La política cinematográfica

Josep Torrell

Algunas revistas de Comisiones Obreras o el boletín informático de mientras tanto piden a veces que por qué no se escribe en ellas. El plazo de dan es de un mes o todo lo más, para los boletines, de quince días. Pero quienes lo piden, gente absolutamente generosa, pasan por alto que quince días es demasiado tiempo para las películas. Es demasiado tarde. Cuando sale el boletín, las películas han salido de cartel o les quedan sólo tres días, lo que sirve de muy poco a los lectores.

Estoy hablando de las películas que merecen la pena verse. Las que no valen la pena aguantan meses en muchos cines: son por lo general producciones norteamericanas. Las películas españolas han de luchar por el poco margen que les dejan las distribuidoras americanas (y también las salas de cine americanas: la empresa CINESA es propiedad de UCI, la mayor compañía estadounidense propietaria de salas en el extranjero). Se produce entonces un conflicto que se resuelve casi siempre por una sustitución de importaciones.

Una película europea o asiática, aunque haya conseguido un distribuidor en España, está condenada a desaparecer de la pantalla si no obtiene un resultado aceptable en taquilla en los primeros días. El exhibidor no puede mantener al mismo tiempo una española y una extranjera que tienen un ingreso inferior en taquilla (en comparación con el cine norteamericano). Así las cosas, en francamente difícil que una buena película europea -aunque Silver City era una película norteamericana- dure en cartel dos semanas. Los tiempos en que era posible esperar una semana para ver una película han pasado a la historia.

Esto forma parte de un problema más grave. Las películas extranjeras no llegan. No hace falta sacar la lista de cualquier festival: no llegan. En Madrid, contadas veces, hay semanas de cine de algún país extranjero. En Barcelona, estas semanas no se celebran desde ya mucho tiempo. Los cine clubes, que antaño servían para hacer circular las películas minoritarias, en la actualidad están fuera de circulación ellos mismos, salvo raras excepciones.

Cataluña es el país de las miserias: la Filmoteca en raras ocasiones hace lo que sería propio. Su horizonte es el de no perder dinero, no el de ofrecer una programación rigurosa. Una parte importante de las películas que programan son los rescatados de siempre (poco importa si es el director, los actores, el guionista o los directores: lo importante es que sean norteamericanos). En diciembre, el mes en que las producciones estadounidenses copan para sí todo el mercado (o casi), la Filmoteca de Cataluña se suma a los festejos y ofrece exclusivamente películas norteamericana. La cinematografía de otros países está completamente desatendida.

Tampoco la sociedad civil tiene un gran interés por el cine. Los museos e instituciones culturales no se ocupan de cine (o se ocupan sólo del más minoritario) y el festival de cine "de Cataluña" (Sitges es el único en el mundo en ostentar denominación de origen) se dedica al cine de horror. Algunos miembros de la Asociación Catalana de Críticos y Escritores Cinematográficos (ACCEC) elaboró una propuesta de convertir Sitges en un gran festival de festivales. La propuesta estaba pendiente de aprobación, cuando salió en la prensa el nombramiento de un nuevo presidente para el festival (y, por supuesto, de la propuesta nunca más se supo). Con el tiempo, ha habido dos presidentes más, y la situación del festival va siendo cada vez más un certamen de testosterona. La situación es desastrosa.

El problema está en que falta una política cultural. Falta una política, cuando menos, para el cine. Una política cultural no consiste sólo en dar dinero para hacer películas. Esto es fundamental, pero no basta. En la actualidad, al fijar el retorno de una parte del dinero a las películas que superan cierto límite en taquilla, se está sufragando abiertamente lo peor de la producción española. Si el estado ha de pagar el cine ­puesto que el cine de ningún país tiene los medios con qué defenderse del dinero norteamericano-, hay que exigirle que por lo menos pague buenas películas.

El cine europeo, asiático, africano o latinoamericano tiene problemas para verse en sus países y es prácticamente imposible hacerlo en el extranjero, con la salvedad de Francia (que ha puesto los medios para una política del cine) y en parte Latinoamérica (por la lengua, que reduce costos de doblaje). El problema es que de estos países llega una película cada dos o tres años a las pantallas -y aún así, no todos los países están representados-, lo que equivale a muy poco, o casi nada.

Ese cine sólo se ve en festivales, muestras, retrospectivas, etcétera. También aquí la situación es lamentable: basta con mirar los festivales y muestras en Francia, Italia o Alemania y compararlos con España, para darse cuenta de que es necesario un cambio de rumbo inmediato. Por ejemplo, sin ir más lejos, ¿qué festival español se habría atrevido a presentar una programación exclusivamente formada por películas no norteamericanas, como sí ha osado hacer el 45º Festival Internacional de Cine de Tesálonica (en Grecia) de 2004?

Es necesario plantear una política cultural para el ámbito cinematográfico, a todos los niveles: producción, distribución y exhibición. El futuro del cine español pasa por las ayudas a la protección en un sentido radicalmente opuesto a la desprotección sistemática del gobierno de la derecha. Pero la llegada en un futuro no tan lejano del cine de terceros países -además de las coproducciones, de las que Francia sigue una política inteligente, y aquí también Wanda visión, todo hay que decirlo-, exige cambios muy profundos en los sectores de la distribución y sobre todo en la exhibición de películas.

En la distribución hace falta subvencionar a empresas de distribución dedicadas exclusivamente a películas de países no norteamericanos. Estas distribuidoras subvencionadas deben tener su público fundamentalmente en las universidades. En las distintas facultades hay que tener unas horas libres a la semana para que puedan ir al cine dentro de la facultad. Una vez existente es más fácil que pueda ampliar su red a lugares donde en un principio no hay demanda (pienso en los ayuntamientos y otras iniciativas a nivel local).

En el plano de la exhibición cinematográfica, es preciso plantear la necesidad de cines públicos que no se basen tan sólo en el beneficio en taquilla; es preciso que la Filmoteca deje de ser un negocio de películas estadounidenses usadas (y siempre rentables) para convertirse en un centro difusor del cine mundial antiguo y contemporáneo, como hacen las cinematecas consecuentes; es necesario dotar a los ayuntamientos para que pueda verse el cine de arte y ensayo, que hoy les está vedado; es necesario también poner los medios necesarios para que las muestras de diferentes países puedan pasear por varias ciudades (la filmoteca sería un perfecto organizador para ello); es necesario favorecer los cine clubes tanto a nivel local como a nivel general, porque a todos los niveles hay películas que puedan interesar; es preciso crear una muestra (o una en Madrid y otra en Barcelona) que muestre aquellas películas que no llegan normalmente a nuestras pantallas; y sobre todo, hay que introducir el cine en las escuelas.

En las escuelas hay que darles a los alumnos la posibilidad de ver películas y la posibilidad de discutirlas. Que no vean el cine como algo que sirve -o servía- para matar el rato cuando no había televisor, internet y teléfono portátil. Es fundamental que la escuela deba darles a los alumnos tiempo para que puedan ver películas, tiempo para explicar sus entresijos, tiempo para pensar, en definitiva. Los espectadores de mañana pueden ser los alumnos de hoy de los colegios de secundaria. Es necesario imponer unos planes de introducción en la escuela y velar por su cumplimiento.

Esta política cinematográfica es un problema político, y como tal ha de ser abordado, poniendo medios y estableciendo directrices.

Nosotros, los que nos dedicamos de alguna manera al cine, hemos de esforzarnos para inventar modos de poder ver el cine que se hace fuera de nuestras fronteras (porque si no lo pensamos nosotros, ¿quién lo hará?). Pero es también un problema de política cultural, y como tal afecta a todos los partidos, tanto fuera como dentro de las instituciones. Afecta a los que pueden reivindicarlo desde el parlamento y afecta a quienes pueden hacerlo desde el gobierno. El cine que veremos mañana será el que circule por los cauces que se abran hoy.

Ahora, lo único que falta es saber si la conformidad manifiesta de quienes tienen en sus manos los medios para poner freno a esta situación es consecuencia de su ingenuidad o bien es un indicador de que, ellos también, son cómplices de los norteamericanos (a las buenas o a las malas).

[J.T., 21 de enero de 2005, aniversario de la muerte 
de Vladímir Ilich Ulianov, apodado Lenin]

21/1/2005

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