El rey súbdito

José Luis Gordillo

Inmediatamente después de la reelección de Bush II, en noviembre de 2004, Juan Carlos de Borbón le hizo una visita relámpago con la finalidad de hacer las paces tras la supuesta afrenta que supuso la retirada de las tropas españolas de Iraq. La prensa más afín al gobierno de Zapatero (El Periódico de Catalunya, 12-11-04) afirmó que ese viaje respondía a una iniciativa del propio rey. Un dato muy revelador acerca de una de las funciones que cumple el monarca en el ámbito de la política exterior y que poco se corresponde con la imagen de Jefe del Estado meramente “decorativo”.

En una fecha tan significativa como el 21 de marzo de 2003 —un día después del comienzo de la invasión de Iraq—, el rey intercaló las frases siguientes en un discurso (que se puede consultar en www.casareal.es/noticias/news/838-ides-idweb.html) sobre otro asunto: “El deporte, su espíritu y el respeto a las reglas que entraña, constituyen un lenguaje universal que todos comprendemos. Se convierte así en el vehículo ideal para llevar a la sociedad mensajes positivos de paz, concordia, consenso y respeto mutuo, y muy especialmente en los momentos de crisis o dificultad. Desde esa reflexión no podemos dejar de mencionar que el acto de hoy, previsto desde hace tiempo, se celebra cuando se ha iniciado el conflicto de Irak. Por ello, no podemos dejar de expresar nuestro firme deseo de que concluya cuanto antes con un mínimo de pérdidas humanas y de sufrimientos y de que pronto se logre la paz” [las cursivas son mías].

En contra de lo que muchos creen, los discursos regios los escriben personas de la confianza del monarca a partir de sus indicaciones. Como ha declarado el propio Juan Carlos de Borbón: “Las líneas maestras de mis mensajes son siempre obra mía.” (en J. L. Vilallonga, El Rey, Plaza & Janés, Barcelona, 1997, pág. 248). Conviene subrayar este dato para entender la trascendencia de las palabras citadas.

En los meses previos a la guerra, mientras media España se echaba a la calle para pedir paz que en ese momento quería decir no a la invasión de Iraq, el rey que el día de su coronación dijo quererlo ser de “todos los españoles” permaneció mudo. Sólo abandonó su silencio al día siguiente del inicio de la invasión, y lo hizo para caracterizarla como un “conflicto” y para expresar el deseo de que pronto llegase la paz, pero sin pedir en ningún momento el cese inmediato de la agresión contra Iraq. Esa apelación a la paz tenía, pues, un sentido muy diferente a la hecha por los manifestantes del 15 de febrero de 2003. Significaba exactamente desear que la invasión de Iraq fuera rápida y no muy cruenta, es decir, que concluyera “cuanto antes con un mínimo de pérdidas humanas y de sufrimientos”, para repetir sus propias palabras. El diputado del PNV Iñaki Anasagasti ha corroborado este extremo, al explicar que el rey le expuso una “argumentación justificativa de aquella odiosa aventura” en una conversación privada en 2003, en la que también estaba presente Felipe Alcáraz de IU (I. Anasagasti, Agur Aznar, Temas de Hoy, Madrid, 2004, pag. 36).

En otro discurso posterior pronunciado con motivo de la pascua militar de 2004 y cuando todavía había tropas españolas en Iraq, el monarca afirmó: “Nuestras FF.AA. se distinguen por su alta valoración, capacidad y eficacia en el cumplimiento de las numerosas, importantes y complejas misiones asignadas con motivo de su participación en operaciones fuera del territorio nacional, ya sea en los Balcanes, Afganistán, océano Índico, Kuwait o Iraq”.

Consciente seguramente del descrédito popular de muchas de estas operaciones, en especial la de Iraq, el rey consideró necesario señalar también en ese discurso la urgencia de “reforzar la conciencia de defensa nacional”, una tarea que en su opinión no se podía circunscribir al ámbito de las Fuerzas Armadas, sino que se debía extender “al conjunto de la sociedad española”. Dicho a la pata la llana: la plebe, según el rey, necesitaba un lavado de cerebro a la vista de su escaso entusiasmo por el neocolonialismo militar.

Juan Carlos de Borbón siempre ha sido un hombre de Washington y siempre ha utilizado el “poder simbólico” que detenta, ese que tácitamente le otorgan los medios de comunicación riéndole las gracias y silenciando sus negocios y sus meteduras de pata, para impedir que España afloje las “estrechas” relaciones de sumisión que mantiene con Estados Unidos. Las bases americanas y el rey —jefe militar supremo, no lo olvidemos— van en el mismo paquete. No debe extrañar, pues, que proliferasen las banderas republicanas en las manifestaciones contra la guerra de Iraq y que desde entonces haya resurgido con fuerza la reivindicación de la República.

10/2007

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