La incorregible Austria

María Rosa Borrás

Las declaraciones del senador austríaco Siegfried Kampl han ocasionado un pequeño revuelo en los medios políticos de este país. El enquistamiento de posturas claramente favorables a los nazis provoca con demasiada frecuencia polémicas sobre el nazismo que no cabe interpretar en términos de irreflexivas reacciones emocionales de índole excepcional y residual.

Con ocasión de los preparativos para la celebración en mayo de la liberación de Austria por los aliados, este senador del FPÖ (extrema derecha) y miembro de la BZÖ (nueva liga para el futuro de Austria creada por Jörg Haider como escisión a fin de redefinir su propio partido) declaró el 19 de abril: "entre los antiguos militantes nazis y los desertores del ejército nazi, son los primeros los que han sido víctimas de una persecución brutal después de 1945" debido a la depuración que llevaron a cabo los aliados. En relación con los segundos (los que desertaran de la Wehrmacht), a su juicio fueron, a menudo, unos "asesinos de sus camaradas" de lucha.

Se da la circunstancia de que Kampl debía asumir el primero de julio de este año la presidencia del Senado. El periódico Der Standard informa el 28 de abril de que finalmente este senador ha dimitido de la cámara alta. Pero, en cambio, no ha abandonado la liga de Haider, de modo que continúa activo en la política que desde Carintia parece someter al país entero a extrañas provocaciones. Hay que tener en cuenta que Austria, a diferencia de Alemania, aún no ha rehabilitado a los desertores ni a los insumisos del régimen nazi. En el 2004, los Verdes (ecologistas) presentaron una proposición de ley en este sentido, cuya discusión se ha aplazado por 5 veces, bajo la presión del partido de extrema derecha FPÖ. Además Austria, dentro de seis meses, deberá asumir la presidencia de la Unión Europea.

Jörg Haider ha defendido a Kampl argumentando que fue recibido dos veces en audiencia privada por Juan Pablo II y, por consiguiente, hay que suponer que algo positivo tiene este político.

Hay otro senador, John Gudenus, también del FPÖ, que ha emitido recientemente unas declaraciones parecidas, claramente provocadoras. Según él, la existencia de cámaras de gas y el genocidio de los judíos son cosas que no están demostradas. No es la primera vez que Gudenus hace este tipo de declaraciones orientadas a suscitar reacciones polémicas. Lo curioso en este caso es que ha dimitido de la dirección del partido, pero no, en cambio, del Senado.

Habrá que entender que Austria es incorregible de momento, o por lo menos que no hay en el campo político de sus dirigentes la voluntad decidida de corregir las actitudes de los grupos que cuestionan insistentemente la condena del nazismo. Porque es difícil concluir que tales despropósitos respondan a simples deslices. Más bien da la impresión de que se explican por una deliberada política de provocación y tensión permanentes, política para la cual de algún modo cuentan con cierto grado de connivencia o pasividad por parte de los conservadores y los socialdemócratas, pues de lo contrario no se explica que reproduzcan escándalos de esta naturaleza.

A mi modo de ver, ésa es la política de la desfachatez, signos de la cual se perciben también en Italia, con Berlusconi; en Estados Unidos, con Bush y sus secuaces; en España, con Aznar y su cuadrilla. En cada circunstancia es una política que se orienta a la destrucción interna de la noción misma de democracia.

1/5/2005

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