Sobre tuits y mascarillas o las leyes fundamentales de la estupidez humana

José María Camblor

Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad,y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón.

Carlo M. Cipolla

Sabíamos que las situaciones críticas —como los tiempos de pandemia— sacaban lo mejor y lo peor de las personas. Lo mejor, en este caso, lo hemos visto en los profesionales que han cargado sobre sus hombros la responsabilidad de que el mundo siga en marcha. En particular, el personal sanitario, que ha tenido que suplir con su esfuerzo y valentía las carencias materiales, fruto envenenado de los recortes practicados por el Estado y por algunas Comunidades Autónomas. Lo peor, claro, ha salido también a la superficie. Pero, en este caso, el extraordinario aumento registrado en el uso de las redes sociales durante el confinamiento nos ha dado un bofetón de realidad. Twitter ha levantado la tapa de la fosa séptica y ha sacado a la luz tanta miseria moral que a los más ingenuos entre nosotros nos ha hecho caer del guindo. La ignorancia y el odio estaban muchísimo más extendidos entre la población de lo que cándidamente imaginábamos. Ocurre con esto un poco como con el virus, que, al estar escondido en las personas, a simple vista es indetectable. En esta analogía, Twitter haría el papel de la prueba serológica. Y es que, entre los incontables defectos de esta red social, puede encontrarse alguna que otra virtud, por ejemplo, su capacidad de visibilizar la verdadera cara de la gente. En momentos de confusión o incertidumbre, es natural que uno suelte cualquier barbaridad que le llegue a la boca para desahogarse. Pero lo que antes sucedía en privado (con amigos, en casa o en un bar), ahora es público y tiene consecuencias. La antigua virtud de la epojé, la suspensión del juicio (al menos temporalmente hasta disponer de elementos que permitan formular una opinión razonable y razonada) ha sido sustituida por la necesidad compulsiva de vomitar lo primero que nos pasa por la cabeza. Y, como no podía ser de otra forma, la COVID-19 ha disparado el porcentaje de incoherencias y ponzoña por tuit emitido. Para seguir con la analogía sanitaria, es como si Twitter hiciera desaparecer los filtros, como si nos arrancara la mascarilla de civismo que nos imponemos en las distancias cortas, dejando libre al monstruo que, por lo que se puede ver, todos llevamos dentro. Este estado de cosas me ha traído a la memoria un texto muy original de Carlo M. Cipolla, que, además de entretenido, puede resultar esclarecedor en este momento de transformaciones vertiginosas: Las leyes fundamentales de la estupidez humana.

Nos cuenta Cipolla en este ensayito que todas las especies de animales tienen que cargar con su dosis de adversidades cotidianas, pero, entre todas ellas, la especie humana debe cargar con un peso añadido: las personas estúpidas. En este texto tan sorprendente como divertido, Cipolla construye una teoría sobre la estupidez humana llena de ironía y cierto punto de resignación. Según él, existen unas leyes incontestables que se pueden aplicar a toda sociedad y que explican algunas de las dificultades con que éstas se encuentran para prosperar. Por estas leyes sabemos, por ejemplo, que siempre subestimaremos el número de estúpidos que hay en la sociedad; que la estupidez no es algo que se adquiera, sino que uno puede ser estúpido igual que tiene el cabello rubio; y que cualquiera puede ser estúpido independientemente de su raza, clase social, sexo u otra condición. Los estúpidos están muy bien repartidos: se cuentan en igual proporción entre los premios Nobel, los zapateros, los ingenieros o los bedeles.

Cipolla pergeña una teoría de la sociedad a la manera del utilitarismo clásico según la cual los actos individuales componen el resultado final en términos de bienestar social. Cada uno de nosotros, nos dice, como miembro de la sociedad, tiene una especie de cuenta corriente con cada uno de los demás, ya que cualquier acción u omisión nuestra va a ocasionar una ganancia o una pérdida a otro. Teniendo esto en cuenta, el autor divide la sociedad en cuatro categorías fundamentales de individuos: los inteligentes, los malvados, los incautos y los estúpidos. Los inteligentes son aquellos cuyos actos son beneficiosos para ellos y también para los demás. Los malvados, al actuar, se benefician a sí mismos y causan un perjuicio a otros. Los incautos actúan en beneficio de terceros, pero causándose a sí mismos una pérdida. Y, por último, están los más sorprendentes de todos: los estúpidos. Aquellos que causan un daño a los demás sin obtener un provecho para sí. Si bien es verdad que la gente no actúa siempre de manera coherente y, por ejemplo, una persona inteligente puede tender en ocasiones a la maldad o a pecar de incauta, existe una excepción a esta regla según Cipolla: los estúpidos actúan siempre de manera coherente con su estupidez.

El problema básico de los estúpidos, que es lo que los convierte en la categoría más peligrosa de individuos —incluso más que los malvados—, es que son impredecibles. Una persona inteligente puede entender la lógica del malvado y prever sus acciones, pero ante la actuación irracional de un estúpido todo el mundo está indefenso. En palabras de Cipolla: “nadie sabe por qué esa absurda criatura hace lo que hace”. De hecho, hay una subclase de los estúpidos —los superestúpidos— cuyos miembros no solo causan un perjuicio a otras personas sin obtener ganancia alguna, sino que también se lo causan a sí mismos. Como la frecuencia de la estupidez está tan bien repartida entre la población, uno puede encontrar estúpidos en cualquier lugar: en el Gobierno, en la Judicatura, en el Ejército, entre el Clero... Esto es particularmente peligroso porque la capacidad de hacer daño de un estúpido está directamente asociada al poder que tenga. Y por si alguno se pregunta por qué consiguen llegar los estúpidos al poder en una democracia, Cipolla nos ofrece una explicación más o menos convincente: como una fracción muy importante de votantes está compuesta por estúpidos, las elecciones les brindan a estos una magnífica oportunidad para perjudicar a todos los demás sin obtener ningún beneficio a cambio de su acción. Esto último a mí me parece que es de lo más actual.

Con independencia de que estemos de acuerdo con la clasificación de los individuos que hace Cipolla (como el denominar “incauto” a quien causa un beneficio a otro en perjuicio propio, en vez de llamarlo, por ejemplo, “solidario”) o con sus leyes (que no hay que olvidar que están cargadas de ironía), no es difícil darse cuenta de que la lectura de este libro, que ya tiene más de treinta años, nos remite a cosas que están ocurriendo ahora mismo. Por ejemplo, Cipolla dice que los miembros estúpidos de la sociedad se vuelven más activos por la actuación permisiva de los otros miembros. Esto podríamos ponerlo hoy en relación con el “sesgo de falso consenso”, es decir, la tendencia que tenemos a creer que nuestros valores y opiniones están más extendidos entre la gente de lo que realmente lo están. En las redes sociales (pero no solo allí) las voces razonables o los silencios quedan ahogados entre el vocerío de los que más “gritan”, dando la impresión de que las opiniones mayoritarias son aquellas que, en realidad, son únicamente las que más se visibilizan. Los tuiteros exaltados interpretan como aprobación el silencio de los más razonables y eso los lleva a reforzar sus exabruptos y necedades. Otro ejemplo de la vigencia de la teoría de Cipolla lo he ofrecido yo algo más arriba cuando decía que Twitter nos ha hecho caer a algunos del guindo. No estaba más que confirmando la primera ley cipolliana: siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.

Aquí cabe hacer una aclaración. ‘Estúpido’ puede utilizarse legítimamente en una obra irónica o con cierta intención humorística, pero en otros contextos, la cosa suele ser más compleja. En realidad, los psicólogos nos enseñan que muchos de nuestros actos y opiniones están sesgados y obedecen al intento de resolver disonancias cognitivas de las que solemos ser víctimas inconscientes. Ninguno de nosotros estamos, pues, libres de caer en la categoría que Cipolla denomina “estúpido”. En ese sentido, es importante tener en cuenta que el uso que se haga aquí de ‘estúpido’ no es el corriente y que quizá se corresponda más con ‘irracional’. Además, más que calificar a una persona, lo que busca es calificar alguno de sus actos. Una vez aclarado esto, podemos seguir hablando de “estúpidos” como categoría cipolliana para referirnos, por ejemplo, a una variedad muy extendida en internet: los llamados trolls, personas que se dedican sistemáticamente a destruir los tuits de quienes no opinan como ellos sin dignarse ofrecer ningún argumento que justifique su posición; simplemente, insultan, amenazan o ridiculizan las posturas contrarias. O, peor aún, los trolls que no saben que lo son, aquellos que pretenden estar respondiendo de una manera inteligente e inapelable con los consabidos “zascas” y llenan el discurso público de falacias argumentativas soltadas más para la galería (“los suyos”) que para sus interlocutores. Todos estos participantes en la conversación cibernética entran en la categoría dibujada por Cipolla: no les importa más que el perjuicio que puedan ocasionar al otro con sus tuits envenenados, pues es dudoso que eso les procure a ellos alguna ganancia (más allá del efímero placer de escupir su rabia en las redes). No hay que confundir a estas personas con las que mienten exprofeso o utilizan bots para emitir posverdad. Estas personas que buscan un rédito electoral (es decir, un beneficio propio) caerían dentro de la categoría cipolliana de los “malvados” (aquellos que dañan por una ganancia). Por supuesto, aunque Cipolla considere a los “estúpidos” como una categoría aparte y casi platónica, en realidad, las categorías no son compartimentos estancos y alguien, al actuar, puede entrar en varias categorías a la vez.

La de los malvados —qué duda cabe— es una categoría indeseable. Pero la más preocupante es la de los “estúpidos”, en la que —insisto— todos caemos en alguna ocasión (si bien hay algunos que no pueden evitar hacerlo sistemáticamente). Y es preocupante porque, como advierte Cipolla, está muy extendida. Recordemos que los estúpidos cipollianos no actúan con malicia: sus actos no esconden una segunda intención. La categoría describe a personas que pueden actuar de buena fe o incluso llenas de indignación al estar firmemente convencidas de que se les ha infligido injustamente cualquier mal real o imaginario. Un mal que, para los más exaltados, ha cambiado para siempre el futuro. Cualquier acción —poco importa que sea buena o mala— que realicen los reos de ese pecado original (tener una ideología, pertenecer a un grupo étnico, a una religión, a un equipo de fútbol, etc.) nace contaminada y, por ello, es automáticamente condenable. Los ataques sistemáticos a todos y cada uno de los actos del Gobierno en esta crisis, sin tener en cuenta el acierto o el error de los mismos en cada caso concreto, son un ejemplo claro de esto. Normalmente, esa convicción de ser una víctima del otro no tiene tanto que ver con la falta de inteligencia como con el marco cultural, social o geográfico en el que se ha crecido. Muchos recordarán a aquel youtuber que proclamaba soliviantado que él ya sabía que los políticos robaban, pero que a él solo le robaba quien él decidía: a mí solo me roban “los míos”. Este tipo de razonamientos son los que caracterizan a los “estúpidos” de Cipolla. Se trata de razonamientos que, de hecho, no lo son, sino todo lo contrario. Una lógica así, imprevisible e incomprensible, podemos encontrarla —según confirman los tuits— en todas partes y, al igual que los estúpidos cipollianos, está igualitariamente repartida entre clases sociales, sexo, ideología, procedencia geográfica, etc. Ese “los míos” puede sustituirse por “los de mi partido”, “los de mi nación”, “mis compañeros de activismo”, etc. Solo hay que rellenar el campo según cada caso. Los “otros” están condenados de antemano: hagan lo que hagan, la sentencia en forma de tuit está servida. El problema básico es que, al igual que ocurre con las mascarillas para el virus, para detener la degradación del discurso público sería necesario que fuéramos capaces de poner filtros a nuestras opiniones espontáneas. Pero, por desgracia, en Twitter cada vez es más infrecuente el uso de mascarilla.

No sé hasta qué punto las categorías de Cipolla y su teoría sobre la estupidez humana son aplicables al momento que estamos viviendo o no, así que el lector que quiera averiguarlo deberá leer su texto y decidir por sí mismo. Tal vez no extraiga de su lectura estos paralelismos que yo he encontrado, pero, por lo menos, obtendrá un poco de diversión, que, en estos tiempos que corren, buena falta nos hace a todos.

24/4/2020

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