El "katakrak" bursátil

Albert Recio Andreu

El lunes negro de las bolsas europeas es, hasta el momento, el último episodio de una larga serie de accidentes financieros que han caracterizado la fase neoliberal del capitalismo. Desde el “crac” de otoño de 1987 las euforias y los pánicos se han sucedido periódicamente como reflejo de las inestabilidades reales del actual modelo económico y de la enorme preponderancia que en el mismo ha alcanzado el mundo financiero. Hace ya unos cuantos años Lester Thurow explicó que el modelo actual se asentaba sobre diversas fallas “tectónicas” y, como conocen los habitantes de países situados sobre las mismas, los terremotos y los desastres son habituales. Y desde entonces los procesos de desregulación y “creación” financiera no han dejado de desarrollarse y, con ellos, nuevas posibilidades de inestabilidad. Quizás lo que ahora es nuevo es en primer lugar que el epicentro se encuentra en los EE.UU. y no en países lejanos como sucedió en otras ocasiones; en segundo lugar, que debajo de la crisis financiera actual subyace una crisis de sobreacumulación y desproporción, debida al hiperdesarrollo de la inversión inmobiliaria en diversos países (fundamentalmente EE.UU., Reino Unido, Irlanda y España); y en tercer lugar, que esta crisis coincide en el tiempo con el recalentamiento de los precios de los alimentos y las materias primas por la llegada de nuevas demandas (alimentos, biocombustibles, metales y productos energéticos) en actividades difíciles de expandir por cuestiones diversas: destrucción de suelo agrícola, ausencia de nuevos yacimientos, etc.: un recalentamiento que puede alimentar nuevas medidas antiinflacionarias por parte de los bancos centrales.

Que alguien perdiera dinero en la bolsa no debería constituir un importante motivo de preocupación. Al fin y al cabo nadie se preocupa de los miles de personas que pierden dinero jugando a la lotería o a cualquiera de los múltiples juegos de azar que proliferan en nuestra ludosociedad. Entre los perdedores de las caídas bursátiles hay muchos más ricos que pobres y, frecuentemente, las pérdidas son más virtuales que reales (si el valor en bolsa de Inditex se ha devaluado, Amancio Ortega será menos rico, pero seguirá conservando el mismo poder de propiedad de los mismos activos que antes, simplemente que tendrán un menor valor monetario). Lo socialmente preocupante está en otro lado. De una parte, la relación existente entre los sistemas privatizados de pensiones y la inversión bursátil. Algo que hace tiempo que se ha explicado, la insensatez de financiar las jubilaciones con el “juego del parquet” y que es bueno recordar cada vez que hay un estallido de este tipo. Aunque los trabajadores cubiertos por este sistema son minoría, depende mucho de cada modelo nacional y en algunos países las repercusiones pueden ser importantes. De forma más generalizada porque en las economías capitalistas son las decisiones de los ricos, y especialmente de los muy ricos, las que influyen sobre la marcha de la economía. Y las respuestas a la “incertidumbre” y el pesimismo del mercado se acaban traduciendo en despidos masivos y recortes a los derechos salariales. Ya nos ha avisado el director del Banco Central Europeo, amenazando con nuevas alzas de los tipos si los asalariados no renuncian a mantener su poder adquisitivo. 

Es difícil evaluar el grado de incertidumbre real y profundidad de la crisis, sobre todo porque ello depende de respuestas psicológicas y políticas difíciles de predecir. Aunque algunos aspectos, como el de la sobreinversión inmobiliaria, era previsible que acabaran estallando en una recesión abierta y afectaran a economías, como la española, tan “especializadas” en esta línea de actividad. Tiene mucha cara el PP cuando lanza sus diatribas frente a la crisis, cuando ellos fueron los que promocionaron este modelo (y de hecho varias de las Comunidades autónomas que ellos regentan son un referente al respecto). Pero ha tenido mucha inconsciencia el PSOE al ensalzar una economía basada en el ladrillo y presentarla como el no va más de la modernidad (un cuento de la lechera que les ha llevado incluso a realizar las elecciones cuando los problemas ya habían estallado). Es también aventurado conocer cuál será el efecto de las medidas aplicadas. Bajar los tipos de interés, como ha hecho Bernancke, o devolver impuestos, forma parte del habitual estímulo de la demanda privada que tanto gusta a los gobernantes actuales. Pero no siempre tipos de interés más bajos aumentan el gasto —el conocido problema de la “trampa de la liquidez”— ni reducciones de impuestos animan a la economía, especialmente si los más ricos reciben un dinero que no saben o no quieren invertir. En todo caso resulta evidente que, en cuanto la crisis ha asomado en los países ricos, nadie aquí —quizás excepto Trichet— se acuerda de los ajustes estructurales que tan habitualmente se proponen a las economías periféricas. Aquí todo el mundo es partidario de seguir cebando la máquina y fomentar el crecimiento. Curiosamente la lógica que ha favorecido la desregulación financiera, el crecimiento de las actividades especulativas, la proliferación de “activos” ficticios que no sólo han provocado un cierto “auge” de los negocios, sino también el enriquecimiento inmoderado de una exigua minoría social. Por ello, si no es posible vaticinar los plazos y la intensidad de la crisis actual, lo que parece evidente es que podemos empezar a prepararnos para la próxima. 

Aunque hay temor sobre los efectos de la crisis, no parece que esta larga experiencia de sobresaltos haya generado ninguna capacidad crítica en la mayor parte de las élites dominantes. Aunque empiezan a oírse voces sobre la necesidad de regular de nuevo los sistemas financieros, reduciendo la increíble capacidad de generación de activos ficticios, de momento no parece que la reforma del sistema esté en ninguna agenda importante, Aunque la intervención pública en sus diversas facetas está jugando un papel esencial en las respuestas que se adoptan: desde la introducción de liquidez por parte de los bancos centrales hasta las políticas de inversión en vivienda protegida e infraestructuras a la que se están adhiriendo con entusiasmo los enriquecidos empresarios de la construcción, el discurso dominante sigue siendo el del mercado privado. No hay diferencias sustanciales en las propuestas de estimular la actividad mediante la devolución de impuestos. Lo que hay es mucha inconsciencia en un momento en el que los diversos procesos tectónicos (demográfico, ambiental, productivo. financiero...) más bien demandan nuevas acciones colectivas con amplia participación democrática. Y es esta ausencia de verdaderas propuestas de reforma y cambio lo que hace más peligrosa la situación. Lo que exige de las próximas víctimas y los que quieren estar a su lado empezar a pensar en propuestas alternativas de gestión de la vida social. Empezando por la inevitable regulación de los mercados financieros y la revalorización de la intervención pública.

2/2008

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