizos más distinguidos. Se ha presentado como un pequeño rebelde que ataca lo nuevo, el poder global supracantonal y las influencias extranjeras en general.

Ahora bien, no da la impresión de que la derecha populista suiza tenga mucho futuro político. Por una parte, también la izquierda ha aumentado votos y por otra parte hay síntomas de profundas dificultades en el SVP. La incorporación de Blocher al gobierno federal le plantea a este partido enfrentarse a su debilidad de auténticas alternativas programáticas en el plano federal. Cabe añadir a ello su interna debilidad organizativa. Por una parte, Blocher no cuenta con más propuestas que su personal influencia política en Zurich: la dirección federal del partido ha decidido presentarle como candidato a consejero nacional pese a la oposición del sector de Berna. Está claro que esta decisión autoritaria, negando la posibilidad de que la nominación fuera decidida en votación por el partido, responde a graves dificultades internas de cohesión. Y también parece claro que esta autoritaria solución tendrá sus costes internos en el partido. Por otra parte, también parece difícil la sustitución en Zurich de su liderazgo tan personal.

De modo que quizá el fenómeno de la derecha populista suiza tiene más qué ver con una efímera explosión de fuegos de artificio que con una sólida perspectiva de alteración del equilibrio de fuerzas políticas en el gobierno federal. Aunque significa que ya se ha agitado el espantajo de la ultraderecha también en Suiza.

A partir de ahora, el SVP pasará de uno a dos consejeros en el equipo de siete que gobierna el país pues, con un 27,7% de votos, ha sido el partido más votado. En definitiva, el golpe mediático de consecuencias psicológicas graves está dado, aunque por ahora sea difícil calibrar si Suiza se incorpora de verdad a la corriente de destrucción del modelo de democracia característico de la guerra fría.

11/2003

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