Movilizaciones de jóvenes

Albert Recio Andreu

En el aletargado panorama social de la era Zapatero, han aparecido nuevas fórmulas de movida juvenil. Como las concentraciones en diversas ciudades en demanda de una vivienda digna. O el discurso de los “mileuristas” que denuncian una situación dominada por salarios bajos, precariedad del empleo y alto coste de la vivienda.

Uno de los aspectos recurrentes en todas estas “movidas” es el uso de los nuevos medios de comunicación —internet y móviles— como forma de comunicación y convocatoria, lo que ya ha llevado a más de uno a invertir el análisis causal y sugerir que estos nuevos movimientos son un subproducto del cambio tecnológico. Es evidente que la tecnología influye en las formas de actuación de la ciudadanía, y a nadie puede extrañar que unas innovaciones que tienen a la información como su elemento básico por fuerza tienen que influir en la forma de relacionarse de la gente. Pero corremos el riesgo de quedarnos en este mero aspecto tecnológico y dejarnos de plantear otras cuestiones tanto o más esenciales.

Hay sin embargo otros aspectos más relevantes sobre los que vale la pena parar atención y que en cierta forma continúan y modifican las dinámicas de alguno de los movimientos sociales más activos en los últimos tiempos, como puede ser el movimiento okupa o el antiglobalización. De hecho las últimas movidas parecen salir del mismo espacio social, pero muestran algunos indicios de cambio.

El nexo más evidente es su voluntad de eludir mediaciones. De actuar a través de la acción autoconvocada (aunque siempre hay algún núcleo impulsor) que tiene más el aspecto de representación y denuncia que de paso táctico dentro de una estrategia más compleja. En esta forma de acción subyace sin duda la enorme desconfianza de estos sectores juveniles hacia los movimientos sociales institucionalizados. Una desconfianza que se debe en gran parte al burocratismo y la renuncia a la ruptura radical que caracteriza a gran parte del espacio institucionalizado. Pero también se alimenta de otras bases más discutibles, como la poca predisposición a negociar sus posiciones con otros sectores, un cierto autismo autorreferencial —que concibe el cambio social como una mera extensión de sus prácticas— y una cierta intolerancia provocada por la edad o la inexperiencia. La ventaja de tales dinámicas es que permiten una gran flexibilidad en la actuación, permiten la acción de pequeños grupos (las okupaciones son buena muestra de ello) y hacen posible mantener un discurso radicalmente alternativo. El coste o los peligros son también evidentes en forma de sectarismo, narcisismo y caída en una dinámica autorreferencial que no permite ir más allá del grupo de convencidos.

Lo que resulta más novedoso, al menos en el caso de la vivienda, es que por primera vez se ha entrado en un debate que plantea un enfoque que va más allá del movimiento okupa. Que plantea una cuestión atinente a mucha más gente que la que está interesada en vivir bajo un determinado modelo de vida. Y que apela a la necesidad de políticas para solucionar la cuestión. Se trata sin duda de un aterrizaje apreciable en la realidad cotidiana capaz, al menos en potencia, de implicar a mucha más gente que la indirectamente implicada en los movimientos.

Por esto parece tan importante que todo el mundo implicado en buscar vías para salir del estrecho ghetto al que nos han reducido el neoliberalismo tome nota de esta realidad y ayude a transformarla. Tome nota en primer lugar de todo lo que de nuevo aportan estos impulsos juveniles, desde la utilización de las nuevas tecnologías hasta la voluntad de dirigirse a la gente sin la mediación de burócratas y chamanes. Tome nota del descrédito social que arrastran muchas de las instituciones con las que la izquierda trató de organizar al personal en el pasado. Pero tome también nota de la debilidad que supone reducir el movimiento al mero encuentro de denuncia y la impotencia que a la larga genera una acción que no se acaba concretando en demandas específicas y objetivos claros. Denunciar que la situación de la vivienda es un escándalo es mostrar lo obvio, garantizar el acceso efectivo a la vivienda exige poner en pie demandas específicas mucho más complicadas —¿nacionalizar la propiedad del suelo?; ¿introducir algún tipo de regulaciones?; ¿intervenir el sistema financiero?...— y ser capaces de generar un movimiento social masivo capaz de conseguirlos.

Y por esto es hoy tan necesario tejer espacios de encuentro sin condicionantes, tratar de aprender de lo viejo y lo nuevo y entender que se requiere de un esfuerzo paciente para evitar que los partidarios del fin de la historia se salgan con la suya.

7/2006

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