Lolo Semwá

Anotaciones al margen de la ley

 

El primer domingo en estado de alarma salí a comprar el periódico. En pareja. Viviendo al límite. Contra el sistema, como Bonnie y Clyde, como Thelma y Louise, como Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos. No contentos con transgredir el real decreto durante 100 metros, caminamos cinco más para ir a la pastelería del barrio a adquirir por última vez productos que se convierten en primera necesidad ante la perspectiva de que el confinamiento se alargue más de lo que un cerebro falto de dopamina puede afrontar. Así soy: me gusta sentirme un forajido, estar al margen de la ley. Por lo menos a dos metros de distancia de ella, tal y como indican las autoridades sanitarias.

La verdad es que nunca antes me había encontrado en un estado de alarma, de manera que he tardado un poco en tener claras las reglas. Por lo que parece, no he sido el único. Tal y como esto arrancó, cualquiera diría que estábamos ante una nueva implantación de Madrid Central o de la Zona de Bajas Emisiones de Barcelona: primero un período de prueba y mentalización ciudadana, después las sanciones. Ay, si el dictador levantara la cabeza doblemente enterrada… Pero que nadie se preocupe, que en este país aprendemos rápido. Dos semanas después, se sanciona como si no hubiera un mañana. Por ejemplo, te puede caer una denuncia por ir a la farmacia sin receta (caso basado en hechos muy reales), lo que deja en manos del agente de turno la decisión sobre si un producto farmacéutico es o no necesario para tu bienestar personal. A tenor de cómo se están poniendo las cosas, hay policías que en breve (si no lo han hecho ya) se arrogarán el derecho a limitar la vida sexual de la ciudadanía confinada a la que se le haya ocurrido quedarse sin preservativos en domingo. Confinamiento sí, pero casto, que a ver quién se pasa por el CAP a pedir la píldora del día después sin sentir que la apuntan con el dedo por saturar los servicios de salud. Si la arbitrariedad policial va in crescendo, el “Fuera rosarios de nuestros ovarios” se va a quedar corto.

De hecho tiemblo cuando pienso que un guardia me puede poner una “receta” cuando se me acabe el paracetamol con el que sobrellevo los dolores de cabeza que me despiertan las caceroladas de las 20h. Que se suponen que eran aplausos, y no sé cómo será en otros barrios, pero en el mío —en Barcelona— a las 19:59 empiezan a sonar las ollas, los martillazos en las barandillas y hasta petardos, alcanzando cotas sonoras similares a las de una batukada tecno-makinera, mientras por las ventanas se contraprograman proclamas según las afinidades ideológicas y las convocatorias que se estén secundando. El pareado “puta España/“viva España” gana enteros para convertirse en el himno del barrio confinado, y el barrio confinado gana enteros para convertirse en la versión orfeón de Pimpinela. Ya lo avisé, el placer que dan los subidones de dopamina van a ser clave para sobrellevar el encierro, y de momento se van perfilando dos formas públicas de aumentarla. La primera son los mencionados aplausos de las 20h. Muy solidarios y muy homenajeantes, sí, pero sobre todo un espléndido desahogo, y más aún si le metes una cuchara de palo, una sartén y cuatro berridas. Que yo lo hice para amenizar el discurso del rey, aunque fuera a las 21h (siempre a contracorriente), y me quedé como una seda.

La otra forma es la delación balconil, que, por lo que se ve, se está convirtiendo en el vicio de moda. Porque ahora que la gente ya se ha enterado de que el estado de alarma va de restricciones de derechos, hay quien también quiere jugar. Nada más emocionante y adictivo que activar nuestro lado Gestapo y ponerse a controlar a quienes se atrevan a pasar por la calle cuando las autoridades han dicho que te tienes que quedar en casa. Una vez identificados los comportamientos que el/la balconista considera peligrosos para el Estado, viene la parte buena: pasar a la acción. Insultos, lanzamiento de cosas, delaciones. Que sí, que en el fondo a mucha gente le encanta sancionar, casi tanto como criticar, al menos en este país lleno de opinadores/as y entrenadores/as de fútbol, a quienes ahora hay que sumar unos especímenes florecientes: los seguratas. Como les dejen, las fuerzas del orden podrán confinarse tranquilamente en sus casas, que ya está el pueblo para linchar.

Es lo que tiene que te vendan un estado de alarma con un discurso que apela a la guerra y pretende hacerte sentir parte de un ejército: que el personal se lo toma muy a pecho. Tal vez si la estrategia gubernamental de comunicación hubiera incidido más en la solidaridad y en los cuidados se habría puesto alerta nuestro “yo” responsable, en lugar del autoritario. O tal vez habría dado igual. A lo mejor hay gentes tan bien adiestradas para obedecer ciegamente en su vida civil que lo suyo es un caso perdido, porque solo les sube la adrenalina en la presunta batalla contra enemigos microscópicos. Más vale que apaguen el estado de alarma y sigan durmiendo.

30/3/2020

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