La creación del enemigo

Albert Recio Andreu

I

Demasiadas veces la política es la guerra por otros métodos. La guerra es la forma más brutal de imponer el poder. En muchas sociedades humanas las castas guerreras han ocupado la cúspide del poder o han formado parte de las élites dominantes. Para que existan guerras han de existir enemigos. El primer paso de todo proceso bélico es identificar al enemigo, convencer a la sociedad de su peligro para justificar una acción bélica. La creación del enemigo exterior tiene siempre impacto interior. Lo explicó muy bien Manuel Sacristán cuando analizaba el proceso de entrada de España en la OTAN. La lucha armada no agota la lógica militar: esta se practica de otras formas, pero siempre apelando al uso desproporcionado del poder sobre un enemigo identificado. La primera fase de la guerra es precisamente la de la creación de esta identificación.

Tras la Segunda Guerra Mundial se produjo una cierta pacificación en los países desarrollados, especialmente en su política interna donde, hasta cierto punto, se integró en el juego institucional al enemigo interior y las reglas de la política fueron relativamente pacíficas. No de forma completa: durante largos años persistieron regímenes dictatoriales y episodios como la caza de brujas norteamericana. La represión de los movimientos de derechos civiles y de los panteras negras en los USA indican que el fenómeno era persistente. De cara al exterior la guerra y el enemigo siempre estuvieron presentes en la forma moderada de la Guerra fría o en la forma radical de Corea, Vietnam, las múltiples intervenciones occidentales en África y Latinoamérica, las dos guerras del Golfo, Libia…

II

Hoy vuelve la lógica del amigo-enemigo. Está renaciendo con fuerza tanto en el plano de la política internacional como en el plano interno. Hace tiempo que en mientras tanto venimos publicando los informados análisis de Rafael Poch que dan cuenta del nuevo enfoque imperial de los EE. UU. en relación con sus tradicionales enemigos externos: Rusia y China (Rusia ha sido además una obsesión histórica de Alemania). Estos últimos meses hemos asistido a la creación del nuevo pacto del AUKUS, claramente orientado contra China, y con un impacto colateral sobre la Unión Europea. Asistimos además a una continuada repetición de denuncias y conflictos en torno a ciberataques, espías y denuncias verbales. En las últimas semanas no hay día que El País no publique algún reportaje sobre el rearme ruso, o chino, sobre ciberespionaje y campañas de desinformación, o sobre la creciente presencia rusa o china en África. Parece una preparación para la nueva Guerra fría, que como sabemos por experiencia en el mejor de los casos deriva en guerras periféricas y en destrucción de sociedades enteras.

Esta continua referencia al peligro chino y ruso contrasta con los datos sobre gasto militar. El pasado 12 de octubre El País publicaba un informe estadístico sobre gasto militar. Un simple cálculo permite advertir que el gasto militar de EE. UU. y sus aliados (la Unión Europea y Reino Unido; Australia no aparecía) es 3,5 veces mayor que el de China y Rusia juntos (en el supuesto de que estos países fueran aliados), lo que refleja un aplastante dominio occidental por lo que se refiere a militarismo.

Las razones de esta escalada seguramente son diversas. Necesidades del complejo militar industrial de encontrar nuevas justificaciones para su negocio y su poder, ahora que la guerra contra el yihadismo va de baja (y el esfuerzo bélico se ha mostrado inútil y cruel); competencia comercial con China, que constituye cada vez menos una mera plataforma de ensamblaje de productos occidentales; o, lo más preocupante, preparación para los conflictos futuros relacionados con la crisis ecológica en sus diversas expresiones: problemas derivados del clima, escasez de recursos esenciales… Este último es el escenario más peligroso, pues mientras los dos primeros pueden limitarse dentro del ámbito de una “guerra simbólica”, los últimos pueden efectivamente conducir a un conflicto abierto de consecuencias dramáticas. A corto plazo el mal ya está hecho, pues la opción guerra significa bloquear la opción cooperación con la que se deben abordar los problemas planteados a la humanidad. Además, la propaganda bélica tiene un impacto corruptor en los comportamientos y actitudes de la población.

III

La misma cultura del enemigo interior está renaciendo en Europa de manos de la extrema derecha. En Estados Unidos siempre estuvo presente asociada al racismo. En España su incidencia es mucho más amplia porque abarca todo el espectro de la derecha. Y conecta con una cultura y unas prácticas fuertemente arraigadas.

Como analiza detalladamente el historiador Paul Preston en El holocausto español, la derecha española trasladó su cultura militarista y racista desde la guerra de África al interior del país. Obreros, izquierdistas y republicanos pasaron a ser los “moros” internos a quienes se podía exterminar impunemente. Es lo que se aplicó a destajo en la Guerra Civil y la postguerra. Y ha seguido formando parte de la ideología profunda de gran parte de la derecha “constitucionalista”. Que no ha dudado en denigrar a Otegi por unas manifestaciones que ellos siempre se han negado a hacer (la cuestión de las cunetas y los desaparecidos es la mayor demostración de la negativa de la derecha a revisar sus crímenes). Y, en tiempos de rearme, no dudan en calificar de ilegítimo y antiespañol a todo el espectro de las fuerzas que apoyan al Gobierno actual, ámbito que representa estadísticamente a la mayoría de la población.

La derecha española no sólo trató, y trata, de enemigos a todos los que se oponen a sus postulados. También tiene una larga experiencia en aplicar políticas de represión y control para tiempos de “paz”. Preston documenta su actuación durante el bienio negro republicano, donde los gobernadores provinciales se aplicaron en barrer del mapa a los Ayuntamientos que no les gustaban y donde las fuerzas públicas se emplearon a fondo para reprimir todo tipo de protestas. El franquismo, una vez asentado, se esforzó por dar legitimidad a sus actos y construir un entramado protector mediante la creación de un tupido tejido legislativo. El mundo judicial ha sido y sigue siendo un hábitat apropiado para la derecha económica y política.

En los tiempos actuales el uso del sistema judicial como un ariete contra la izquierda se ha convertido en una parte esencial de las políticas de derechas en diversos países. El caso de Lula en Brasil o el del control del Tribunal Supremo de Estados Unidos (con sentencias tan brutales como la que valida la financiación sin límites por parte de empresas a candidatos políticos) son ejemplos palmarios. En España se ha convertido en una presión insoportable. La derecha siempre ha procurado el control de la alta judicatura. Tras su intervención en el procés la ha convertido en su principal instrumento de acción. Quizás porque es consciente de que por vía electoral va a ser difícil recuperar la hegemonía (Aznar, Rajoy y Casado se esforzaron en romper puentes con las derechas periféricas y no parece creíble que puedan recomponer viejas alianzas en bastante tiempo), y esperan que el bloqueo y las acciones partidistas de muchos jueces generen una sensación de inutilidad del Gobierno y abran enfrentamientos entre sus socios y sus aliados potenciales.

La condena al diputado de Podemos Alberto Rodríguez es un buen ejemplo de que ya está ocurriendo: se le condena sin pruebas claras, en un proceso dilatado en el tiempo, y se presiona para que el efecto final vaya más allá de lo que contiene la sentencia. Además, la presión sobre la presidenta del Parlamento (y el propio comportamiento de Meritxell Batet) sirve para abrir nuevas brechas entre PSOE y Unidos Podemos. El éxito de esta operación hace prever que este tipo de intervenciones será habitual.

IV

Una vez instaurada, la lógica del amigo-enemigo lo invade todo. De hecho su aplicación no es exclusiva de la derecha. En Catalunya el independentismo lleva muchos años aplicándola. Y la izquierda la ha aplicado muchas veces frente a la derecha y para dirimir sus propias diferencias internas.

En el pasado se trataba de una dinámica arraigada en muchos posos culturales tradicionales: los de los clanes, los de la venganza frente a los agravios, el de la masculinidad agresiva. Persisten aún en espacios como las hinchadas futbolísticas o las peleas de bandas juveniles. Pero tienen también otros campos de expansión en las nuevas tecnologías de la comunicación que han convertido algunas redes, particularmente Twitter, en verdaderos espacios donde insultarse y tratar al oponente con desprecio. Un verdadero gimnasio donde entrenar la cultura del odio.

La izquierda corre el peligro de ser arrastrada a una dinámica donde tiene todas las de perder. Los otros siempre serán más brutos y tendrán más medios para anonadarnos. Y seguramente el primer lugar donde se desarrollarán estas dinámicas será (en algunos casos ya ocurre) el del enfrentamiento interno. Siempre es más fácil pelearse con el que tienes al lado y tiene fuerzas parecidas que con un poderoso lejano. Por eso es tan esencial entender la necesidad de romper con esta dinámica. De optar por formas de acción que neutralicen las agresivas políticas de la derecha y que no destruyan componentes valiosos del tejido social. La situación social y la crisis ecológica son fuentes de grandes tensiones a las que solo se puede responder si existe una fuerte cohesión entre amplios sectores sociales. Y eso es lo contrario de la lógica amigo-enemigo, que solo apunta al fraccionamiento y a la lucha tribal. Hace falta un esfuerzo cultural y la busca de mediaciones institucionales que impidan que avance la construcción de un enemigo al que se puede exterminar.

28/10/2021

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