El pasado nunca vuelve

Juan-Ramón Capella

No tengo una base analítica para afirmarlo. Pero me parece que la pandemia mundial de coronavirus, así como los brotes de otras enfermedades localizadamente pandémicas, que menudean sobre todo en los países más pobres, es una consecuencia de la tensión a la que somete a la naturaleza nuestra civilización tecnoindustrial. Puede verse la nota de R. Campderrich en este mismo número de mientras tanto.  Pero aunque no fuera así, la pandemia ha puesto de manifiesto el ansia de una parte de la población a volver a vivir como antes. Es la parte de la población que no puede vivir sin discotecas, sin botellones, sin viajes al quinto pino. La parte de la población más consumista, que pretende ignorar la pandemia o minimiza su importancia y no está dispuesta a cambiar de hábitos.

Si algo ha mostrado el confinamiento ha sido el silencio que se adueñó de las ciudades, volviéndolas repentinamente más vivibles desde algunos puntos de vista, cuando menos lo eran por ser espacios muy abiertos al contagio. O la ausencia de circenses de Estado y de mercado, como el fútbol: las emisoras de radio no nos asaltaban con locutores que anunciaban como neuróticos, a gritos, cualquier incidencia. El confinamiento nos enseñó por shock lo mal que estábamos viviendo antes del confinamiento. En el plano político, la trivialidad de la confrontación parlamentaria elevó el insoportable tono agrio y la mendacidad de esos profesionales. La prensa y los noticiarios se convirtieron de repente en prescindibles, al limitarse a informaciones ya sabidas repetidas hasta la saciedad. El viento de la pandemia se llevó como un tornado una de las principales ramas de la economía española, la turística, que jamás volverá a ser lo que fue.  El apresuramiento en reponer el fútbol es una de las peores manifestaciones de la manipulación pública y mercantil de los ciudadanos.

El mundo se ha vuelto muy cruel, espantosamente cruel, con los más débiles. Los inmigrantes, dejados de la mano de las instituciones que deberían protegerlos; inmigrantes necesarios en tantas tareas agrarias y de cuidados; inmigrantes que naufragan en pateras en todo el Mediterráneo, huyendo de las hambrunas y sobre todo de las guerras, que topan con nuestras inicuas legislaciones ante la indiferencia cuando no el aplauso de la mayoría, que cree que no deben ser tratados decentemente porque entonces vendrían más. O los ancianos de las residencias públicas y privadas, que han muerto como moscas al omitirse las medidas profilácticas y hospitalarias a las que tenían tanto derecho como los ciudadanos productivos.

La sociedad española no ha aprendido nada todavía. ¿Creen que con meros ertes se va a reactivar la economía? ¿Que la industria automotriz española va a recuperar los niveles del año pasado? ¿Que la seguridad pública no peligra al extenderse la desesperación? ¿Que se puede amansar a la opinión a base de fútbol y noticias de la NBA que ninguna falta nos hacen? ¿Que la falta de ingresos no va a determinar desahucios? ¿Que el gasto público puede mantenerse indefinidamente mediante el endeudamiento y sin exigir impuestos fuertes a quienes los pueden pagar?

¿Qué va a pasar con las personas dependientes? ¿Con sus cuidadores? ¿Qué le va a ocurrir al sistema de enseñanza, cuando la educación primaria es vista como un aparcamiento para niños, la secundaria está pendiente de reformar desde hace mucho, y la universitaria, cuando no produce graduados que ejercerán en el extranjero, se hunde irremediablemente?

La crisis económica manifestada en 2008 significó el sacrificio de toda una generación de personas jóvenes, a las que les quedó vedado el acceso al empleo para el que se habían preparado y que bastante le había costado también al erario público. Una generación perdida, como si la hubiera alcanzado una guerra, un bombardeo. Ahora el capitalismo español, el de las ganancias invertidas en el extranjero, el que hace grandes obras públicas en todo el mundo, se dispone a sacrificar a otra generación de jóvenes y a dar por inútiles a muchas personas mayores en plena capacidad para trabajar.

Es necesario que le sea impuesto a las instituciones un gran plan de renovación ecológico-social de la economía. Es una imperiosa necesidad. Un plan para lograr una agricultura eficiente a la que unas cadenas de distribución controladas permitan capitalizarse y mejorar. Una decisión básica en política energética, basada en energías renovables sin trabas administrativas de ningún tipo para su implantación incluso en pequeñas unidades industriales o de vivienda. Un replanteamiento de una oferta turística no estacional ni masiva, orientándola hacia la riqueza cultural del país. Y decisiones para sectores poblacionales especiales: los valles asturianos, por ejemplo, en los que los aún propietarios de las paradas minas hacen como el perro del hortelano: ni renuevan ni dejan renovar.

Todo eso exige un cambio en profundidad de ciertos aparatos del Estado, como el judicial, donde las conductas corporativas o políticas deben ser extirpadas y el sistema judicial dotado de medios: policía judicial propia, fiscalía independiente del gobierno, Consejo Gral. del Poder Judicial no dependiente de los partidos políticos. Y también del aparato militar: un replanteamiento de las amenazas plausibles sobre nuestra sociedad y de los medios de hacerles frente. O sea, un ejército fundamentalmente tecnológico frente a las amenazas externas y de auxilio para los desastres internos, que no se meta en camisas de once varas exteriores.

La novedad de la situación no permite a los ciudadanos pensar sólo en la política parlamentaria; e incluso en ésta ya no es posible votar según tradiciones sino ante proyectos y propuestas reales y creíbles. Y además de votar la ciudadanía ha de organizarse para la autoayuda, para las cuestiones de proximidad. Pues nunca como en lo que viene va a ser necesaria la solidaridad social voluntaria.

26/8/2020

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