Semanas con las escuelas cerradas. ¿Y ahora qué?

Aspectos emocionales en tiempos de incertidumbre

Joan M. Girona

El confinamiento se acabará y probablemente volveremos a lo que llamamos la normalidad. Una normalidad de desigualdades y que continúa destrozando el planeta. Una normalidad causante de la situación que estamos viviendo. Las semanas que hemos estado confinados han producido unas vivencias no experimentadas con anterioridad. Todo el mundo no habrá pasado el confinamiento de la misma manera, porque tenemos sensaciones y condiciones sociales muy diferentes.

Uno de los aspectos más impactantes habrá sido el hecho de tener las escuelas cerradas. Niños y adolescentes han estado muchos días sin ir. ¿Qué haremos cuando vuelvan? ¿Cómo será el próximo curso, en septiembre?

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I. Faltan pocas semanas para que se acabe formalmente el curso académico, después de un tercer trimestre atípico. Es importante que se prevea un fin de curso presencial. Niños y adolescentes y su profesorado necesitan verse frente a frente para dar por acabado el curso; necesitan unos momentos de reencuentro de los grupos clase, de los compañeros y compañeras entre ellos y con sus tutores o tutoras. Unas y otros lo necesitan. No sería bueno para nadie acabar el curso de manera telemática. Despedirnos sin vernos de cerca. Se pueden organizar los encuentros sin poner en peligro a ninguna persona; hay tiempo y espacios para hacerlo de manera escalonada. Es importante la despedida, el duelo de acabar un curso, el duelo de dejar el centro una temporada o definitivamente (sextos de primaria y cuartos de ESO, por ejemplo). Como educadores, como sus adultos de referencia, debemos evitar que acabe junio sin haber hecho ningún acto presencial. Habitualmente el fin de un curso académico ha sido un momento significativo. Por eso en los centros se organizan actos y ceremonias los últimos días. Y las familias colaboran en preparar las fiestas finales de 6º de primaria, 4º de ESO o 2º de Bachillerato. Y el profesorado acostumbra a encontrarse de manera festiva (cenas, salidas...).

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II. Segunda tarea importante: preparar el tiempo de vacaciones. Con la crisis del covid hemos aprendido que debemos enseñar (y educar) de otras maneras, nos debemos fijar en todo aquello que educa a nuestro alumnado. El ocio para niños y adolescentes es quizás el espacio y el tiempo más educativo que tenemos entre manos. Tiempo amplio para jugar, tiempo libre para compartir con compañeros y compañeras. Desde los centros escolares no le damos la importancia capital que representa. De cara a las vacaciones, debemos animarlos a que disfruten de su tiempo libre, vínculos, juegos, naturaleza, deportes...

Debemos darles ideas para aprovechar lo mejor posible estos días y semanas; y no para hacer deberes en el sentido habitual que tiene, todavía hoy, esta expresión. Del mismo modo que en las semanas de confinamiento han y hemos aprendido muchas cosas útiles para la vida y la convivencia, el final de curso, las vacaciones y el inicio del nuevo deben estar en la misma línea.

¡Alerta! También hemos aprendido que no todo el mundo tiene las mismas posibilidades ni las mismas condiciones educativas (familia, escuela, ocio, entorno...). Hay que velar para evitar que las desigualdades continúen aumentando. Y hay que ayudar, en primer lugar, a niños y adolescentes que tienen carencias en su vida diaria, que no tienen cubiertas totalmente sus necesidades básicas: comida, vivienda, cuidado amoroso. Criaturas que viven en infraviviendas, que están en centros o familias de acogida, que no tienen referentes adultos... Unos colectivos que deben tener prioridad absoluta en los turnos de colonias, albergues, campamentos, colonias de verano... que se organicen (¡se debe hacer!), utilizando todos los equipamientos existentes. Incluyendo, ¡claro!, los centros escolares de primaria y secundaria, públicos o privados.

Hay que remarcar adecuadamente la tarea de los educadores sociales. Los vínculos también se establecen más allá de los centros escolares. Inciden (¡y mucho!), las entidades, las asociaciones, los diferentes servicios sociales... las y los educadoras del tiempo libre, los educadores y educadoras que atienden desde la calle y alargan el papel de la escuela, facilitando las relaciones y la socialización en plan de igualdad.

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III. Preparar el nuevo curso. Habrá que tener en cuenta el papel de la escuela más allá de los aprendizajes. Preparar bien el nuevo curso, empiece cuando empiece y de la manera que sea, porque nos encontraremos que las semanas de cierre, la ruptura de la relación con compañeros y compañeras de escuela, pueden haber provocado trastornos mentales a niños y adolescentes. El refuerzo de los vínculos debe ir orientado en primer lugar a una correcta acogida, a una elaboración de los duelos, de los miedos y angustias sufridos durante el confinamiento; de la añoranza de compañeros y de las maestras y del espacio escolar (sobre todo si no se ha podido despedir el curso de manera presencial en junio); a una recuperación de la confianza. Si a lo largo de las vacaciones han podido estar atendidos emocionalmente en centros, casas de colonias, albergues... será menos difícil ayudarlos, por eso debemos velar, antes de acabar el curso, porque TODO EL MUNDO pueda acceder a un centro durante un par de semanas como mínimo.

Lo más importante será reforzar los vínculos: y por tanto, conocer al alumnado y a sus familias para poder hacer un acompañamiento necesario para los aprendizajes. Diría que se ha evidenciado una carencia de conocimiento por parte de algunos docentes. En mi época, en los barrios de la Mina y del campo de la Bota (los años setenta-ochenta del siglo pasado), íbamos a las casas para entregar los informes de cada curso. Eran unas visitas muy bien recibidas por las familias y por el alumnado. Hoy no se hace tal cosa, pero sí es necesario conocer cómo son y cómo viven los niños y niñas que tenemos en las aulas.

En este aspecto (y en otros) es clave la tutoría. La relación del adulto con el niño o adolescente al que se quiere ayudar a aprender. Tenemos un pequeño o gran problema: la cantidad de alumnos en cada grupo. Además de reivindicar la disminución de ratios, deberíamos considerar que corresponde a todo el claustro la acción tutorial. En primaria la presencia del tutor o tutora es prácticamente constante a lo largo del horario escolar, lo cual facilita la relación y el conocimiento de la situación de cada criatura. En secundaria la organización que todavía se lleva a cabo en muchos institutos lo dificulta. Por eso unos cuantos centros han adoptado una estrategia que implica a todos los miembros del claustro de profesores. A cada cual le corresponde, en consecuencia, un número más reducido que el grupo de clase entero. Eso permite un seguimiento más cuidadoso y una mayor facilidad de relación con las familias, que con treinta personas se hace un tanto difícil. El contacto asiduo con las familias es uno de los elementos de una buena acción tutorial. En estos centros todos los docentes son tutores: desde la directora a la última persona que se ha incorporado al claustro.

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El curso que se avecina será especial, hoy por hoy lleno de interrogantes. La escuela presencial es imprescindible. Los miedos al contagio implicarán medidas adicionales. Algunas de las anunciadas, mantener las distancias, imposibilidad de trabajar en grupo, turnos... no parecen muy adecuadas a lo que necesitan las criaturas y los adolescentes. Apostaría por controles sanitarios previos a todas las personas que han de convivir en el centro escolar y vigilancia diaria de temperaturas, por ejemplo (algo semejante a cómo van a jugar los deportistas de élite). Y así las actividades escolares podrían hacerse con mayor tranquilidad y facilitar las relaciones imprescindibles para una buena escolarización. Se deberían utilizar todos los espacios existentes en los propios centros pero también los existentes en las proximidades: bibliotecas, centros cívicos, locales deportivos… En otro orden de cosas estas necesidades están visibilizando la escasez histórica de inversiones en edificios y personas en todo el sistema escolar de nuestro país.

Temo que los miedos que se han generado debido a las contradicciones de los gobiernos, autonómicos y central, y a los protocolos establecidos, con sus lógicos errores, provocarán absentismo el próximo septiembre. Sobre todo por parte de las familias de los dos extremos de la escala social. Aquellas que disponen de tiempo o de ayuda pagada para cuidar a sus hijos e hijas y aquellas que, en situación de riesgo social, desconfían de lo que les puede ofrecer el centro escolar. Además es probable que aumenten las bajas médicas entre el personal docente y no docente que trabaja en escuelas e institutos.

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Si nos olvidamos un tanto del miedo al covid-19 podremos centrarnos en lo que debería preocuparnos de verdad. ¿Qué deberíamos hacer?

Ante todo no angustiarnos ni valorar que se ha perdido un curso o unos meses: habrán y habremos aprendido muchas cosas importantes para el futuro de todos. Y para ser consecuentes con lo que habremos vivido será necesario además de lo comentado anteriormente:

  • Continuar transformando y adaptando las metodologías que utilizamos para adecuarlas a la realidad: más herramientas digitales, trabajar las materias globalmente, hacer actividades en grupo y en colaboración, tareas de aprendizaje servicio...
  • Estar más convencidos de que hay que adaptarse a todos, sea cual sea su etnia, su clase ocial, su género. Todos y todas deben sentirse incluidos realmente en su centro escolar.
  • No prescindir del papel de los familiares. Es importante para los aprendizajes, lo habrá sido este tiempo de confinamiento. Desde los centros habrá que contar con sus aportaciones, su complicidad y su colaboración estrecha.
  • Tener muy en cuenta que se educa desde otros ámbitos además de la familia y la escuela, como también se ha hecho patente estas semanas. Deportes, centros recreativos, bibliotecas, espectáculos, juegos, asociaciones infantiles y juveniles... será importante establecer una coordinación periódica por el bien de niños y adolescentes. Los conocimientos de muchos educadores del tiempo libre pueden ayudar a los docentes en sus tareas académicas.
  • Y, sobre todo, cuando vuelvan a abrir los centros escolares, estar muy atentos a las situaciones emocionales del alumnado. Llegarán con su mochila llena con los recuerdos de lo vivido: miedos, angustias, alegrías, ilusiones, duelos... tendremos que ayudar a elaborar y revivir lo que habrán pasado para ayudarles a crecer y madurar sin miedo al futuro. Ayudarles a que puedan hablar, expresar lo que sienten, abrazarse o abrazarlos si les hace falta…
  • Recordar que somos iguales, que todas las personas tienen los mismos derechos y deberes; que debemos erradicar, de una vez por todas, el racismo que impera, el antigitanismo, por poner un ejemplo, que ha permitido acusar a comunidades gitanas de expandir o transmitir el coronavirus...
  • Reflexionar sobre la necesidad de ser solidarios: estas semanas de cierre hemos sido testigos de muchos actos solidarios, pero también de la insolidaridad, de la competitividad o la especulación, incluso en recursos sanitarios.
  • Pensar que la crisis del virus provocará un aumento del paro y de las situaciones de exclusión social, desahucios... Deberemos velar para que todas las familias tengan un plato en la mesa, una vivienda, una vida digna con salud y bienestar mental y físico.
  • Debatir sobre lo que ha pasado y por qué ha pasado; del futuro que nos espera si no se toman medidas serias para frenar el calentamiento global que provoca unas condiciones climáticas favorables a la aparición y expansión de virus cada vez más mortíferos.
  • Aumentar la democracia en los centros escolares, la participación efectiva de toda la comunidad escolar (familias, alumnado, profesorado, personal no docente), porque la sociedad postcoronavirus posiblemente se vuelva más autoritaria y menos democrática, y aumente la represión desde el poder.
  • Luchar para revertir los recortes. Ha quedado muy evidente, desgraciadamente, en la sanidad; con una sanidad pública sin recortes, habría disminuido el número de afectados y muertos. Con una enseñanza pública sin recortes habría más recursos humanos y materiales para incluir a todos, para adaptar los aprendizajes a las necesidades y capacidades de cada uno y cada una. Se ha demostrado la necesidad de disminuir las ratios; una petición de antaño que se hace más evidente hoy. Y la insuficiencia de espacios es otra reclamación hace años exigida.

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Epílogo: una reflexión. Que las muertes del coronavirus no nos hagan olvidar las continuas muertes, antes y después de la pandemia, de los migrantes ahogados en el mar, de los niños y adultos muertos de hambre, a causa de las diferentes guerras o por otras epidemias que afectan sólo a los países pobres... Más allá de las escuelas existe la realidad social que vivimos todos y todas, incluyendo los pequeños, que también son conscientes a su manera. Hace tiempo escribimos sobre cómo vivía el alumnado hechos graves como los atentados en París y en Barcelona. La pandemia que nos ha llegado (entre todos le hemos facilitado el camino de llegada) y que estará tiempo entre nosotros nos puede hacer revivir sensaciones y vivencias análogas a las que vivimos en agosto de 2012, después de haber sufrido el impacto de actos de terror fuera de nuestro país.

Entonces intentábamos analizar todo lo que implicaban aquellos hechos tan desgraciados. Causas y consecuencias, a nivel colectivo e individual, a nivel físico y mental, sociales, políticas, económicas y de convivencia. Deberíamos intentar hacerlo de nuevo ahora. La crisis está haciendo disminuir la calidad de vida de la mayoría de la población, está aumentando las desigualdades de todo tipo que ya teníamos (económicas, de género, por motivos de etnia, por diferentes capacidades...), está haciendo crecer ideologías autoritarias.

Decimos, y es cierto, que la educación puede cambiar y mejorar las situaciones. Pero entendiendo educación en sentido amplio: ocio, deportes, escuelas, familias, ciudades y pueblos...

 

[Joan M. Girona es maestro y psicopedagogo]

24/5/2020

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