La política por arriba: lo que viene

Juan-Ramón Capella

La propuesta política del lendakari vasco ha sido rechazada por los dos partidos mayoritarios sin considerarla siquiera como el punto de partida de una discusión posible. Eso era de esperar por parte del PP, que obtiene réditos de los electores derechistas al envolverse en la bandera de la "unidad" de España. El PSOE sin embargo ha desaprovechado una oportunidad para iniciar la necesaria apertura federalista en la organización de esa "unidad" o, para decirlo más precisamente, en la organización institucional del estado. Un desaprovechamiento corto de vista desde el punto de vista estratégico pero, lamentablemente, explicable.

Desde un punto de vista estratégico, la federalización de España es solicitada por algunos sectores del PSOE. Está implícita en los requisitos de la política del PSC y de Maragall. Federalizar es una vía de recorrido necesario para la pacificación del País Vasco, pero además, por si eso no fuera poco, es un primer paso para contener la degradación de la vida política; para evitar, por ejemplo, que el "envolverse en la bandera" del PP se repita en las distintas comunidades por parte de los nacionalismos locales y, con esa muleta ideológica, se aleje a la opinión pública de los problemas sociales concretos. Federalizar puede ser el modo de "abrir" el espacio político clausurado a la intervención popular por las disposiciones autoritarias de la Constitución de 1978, la consensuada con los militares.

El error estratégico del PSOE es explicable: los partidos están hoy sometidos a una lógica exclusivamente electoral al no tener más relación que ésa con la población. Los millares de cuadros del PSOE aspirantes a cargos públicos ­y no su base de votantes­ son decisivos para la cohesión de ese partido, y esos aspirantes imponen políticas ciegas para todo lo que no sean las elecciones siguientes. La política queda reducida a la captación y administración de votos, espacio en el que pesan sobre todo la masa inerte de "fidelizados" conservadores y las clientelas. De modo que las direcciones de los partidos, sometidas al control de los aspirantes, son crecientemente incapaces de dirigir. Eso ha pasado una vez más con la política vasca del PSOE, atrapado en la telaraña tejida por el PP.

La corrupción en las filas del PSOE en Madrid y en Marbella, aun siendo compartida por el PP, ha perjudicado sobre todo la perspectiva de una alternativa de gobierno, de recambio político. El PSOE perdió sus grandes mayorías del pasado por la conjunción de corrupción y guerra sucia. Si reaparece la corrupción, se eclipsa el éxito personal de Zapatero al oponerse a la guerra de Irak.

La dirección del PSOE ha cometido además otros dos errores graves: proponer una política económica mimética de la del PP ­más neoliberalismo­, de una parte; de otra, no hacer visible un equipo político, sino sólo dos imágenes: la tal vez muy afable del señor Zapatero y la del señor Caldera, que recuerda demasiado a la de los vendedores de feria y a la de los políticos del PP.

En conclusión: salvo que en Cataluña consiguiera Maragall formar gobierno ­lo que en este momento está indeciso dado el auge electoral de Esquerra Republicana, de orientación esencialmente oportunista­, y la actual dirección del PSOE saliera reforzada por ello, cabe la posibilidad de que el PP logre su tercer mandato en las elecciones generales. En el plano estricto del politicismo eso defenestraría a Zapatero en el PSOE abriendo el paso a Bono: a la pura y dura derecha del PSOE. Más allá de eso, un tercer gobierno del PP sería un paso más en la americanización de la política española, limitada a optar entre dos derechismos.

En la política por arriba pintan bastos.

10/2003

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