Antonio Antón

Feminismos y derechos humanos

[Desarrollo de una intervención del autor en un debate, junto con Violeta Assiego, en Acción en Red el 29/01/2021]

 

En los últimos años, el principal proceso de movilización social progresista ha sido el feminista, dentro de un marco más amplio de cambio social y político-electoral. Se produce en un contexto de agravamiento de la situación de desigualdad y dominación de las mujeres y, específicamente, ante un crecimiento de la conciencia de su injusticia y un deterioro de las mentalidades machistas y conservadoras. Por otro lado, persiste el bloqueo institucional a las mejoras en ese campo, sobre todo por los Gobiernos anteriores del Partido Popular que han perdido legitimidad social. Tras quince años de limitada y contraproducente gestión institucional, centrada en la inacción trasformadora, preventiva y en recursos prácticos, el desvío punitivista y la reacción puritana, se ha percibido la impotencia institucional y la insuficiente protección pública para hacer frente a la nueva dimensión de las desventajas de las mujeres, en términos de desigualdad y de prepotencia machista.

La nueva ola feminista

Por tanto, se ha generado una triple dinámica. Primero, el agotamiento del feminismo institucional, socioliberal o elitista —sobre todo el vinculado al aparato socialista (aunque no solo ni todo él)—, derivado de los límites de la gestión institucional y normativa, sobre todo con su punitivismo, inacción y puritanismo, aunque con argumentaciones esencialistas o deterministas y excluyentes. Segundo, la emergencia de un nuevo feminismo transformador, con distintas influencias sociopolíticas y culturales, pero con un carácter popular, interseccional y crítico y una orientación igualitaria y emancipadora. Tercero, la involución de un reaccionarismo conservador, en los ámbitos mediático y político, representado por las derechas extremas y la Iglesia Católica.

En definitiva, frente a interpretaciones deterministas o idealistas y desde un enfoque social, realista y crítico, hay que destacar la combinación de tres dinámicas: a) una realidad de mayores desventajas socioeconómicas, vitales, relacionales y de estatus para capas populares, especialmente, las mujeres; b) una incapacidad institucional y normativa, desde el impulso inicial del primer Gobierno socialista de Zapatero hace ya tres lustros, cada vez más evidente de no ser suficiente para impedir ese retroceso y garantizar un avance igualitario-emancipador, y c) una mayor conciencia de su injusticia desde los valores de igualdad con varios niveles de identificación y articulación feministas. Todo ello ha reforzado la necesidad de la presión movilizadora feminista para promover un cambio sustantivo y real, y ha producido un desbordamiento del casi monopolio representativo, regulador y gestor de la acción institucional feminista junto con la emergencia de nuevas élites feministas.

La gran dimensión de la movilización igualitaria-emancipadora feminista ha demostrado una relevante capacidad relacional, solidaria y de cambio sociopolítico y cultural, particularmente en España. Es el marco en el que se produce la pugna entre tres dinámicas de fondo con objetivos contrapuestos: a) el intento de su neutralización, en el caso de las derechas y fuerzas conservadoras —como la jerarquía católica—, así como la hostilidad abierta de la ultraderecha; b) su reorientación sociopolítica moderadora y/o distorsionadora del sentido de esta nueva ola feminista por parte del anterior grupo hegemónico con un declinante liderazgo (vinculado al aparato socialista, aunque no solo), así como el cierre defensivo y sectario de éste para mantener sus privilegios representativos y de influencia política, mediática y de estatus; c) la reafirmación de un feminismo igualitario con la rearticulación de posiciones representativas y de influencia  cultural y sociopolítica dentro de una gran fragmentación organizativa, en el contexto de diferentes dinámicas sociopolíticas y económicas y distintas corrientes culturales o ideológicas.

Por último, al hablar de feminismos hay que diferenciar tres niveles, procesos identificadores y dimensiones: primero, el activismo feminista más permanente (incluido el para-institucional e institucional), de varios centenares de miles de personas; segundo, la identificación colectiva feminista, con su participación en las grandes movilizaciones (y en la vida cotidiana) y su sentido de pertenencia a un actor colectivo sociopolítico y cultural, con unos tres millones y medio; tercero, el apoyo a medidas contra la discriminación y por igualdad para las mujeres, de cerca del 50% de la población, con cierta conciencia feminista, mayor entre la gente joven y superior a la mitad entre las mujeres y a un tercio entre los varones.

Carácter y ejes de los feminismos

El feminismo es un actor sociopolítico y cultural, con distintos niveles y procesos de identificación. En una acepción débil se puede considerar como SUJETO social.

Los tres ejes fundamentales expresados en la actual ola feminista son: por la igualdad social, económico-laboral y relacional o de estatus de las mujeres; contra la presión y las agresiones machistas; y por la emancipación y la capacidad de decisión sobre sus trayectorias y preferencias personales. En ese sentido comparto la definición de Judith Butler: “el feminismo es una lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, pero también es una investigación sobre el género en sí mismo, más allá de las categorías de hombre o mujer”.

El choque de expectativas, principalmente entre las jóvenes, desde una cultura democrática e igualitaria y con dinámicas reales desventajosas es evidente. Es la base del malestar, la indignación y la activación feminista.

Esta multidimensionalidad identitaria se forma en cada sujeto real con un nuevo, específico y cambiante equilibrio entre las distintas identidades parciales con variadas combinaciones según los contextos relacionales y junto con otras identidades o valores cívicos transversales.

El feminismo pretende cambiar una situación discriminatoria de las mujeres por unas relaciones sociales igualitarias. Persigue modificar sus condiciones de subordinación por una dinámica emancipadora. Es un movimiento social con un gran componente cultural. Su objetivo es una transformación relacional, vinculada con un cambio de mentalidades.

La acción feminista debiera ser más realista, crítica, social y transformadora que la restrictiva pugna cultural. Su tarea es mucho más amplia, práctica y teóricamente: cambiar las relaciones de desigualdad y subordinación, conformar una identidad y un sujeto transformador con una estrategia igualitaria-emancipadora y una teoría crítica.

La acción feminista no es solo ni principalmente una lucha de ideas (o de emociones). Los cambios de mentalidades y conciencia ideológico-política, con un talante progresista, son fundamentales. La tarea de la modificación de la subjetividad es muy importante. Pero, sobre todo, la tarea transformadora sustantiva es relacional, superar la desigualdad real y las situaciones de dominación. Y esa experiencia vivida, interpretada y soñada es clave para avanzar en los procesos liberadores y conformar las identificaciones feministas.

Considerar al movimiento feminista como exclusivamente cultural relega la prioridad por el cambio de las relaciones reales desventajosas u opresivas y dificulta una acción crítica, popular, realista y transformadora. Es, sobre todo, un movimiento social, aunque con un gran componente cultural. El cambio feminista, además de las subjetividades, debe transformar las relaciones sociales de desigualdad y dominación; debe ser relacional.

Las distintas corrientes feministas y sus fundamentos ideológicos

En primer lugar, hay que clarificar el criterio sociopolítico para clasificar las diferentes tendencias feministas. La clave del feminismo es conseguir la igualdad de género o entre los géneros, superar las desventajas relativas y la discriminación de las mujeres. El objetivo es que la diferenciación de géneros y su construcción sociohistórica no supongan desigualdad real y de derechos y, por tanto, no tengan un peso sustantivo en la distribución y el reconocimiento de estatus y poder.

La diferenciación principal en el seno del feminismo hay que plantearla en función de su actividad y capacidad transformadora de las relaciones de desigualdad y subordinación de las mujeres, es decir, por su papel de cambio sustantivo de su posición social desventajosa. Así, respecto del avance real en la igualdad y la emancipación, como he avanzado, existen dos grandes corrientes: el feminismo crítico, popular y transformador, y el feminismo socioliberal, retórico y formalista.

No entro a valorar otras clasificaciones similares, por ejemplo el feminismo del 99% frente al del 1%, o el anticapitalista (e interseccional) frente al progresista neoliberal, que hacen referencia a esas dos corrientes principales, pero con algunos elementos unilaterales tal como he detallado en la valoración de Nancy Fraser en el libro Identidades feministas y teoría crítica. Más adelante, comento las definiciones, también unilaterales, desde el ámbito posmoderno de las dos tendencias dominantes, calificadas de ilustradas o esencialistas frente a feminismo diverso.

Para completar su análisis es preciso explicar las influencias ideológicas, especialmente de las personas más representativas o influyentes. Así, aparte del pensamiento socioliberal (y el conservador), en ambas corrientes, la socioliberal y la transformadora, de forma diferenciada según qué aspectos y dimensiones y, específicamente, en sus distintas élites, influyen dos tendencias culturales: el estructuralismo (o determinismo o esencialismo) y el posestructuralismo (o culturalismo). Se entrecruzan dos posiciones sociopolíticas con dos discursos dominantes, desbordando y complejizando la distinción de los feminismos de la tercera ola, por la igualdad o por la diferencia.

De entrada diré que el estructuralismo, determinista o esencialista, y el posestructuralismo, voluntarista o subjetivista, dominantes y en conflicto en los grupos progresistas en estas décadas, no son una buena forma de enfocar los procesos de emancipación e igualdad de las mujeres y, en general, de las capas subalternas. Esto tiene más importancia para el feminismo transformador, menos imbricado con las élites y grupos de poder y más dependiente de su fuerza social, incluida su capacidad subjetiva y discursiva, así como organizativa y de liderazgo. Me centraré, sobre todo, en él.

El error determinista o esencialista es el mecanicismo que supone creer que la realidad de opresión genera automáticamente la conciencia y la acción alternativa, de ahí la prevalencia de la identidad ‘mujer’ objetiva; y el error voluntarista o culturalista es el que comete quien piensa que con una buena doctrina, programa o discurso se construye el movimiento popular.

Por tanto, hay que diferenciar las dos características: el papel social y cultural, más o menos transformador de las relaciones sociales y las mentalidades, y el carácter de las ideas respecto de su sentido igualitario-emancipador. La combinación entre ambos campos produce una gran diversidad de posicionamientos en ambas corrientes sociales pero, sobre todo, en el feminismo que he definido como transformador, popular o crítico. En este confluye, particularmente entre sus representaciones, una amalgama de posiciones posmodernas y estructuralistas con otras ideas más realistas, relacionales o sociohistóricas, mientras en la mayoría de las bases feministas se mantiene una óptica realista y unitaria, al mismo tiempo que algo ecléctica y en tensión con la pugna ideológica y de liderazgo.

Algunas definiciones sobre la clasificación de los feminismos

En distintos análisis esquemáticos sobre las sensibilidades internas en el feminismo se establecen dos corrientes en torno a la identidad ‘mujer’: una, llamada ilustrada (esencialista, elitista, homogénea y excluyente), y otra, llamada diversa (postmoderna e inclusiva). Explico las insuficiencias de esa caracterización.

En primer lugar, ese significante de ‘diversa’, válido como fórmula descriptiva (de distintos tipos de mujeres y personas subordinadas), se acuña con un sentido más ideológico por la versión posestructuralista. Así, se infravaloran los rasgos comunes de la realidad de su posición de subordinación para sobrevalorar el poder constructivo del discurso o el lenguaje. Además, bajo ese prisma, se tiende a englobar o integrar el conjunto de esa corriente que he definido como transformadora, popular, realista y crítica, más variada y multidimensional, cuando la variante posmoderna es solo una sensibilidad dentro de ella. En ese sentido, se produce una ‘resignificación’ de todo un proceso identificador y transformador bajo un esquema interpretativo sesgado.

En segundo lugar, a mi modo de ver, más allá de las etiquetas con su función para nombrar y conformar un proceso, hay una simplificación analítica. La realidad es más compleja pero, sobre todo, el enfoque es insatisfactorio: el eje central para definir el sujeto sociopolítico debe ser la identidad ‘feminista’, no la identidad mujer y su diversidad como identidad de género; en ese sentido cobra una mayor importancia un enfoque relacional y sociohistórico de los procesos participativos de identificación con la causa de la igualdad y la liberación de las mujeres.

Desde las posiciones más rígidas del enfoque determinista (estructuralista, biológico, de sexo o género), a veces utilizado por representantes del feminismo socioliberal, es decisivo fijar esa condición ‘objetiva’, porque esa realidad interpretada normalmente de forma homogénea, estable y esencialista determinaría su papel sociopolítico y cultural, o sea el sujeto al que hay que representar. La pugna por la definición y demarcación del ser ‘mujer’ se convierte para ellas en decisiva para apropiarse de su representación y gestión… con todos los privilegios que supone.

Desde el punto de vista de las ideas postmodernas más extremas (posestructuralistas, culturalistas o subjetivistas) no tiene importancia esa condición objetiva porque lo que ‘determina’, en este caso de forma idealista, la construcción del sujeto y su capacidad expresiva es el discurso… de una élite aspirante a representar y orientar a ese nuevo sujeto en formación… con todo el estatus y el reconocimiento público que requiere. Pero para esa disputa interpretativa y representativa se escoge el punto de partida contrario: presupone la fragmentación de la realidad de las mujeres, o bien, su falta de consistencia y su fluidez identitaria.

Se produce una convergencia, coincidiendo ambos tipos de élites socioliberales y posmodernas más radicales, en la infravaloración de la realidad desventajosa de las mujeres y la acción cívica transformadora de las relaciones sociales desiguales y dominadoras. Y aparece en primer plano la pugna discursiva entre ambas por acceder a posiciones sociales ventajosas, objetivo siempre oscurecido en el plano público.

Por tanto, la amplia tendencia realista, social, transformadora y crítica, aun con posiciones comunes en distintos aspectos con las otras tendencias, socioliberales, deterministas y posestructuralistas o discursivas, las supera a pesar de que suelen esconder su desconexión con las dinámicas mayoritarias del feminismo transformador y de base a través de un lenguaje radical.

La unidad y la pugna interna en el feminismo

El problema de fondo que subyace es el descontento popular feminista por la falta de igualdad sustantiva en las relaciones sociales, laborales e institucionales, interpelada, interpretada, representada y orientada desde esa trayectoria igualitaria y transformadora, hoy oscurecida en el ámbito mediático.

Los tres ejes temáticos constituyen la experiencia sustantiva de las actuales movilizaciones feministas ante la persistencia y gravedad de sus desventajas. Es el fundamento que sostiene su carácter transformador y unitario. Pero hay algunas élites, con distintas justificaciones, que priorizan su interés corporativo por ocupar posiciones de privilegio o situar su marco interpretativo particular como el dominante.

La formación de la representación de la dinámica transformadora feminista conlleva procesos colectivos de articulación y liderazgo, según el sentido de su orientación, los intereses grupales y las características culturales o ideológicas. Su reto es la formación de representaciones democráticas, plurales y unitarias, aspecto que he desarrollado en “Por un feminismo fuerte, igualitario y crítico”.

Un tipo de pugna sectaria y oportunista por sacar ventaja elitista (o de estatus y poder) refleja una debilidad en la construcción unitaria y plural del conglomerado asociativo feminista que lo debilita en su función transformadora igualitaria y emancipadora frente al auténtico adversario común: el machismo como orden social institucionalizado e imbricado con los grupos de poder.

Identidades y formación de actores y sujetos colectivos

Las identidades se construyen social e históricamente; son diversas, variables y contingentes. La identidad, como pertenencia colectiva y reconocimiento público, tiene un anclaje en una realidad material, institucional y sociocultural, en su contexto histórico; encarna una dinámica sustantiva de las relaciones sociales.

Los procesos identificadores se configuran a través de la acumulación de prácticas sociales continuadas, en un marco estructural y sociocultural determinado, que permiten la formación de un sentido de pertenencia colectiva a un grupo social diferenciado con unos objetivos compartidos. Como expresión de los rasgos comunes de un grupo social las identificaciones pueden ser más o menos densas, abiertas, inclusivas y múltiples respecto de otras identidades y condiciones, así como de los valores más universales como los derechos humanos o la ciudadanía. Su carácter sociopolítico, regresivo o progresivo, igualitario o reaccionario, y su sentido ético, bueno o malo, positivo o negativo, dependen de su papel sociohistórico y relacional en un contexto específico respecto de los grandes valores de igualdad, libertad y solidaridad.

La identidad feminista, que no femenina, como reconocimiento propio e identificación colectiva, está anclada en una realidad doble: subordinación considerada injusta, y experiencia relacional igualitaria-emancipadora. Supera, por un lado, las dinámicas individualistas y, por otro lado, las pretensiones cosmopolitas, esencialistas e indiferenciadas.

En la medida que se mantenga la desigualdad y la discriminación de las mujeres, sus causas estructurales, la conciencia de su carácter injusto y la persistencia de los obstáculos para su transformación, seguirá vigente la necesidad del feminismo, como pensamiento y acción específicos. Y su refuerzo asociativo e identitario, inclusivo y abierto, será imprescindible para fortalecer el sujeto sociopolítico y cultural llamado movimiento feminista y su capacidad expresiva, articuladora y transformadora.

No es tiempo de postfeminismo, en el sentido de considerar secundario o superado el feminismo, sino de un amplio feminismo crítico, popular y transformador frente a la pasividad o la neutralidad en este conflicto liberador y por la igualdad. Eso sí, con una perspectiva integradora y multidimensional que le haga converger con los demás procesos emancipatorios. En la dinámica de formación de unos sujetos globales, en procesos más generales y demandas más integradoras o múltiples, es cuando se puede hablar de postfeminismo o transfeminismo, sin que se sustituya o anule la especificidad feminista como componente fundamental de la transformación social, los valores universales o el avance en los derechos humanos.

En la formación de los sujetos colectivos lo relevante es la práctica relacional común y acumulada ante una situación discriminatoria y con una finalidad igualitaria-emancipadora. No es una simple unidad propositiva o de demandas de derechos. Exige compartir problemáticas similares y experiencias reivindicativas y de apoyo mutuo comunes y prolongadas, vividas e interpretadas.

El componente social de la interacción humana es el principal para forjar el reconocimiento y las pertenencias grupales e individuales y dar soporte a la acción colectiva. En ese sentido, hay varones feministas, es decir, solidarios con la causa feminista, que al igual que otras personas participan en ese sujeto feminista.

El feminismo, con sus distintos niveles de identificación y pertenencia colectiva y su pluralidad de ideas y prioridades, es un movimiento social, una corriente cultural, un actor fundamental que, en una acepción débil, se puede considerar un sujeto sociopolítico en formación, inserto en una renovada corriente popular más amplia que califico de nuevo progresismo de izquierdas, con fuertes componentes ecologistas y feministas.

La formación de un sujeto unitario superador de los sujetos o actores parciales va más allá de un liderazgo común (simbólico y legítimo), un objetivo genérico compartido (la democracia y la igualdad) o un enemigo similar (el poder establecido patriarcal-capitalista). Es un proceso sociohistórico y relacional complejo que necesita una prolongada experiencia compartida y una identificación múltiple que debe superar las tensiones derivadas de los intereses corporativos y sectarios producidos en cada élite respectiva.

El elemento sustantivo que configura ese proceso identificador feminista es la acción práctica, los vínculos sociales, la experiencia relacional por oponerse a esa subordinación y avanzar en la igualdad y la emancipación de las mujeres. La identificación feminista deriva del proceso de superación de la desigualdad basada en la conformación de géneros jerarquizados.

Para formar el sujeto sociopolítico, el llamado movimiento social y cultural feminista, es relativa la condición de la pertenencia a un sexo, un género o una opción sexual determinada, aunque haya diferencias entre ellas. Lo importante, en este caso, no es la situación ‘objetiva’ estática y rígida, sino la experiencia vivida y percibida como injusta de una situación discriminatoria y la actitud solidaria y de cambio frente a ella.

La pertenencia al feminismo

Desde la sociología crítica la pertenencia e identificación colectivas se van formando a través de las relaciones sociales, sobre la base de una práctica social prolongada, una interacción relacional solidaria tras esos objetivos de libertad e igualdad. Es decir, el hacerse e identificarse feminista es una conformación social, procesual e interactiva: supone comportamientos duraderos igualitarios-emancipadores y solidarios, interrelacionados con esa subjetividad. Es la experiencia vital, convenientemente interpretada, la participación en la pugna social y cultural en sentido amplio (incluyendo hábitos, estereotipos y costumbres además de subjetividad) frente a la desigualdad y la discriminación, la que va formando la identidad feminista, o cualquier otra de capas subalternas.

Explico algunos matices con la posición de la influyente feminista J. Butler, desarrollada en "Judith Butler y la pertenencia al feminismo". Su criterio de pertenencia al feminismo es inclusivo al considerar partícipes a todas las personas, incluido hombres, que se ‘aferran a las proposiciones básicas de libertad e igualdad’. Así se supera la interpretación biologicista y excluyente de que solo pueden ser feministas las mujeres. No obstante, es insuficiente por tener un sesgo idealista al poner el énfasis en lo discursivo, o sea, en las ideas o propuestas, con su sobrevaloración de su influencia en la formación de la identidad y el sujeto, posición típicamente posmoderna. Es una idea significativa que explica profusamente en sus libros. Es el marco conceptual común con la corriente posestructuralista que ella misma admite.

Veamos algunos enfoques implicados en esta controversia.

En primer lugar, sobre el concepto de sujeto ‘feminista’. Sujeto colectivo es un concepto fuerte, hegeliano y conectado a la identidad; está ligado a una posición activa, una participación colectiva e individual, una relación social o una práctica común, en este caso de capas populares subalternas, de carácter igualitario emancipador, frente a un grupo opresor. Supone una trayectoria duradera, no ocasional o solo discursiva, de reconocimiento público de vínculos comunes, diferenciación grupal e interacción social frente a la discriminación.

En ese sentido, estar vinculado o sentirse perteneciente al movimiento feminista o en general al feminismo, en sus distintos niveles, es un indicador identitario o de pertenencia relacional, sociocultural y procesual: está conformándose ese sujeto colectivo que, en sus comienzos, es un simple actor, agente o movimiento.

En ese proceso influye la subjetividad, es decir, su conciencia, ideas, discursos y emociones. Pero el aspecto definitorio que destaco es el relacional: la oposición práctica a la dominación y la desigualdad de las mujeres y, en todo caso, el compromiso, privado y público, y la solidaridad activa de otras personas. La experiencia vital reclamada no es la vivencia de ser mujer (o varón o no binario), cuestión relevante en la identidad de género, sino la participación en el proceso de superación de la subordinación que supone, aunque sea solo por solidaridad y con un papel secundario en el caso de los varones. Esa participación en una trayectoria relacional igualitaria-emancipadora de las mujeres es lo específico de la pertenencia al feminismo. En el sujeto de cambio feminista el protagonismo principal es de las propias mujeres, como las personas más afectadas, interpeladas y dispuestas.

Sin embargo, en segundo lugar, ‘mujer’ no es un sujeto en el sentido sociopolítico: al igual que el individuo obrero o la persona de color no se hacen mecánicamente revolucionarios anticapitalistas o antirracistas, la mujer (habría que hablar en plural, las mujeres) por el hecho de serlo y padecer discriminación no necesariamente se hacen feministas. Otra cosa es la conformación como género femenino (y masculino o no binario) o su identidad de género en pugna y condicionado por las estructuras sociales y de poder.

Diferenciar identidad de género de identidad feminista

Para definir la identidad feminista hay que considerar la dinámica relacional y las mediaciones sociopolítico-culturales-institucionales, ya que se produce una polarización de intereses y de poder específicos: feminismo frente a machismo (o patriarcalismo). En ese sentido hay una dicotomía más marcada o antagónica que en otros planos, como el del género y la opción sexual, porque expresa una actitud desigual, liberadora o dominadora, entre los dos polos.

Por tanto, desde criterios igualitarios-emancipadores el feminismo tiene una valoración ética y sociopolítica superior respecto del machismo. Representa no solo unos intereses de parte sino que conlleva una actitud transformadora universalista, basada en los derechos humanos, para hacer personas iguales y libres. Aunque ambas son identidades, la feminista y la machista, son cualitativamente distintas, la primera por su sentido igualitario-emancipador y la segunda por su carácter opresivo-dominador. La primera es beneficiosa para el conjunto, tiene valores universales por la igualdad y la libertad. La segunda, perjudica a la gran mayoría e intenta reforzar las ventajas injustas de una parte y legitimar la desigualdad y la discriminación.

Se forma, mejor que se construye, la identificación feminista asociada a la superación relacional, no solo discursiva, de conciencia o de ideas, de la discriminación de las mujeres, de su estatus subalterno y desigual. No de todos los grupos oprimidos, eso sería un bloque popular transformador de conjunto, el llamado ‘pueblo’, unitario, convergente, múltiple, interseccional o superador (trans) de cada sector y movimiento específico. Estamos hablando de la especificidad del feminismo en cuanto a actor social o sujeto sociopolítico, aparte de corriente cultural.

El sujeto mujer, por sus rasgos biológicos o estructurales, es la versión esencialista o determinista que critico. Cierta élite tradicional (una parte socialista y alguna comunista), junto con algún sector radical o de la diferencia, quiere seguir monopolizando su representación institucional y académica y patrimonializar la capacidad sociopolítica de la nueva movilización feminista que la desborda. Es el trasfondo del debate sobre quién es el sujeto feminista: legitimar su representación y estatus de privilegio institucional y mediático, impugnado por la movilización feminista de estos años y sus nuevas y heterogéneas élites asociativas y culturales que desafían su estatus.

El sujeto feminista lo conforman las personas que acumulan una experiencia prolongada, o sea, un comportamiento duradero en favor de la igualdad y la libertad de las mujeres. Es un significado más restrictivo, por su mayor identificación y actividad personal y colectiva, que el de actor o el tener solo cierta conciencia feminista.

El carácter relacional del feminismo

El feminismo tiene un carácter social o relacional, no solo cultural. Por tanto, pertenecen a él las personas que no solo proponen, piensan o sienten, sino que, sobre todo, interactúan por la libertad y la igualdad de las mujeres… y, en general, las personas que cuestionan los géneros como estructuras o categorías que ordenan y justifican la desigualdad y la dominación.

Por otra parte, para identificarse o pertenecer al feminismo es insuficiente hablar en general de personas que solo proclaman la igualdad y la libertad de cualquier grupo social subordinado, sean de clase social, antirracista o LGTBI, etc. El conjunto de su interacción por objetivos compartidos daría lugar a un movimiento global, llámese unidad popular, pueblo, ciudadanía, o sujeto transversal, anticapitalista o transfeminista. Puede existir un proceso complejo de interacción más o menos interseccional con otros grupos y movimientos sociales y con la esfera política e institucional. Pero estamos hablando específicamente de feminismo, es decir, de una experiencia relacional vinculada a la acción contra la discriminación, dominación y desigualdad… de las mujeres en cuanto grupo social discriminado o subordinado.

A partir de esa diferenciación, de acuerdo con Butler, se pueden considerar aliados a los dos movimientos, el feminista y el LGTBI, donde se incluyen los grupos trans, con muchos objetivos comunes. Pero el feminismo tiene sus fundamentos propios y específicos. Su pertenencia o sus procesos y niveles identificadores derivan de la dimensión, duración y profundidad de esa experiencia relacional en cambiar las relaciones de dominación y desigualdad de las mujeres, junto con la correspondiente subjetividad igualitaria-emancipadora.

El enfoque posmoderno, muy diverso y contradictorio, tiene un hilo conductor: el idealismo discursivo. Es el efecto péndulo a los excesos estructuralistas, ya sea de determinismos económicos, institucionales o biológicos. Es más realista, multidimensional e interactiva la tradición crítica, sociohistórica, relacional y social que pretendo defender.

En definitiva, la identidad y el sujeto feministas no derivan automáticamente de los determinismos biológicos, el sexo mujer, o estructurales, la respuesta mecanicista a su posición subalterna y discriminatoria. Tampoco se construyen discursivamente. Los dos aspectos, realidad material y subjetividad, son significativos pero insuficientes; falta la mediación interactiva: la práctica social. Los procesos identificadores progresistas se van formando a través de la experiencia relacional por la igualdad y la emancipación de los grupos y clases subordinadas frente a los grupos poderosos y dominadores.

Pelea por la orientación feminista

Con ocasión de la propuesta del Ministerio de Igualdad de la ley para desarrollar los derechos de las personas trans se ha reactivado la polémica, protagonizada por algunas mujeres socialistas, como la propia vicepresidenta Carmen Calvo, que se oponen con argumentos alarmistas y excluyentes. Su reacción, ante el desbordamiento estos años de la amplia movilización feminista, tiene la función de intentar hegemonizar la representación, institucional y mediática, del llamado sujeto mujer, con la descalificación del feminismo de base, interseccional e inclusivo reforzado en este periodo, al que acusan de un supuesto borrado de las mujeres, o sea, de no ser feministas.

No abundo en los argumentos a favor de la libre determinación de género reconocidos en el ámbito internacional y de una decena de CC.AA., incluso con el apoyo del propio PSOE, y ya avanzada por el Gobierno de Rodríguez Zapatero en la ley de 2007. Me sumo a la posición clarificadora y argumentada de personas como Violeta Assiego (diario.es, 9/02/2021) y José A. Pérez Tapias (CTXT, 10/02/2021). Por mi parte lo trato desde una mirada sociológica sobre el impacto y los reequilibrios representativos en el feminismo y los colectivos LGTBI y, en particular, sobre la necesidad de su refuerzo precisando la debilidad de algunos argumentos que diluyen su importancia en aras de un difuso sujeto postfeminista.

La pugna por la hegemonía feminista tiene una expresión simbólica y discursiva pero tiene un fondo de carácter sociopolítico entre dos tipos de feminismos: El primero que defino como elitista, retórico y socioliberal, y el segundo que denomino transformador, popular y crítico.  La capacidad social y transformadora de esta nueva ola feminista es inmensa. La mitad de la población (casi dos tercios de mujeres y más de un tercio de los varones, con mayoría entre la gente joven) apoya la igualdad de las mujeres y más de tres millones de personas han participado estos años en las grandes movilizaciones feministas por la igualdad, contra la violencia machista y por la libertad para decidir las propias trayectorias vitales. La pelea no afecta solo a las élites o al plano mediático e institucional. Tiene un sentido de fondo para definir el carácter de la amplia activación feminista y articular una dinámica de cambio real de las relaciones discriminatorias y de desigualdad.

Aparte de frenar el reaccionarismo conservador de las derechas, lo que se ventila entre las dos corrientes es el fortalecimiento o no de un feminismo transformador. Por una parte, la primera tendencia persigue la reorientación o neutralización de ese proceso igualitario-emancipador, intentando mantener su anterior posición de privilegio representativo e institucional e imponer su feminismo elitista, con componentes punitivistas y puritanos. Por otra parte, la segunda corriente, más heterogénea, pretende consolidar el impulso igualitario, participativo e integrador por un cambio real y sustantivo de las desventajas que afectan a las mujeres y los colectivos LGTBI (en el que se incluyen las personas trans).

El feminismo ha demostrado una gran capacidad social, con efectos de cambio en las relaciones interpersonales, las mentalidades e, incluso, en las normativas, las instituciones y el ámbito político electoral. Todo ello en cuanto sujeto sociopolítico y cultural crítico y de progreso, autónomo, popular y que debe consolidarse.

Aquí señalo algunos discursos contraproducentes para la defensa de un feminismo transformador que dejan un flanco débil frente a las críticas de esas élites retóricas que pretenden apropiarse de la legitimidad del conjunto del feminismo. Me refiero a algunas ideas irrealistas que infravaloran la situación desventajosa de las mujeres y la conveniencia de una amplia e integradora activación e identidad feminista.

El análisis lo hago desde la sociología crítica de los movimientos sociales y la sociología del género. Parto, al igual que Judith Butler, de la distinción entre esos dos movimientos, feminista y LGTBI, con sus dinámicas específicas, al mismo tiempo que de la necesidad de su alianza por objetivos compartidos. En ese sentido, más allá de la posición común con esa feminista posmoderna de reforzar el feminismo (y el movimiento LGTBI), en ciertas élites posestructuralistas existen posiciones más rígidas e idealistas, con unos discursos abstractos sobre un posible sujeto postfeminista, que hacen un flaco favor a su desarrollo y la colaboración entre ambos. Además, existe una pluralidad analítica y teórica sobre lo queer, tal como explico en «¿Una teoría “queer” anticapitalista?». Así, el debate sobre la supuesta superación del feminismo y la emergencia de una nueva etapa transfeminista hay que plantearlo en términos relacionales y sociohistóricos.

Movimientos sociales y movimientos globales (post o trans)

Hay diversas experiencias históricas de la superación de una dinámica prioritariamente parcial o sectorial, incluso desde los movimientos sociales, ampliando su carácter interseccional y convergente. Así el ecologista, el antirracista, el pacifista, el sindical o el mismo movimiento feminista en los que han incorporado temáticas y dinámicas interseccionales o unitarias con otros movimientos, al menos en determinadas campañas o iniciativas. Por ejemplo, en el caso del ecofeminismo con el movimiento ecologista y la sostenibilidad medioambiental. O vinculado a las reivindicaciones económico-laborales y más en general a las reproductivas y de cuidados con el movimiento sindical. O relacionado con la sexualidad y el cuestionamiento del género jerarquizado, el interés común de la libertad sexual y de género con los colectivos LGTBI; es el caso actual de la defensa compartida de los derechos de las personas transexuales. 

También podemos citar su interrelación con procesos étnico-nacionales, incluidos en las dinámicas plurinacionales y decoloniales, en los que se insertan ideas y trayectorias específicas. Incluso se han conformado procesos populares con un papel sociopolítico más marcado y conectado con cambios sociales e institucionales más generales, como el movimiento antifranquista en la transición política. Igualmente, con el más reciente, base de la dinámica actual, del amplio proceso de protesta cívica entre los años 2010/2014 contra los planes de austeridad y la prepotencia institucional y por la justicia social y la democratización, uno de cuyos componentes más expresivos fue el movimiento 15-M, así como su posterior conformación en un campo político electoral alternativo y diferenciado de la tradicional socialdemocracia por un cambio global de progreso.

Esos procesos de articulación complejos e interseccionales van más allá del inicial protagonismo de un movimiento social particular y un enfoque rígido de clase, pueblo o nación. En ese sentido, se pueden denominar procesos trans o post respecto de las dinámicas particulares de los viejos y los nuevos movimientos sociales. Pero todavía no hay que olvidar el peso de las injusticias concretas como fruto de malestar, indignación y articulación de demandas inmediatas y específicas, así como su vinculación compleja con dinámicas y proyectos más amplios, en un marco de experiencias compartidas y pugnas por la hegemonía política y cultural.

En el plano político electoral y doctrinal también existe un vivo debate con conceptos como unidad popular o de las izquierdas y bloque progresista o antifascista, así como la formación de pueblo, clase y nación, como procesos de confrontación frente a los grupos de poder y con una cultura más o menos universalista. Es decir, superadora de las subculturas particularistas de cada sector sociopolítico. En ese sentido, los valores republicanos de igualdad, libertad, solidaridad y laicidad, así como la cultura de los derechos humanos o un perfil anticapitalista global, ya muy tradicionales como grandes relatos, se pueden considerar post o trans en relación con los discursos parciales, dominantes para el pensamiento postmoderno fragmentado.

Pero una teoría social y crítica y una estrategia transformadora y global no expresan dinámicas abstractas ni son meros instrumentos discursivos desde los que construir el sujeto, sino que representan y articulan procesos concretos de una realidad diversa en una trayectoria común, que puede configurar una nueva etapa superadora aunque con muchos elementos anteriores.

Por último, el realismo crítico es el mejor enfoque teórico frente a las dos grandes corrientes progresistas, además del socioliberalismo que se ha mezclado con ellas: el estructuralismo (más o menos marxista-economicista, biologicista, institucionalista o étnico) y el posestructuralismo (más o menos voluntarista, culturalista e idealista). Ambas han sido hegemónicas en ciertas élites de los movimientos sociales y los grupos progresistas y de izquierda desde los años sesenta y setenta. Y hoy día, ante la nueva relevancia sociopolítica y cultural del feminismo, han entrado en aguda confrontación por hegemonizar su interpretación y representación. Ambas tendencias ideológicas, estructuralista y posmoderna, junto con el liberalismo (y componentes conservadores) se entrecruzan en el interior de las dos corrientes sociopolíticas feministas, transformadora (popular o de base) y socioliberal (elitista).

Esta tradición crítica, intermedia o superadora de las tres tendencias culturales dominantes, prioriza el papel transformador real del feminismo y pone el acento en la acción colectiva igualitario-emancipadora, sociohistórica y relacional. Se reinicia, en entreguerras, a partir de A. Gramsci y la Escuela de Frankfurt, y se desarrolla con pensadores relevantes sobre los movimientos sociales y el cambio sociopolítico, como E. P. Thompson y Ch. Tilly, sobre la teoría política, como Bob Jessop, o sobre el feminismo, como Simone de Beauvoir. Sigue teniendo unas bases teóricas y sociopolíticas más realistas y adecuadas a la nueva etapa de la protesta social y el cambio sociocultural e institucional, en particular con la conformación de las identidades y la configuración de los sujetos colectivos de las capas subalternas, especialmente el feminismo.

La reafirmación feminista

El movimiento feminista y sus procesos identificadores tienen motivos estructurales y sociohistóricos para afirmarse. En la configuración de un movimiento popular o un amplio sujeto transformador, la articulación de los diversos movimientos, corrientes, proyectos y temas es compleja. Está unida a una identificación múltiple con una dinámica mestiza e intercultural y un proyecto de conjunto o universal. Está acompañada por la experiencia histórica de no estar sometido a los intereses y demandas grupales e identitarios más relevantes (étnico-nacionales, de clase, de género, ecologistas…) junto con elementos más universales (derechos humanos, ciudadanía…) o representaciones unitarias, sociales y políticas.

El feminismo, como comportamiento y cultura igualitario-emancipadores contra la opresión femenina, tiene unas bases estructurales y sociohistóricas duraderas y específicas; y más allá de la convergencia en procesos democrático-populares, sujetos globales e identidades múltiples va a tener una fuerte autonomía e identificación propia, aunque sea un feminismo interseccional.

No se puede diluir en un proyecto difuso de exigencia de derechos indiferenciados. No se puede difuminar bajo un discurso posfeminista sin arraigo popular. El no-sujeto colectivo, el individualismo radical e irrealista, sea liberal o postmoderno, no tiene futuro. El gran sujeto esencialista, tampoco. La activación feminista, en el marco de una amplia corriente social de progreso, tiene unas bases sólidas.

El discurso postfeminista es ambiguo y tiene un carácter doble. Puede ser compatible con el feminismo si lo fortalece y añade un componente interseccional y unitario con otros procesos igualitario-emancipadores, en particular los movimientos LGTBI. Pero es contraproducente para el feminismo una interpretación que, en defensa de un supuesto sujeto superador, lo diluya, infravalorando su papel sociopolítico y cultural contra la desigualdad de género. Es el pretexto utilizado de forma sesgada por la corriente socioliberal y excluyente que pretende apropiarse del feminismo para neutralizar su capacidad transformadora e igualitaria y aislar a la tendencia popular y crítica, impulsora principal de la nueva ola feminista.

En definitiva, el feminismo ha demostrado una gran capacidad expresiva, democrática y solidaria. La tarea progresista es su refuerzo como sujeto autónomo, en convergencia con otros procesos igualitario-emancipadores, sin dejarse arrebatar la bandera simbólica y la acción transformadora por la igualdad y la libertad de las mujeres en cuanto grupo social subordinado.

 

[Antonio Antón es Profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro del Comité de Investigación de Sociología del género (FES). Autor del libro Identidades feministas y teoría crítica]

16/2/2021

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