El coronavirus no es igual para todo el mundo

Joan M. Girona

Tenemos los centros escolares cerrados y nos dicen que no podemos salir de casa a pasear con las criaturas, pero podemos ir a trabajar usando el transporte público y encontrarnos con muchas personas a la vez. ¿Es una medida eficaz? ¿Por qué no se actúa como en Corea del Sur donde no hay confinamientos pero se hacen las pruebas a todo el mundo? Cada persona que va a trabajar pone en riesgo a toda su familia, a toda la gente con quien convive. No sé si es la mejor medida para evitar el colapso de los centros sanitarios. Parece que no se atreven a poner en cuestión las ganancias de los empresarios: a los trabajadores toca sufrir todas las consecuencias. Esperaríamos medidas más favorables a la mayoría de la población que ve peligrar su puesto de trabajo y tiene que continuar pagando alquileres, hipotecas, agua, luz, gas...

Querría comentar lo que nos toca más de cerca a los docentes. Ante el confinamiento en casa muchos educadores se están escribiendo e ideando alternativas para las familias que tienen que estar con sus hijos e hijas sin poder salir durante, como mínimo, quince días. Son alternativas interesantes y útiles. ¿Para todo el mundo? ¿O sólo para las clases medias de nuestra sociedad?

Recordando mis años de trabajo en escuelas e institutos no puedo olvidar aquellas familias que viven en viviendas de 40 metros cuadrados, en pisos donde conviven dos o más familias juntas, en aquellas madres solas con criaturas que están realquiladas en una habitación, en quien no tiene techo donde guarecerse, en quien vive en una barraca... ¿Cómo pueden hacer de manera sana el periodo de confinamiento? Todo este abanico de situaciones reales alcanza una parte muy importante de la población catalana. Las clases sociales siempre están presentes.

Sigo pensando: se producen episodios de acaparamiento de productos, son efectos colaterales del confinamiento. Hay colas en los supermercados, peleas, nervios, discusiones… Hay miedos, desconfianza con las instituciones, con una parte importante de las personas que nos gobiernan, con una clase dirigente que antes que nada defiende sus intereses económicos y a quienes no importa la situación ni la salud de los más débiles. El confinamiento en las condiciones que he expuesto provoca más agresividad, más nervios, discusiones intrafamiliares que se transmiten al exterior. Los adultos pueden tener sentimientos de culpa si han dejado, casi a la fuerza, salir a sus criaturas o adolescentes ante la imposibilidad de contenerlas o contenerse entre todos los miembros del grupo familiar. Se pueden sentir culpables de no proteger como es debido a sus niños.

Las pérdidas de horas de clase no son preocupantes para los aprendizajes en la enseñanza obligatoria pero también hay aquí las diferencias de clase social. Familias que pueden ayudar o animar a seguir leyendo, trabajando, investigando… y familias que no tienen ni las capacidades ni los recursos para hacerlo. La desigualdad social mantiene y aumenta las desigualdades de acceso a los aprendizajes. No todo el mundo tiene acceso adecuado a las tecnologías digitales.

¿Qué haremos cuando se vuelva a la normalidad? Diría que debemos tener en cuenta las grandes diferencias de cómo habrá vivido este tiempo nuestro alumnado. Cada niño o niña, cada chico o chica habrá vivido una experiencia diferente. Llevará en su mochila vivencias agradables o desagradables, volverá contento porque habrá acabado el confinamiento (esto, la inmensa mayoría), pero se notarán diferencias en los estados anímicos. Unos habrán sufrido más unos que otros. Los miedos, las angustias, las desilusiones, se repartirán desigualmente según la realidad social de las familias, según el tipo de vivienda donde se haya estado encerrads, según la alimentación que se habrá podido lograr, según las incertidumbres de los adultos de la familia (pérdida del trabajo, de ingresos regulares, miedo a desahucio...). La salud mental de todo el mundo se resentirá, y la de los más vulnerables todavía más.

También habrán podido descubrir la capacidad de solidaridad que tenemos las personas viendo las actitudes de ayuda mutua que se dan, viendo las iniciativas para mejorar la convivencia a pesar de las condiciones desfavorables. Quizás podremos comentar que ha disminuido la contaminación, que hemos sido menos competitivos, que no necesitamos tenerlo todo para vivir, que no siempre impera la ley de la selva entre las personas humanas, que hemos hecho frente a los miedos...

Todo esto lo conlleva la llamada pandemia del coronavirus. Su repercusión es más grave que la estrictamente sanitaria o epidemiológica. Si la gripe española (se denominó así a pesar de tener poca incidencia en España) mató millones de personas no fue por la agresividad del virus, fue por las condiciones de vida de aquellos años de la gran guerra europea. La crisis que vivimos también tendrá consecuencias. Quizás se conseguirá que tengamos miedo a un virus nuevo y desconocido. El miedo sirve a los poderosos para muchas cosas: porque no pensamos por nosotros mismos; porque vemos a los vecinos, a las otras personas, como enemigas; para buscar soluciones o alternativas milagrosas, incluso esotéricas. Nos hace perder confianza en nosotros mismos y en las personas próximas, nos hace más dependientes y con menos capacidad de resiliencia.

La situación económica se resentirá: los pobres serán más pobres y los ricos aumentarán sus ganancias como en la crisis de 2008. El estado de alarma está alarmando de manera innecesaria en la población. Pero como hemos escrito más arriba, podemos hacer frente al miedo con la solidaridad.

De todo esto tendremos que hablar con nuestro alumnado cuando lo reencontremos en las aulas. De todo esto podemos reflexionar desde casa mientras nos mantengan encerrados.

 

[Joan M Girona es maestro y psicopedagogo]



28/3/2020

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