¿Nos jugamos el futuro a la ruleta rusa?

Joan M. Girona

La ruleta rusa era un tema recurrente en películas y novelas. Era impactante leer o contemplar como algunas personas se jugaban la vida: un juego algo inhumano. Una ruleta quizás, sólo quizás, menos inhumana se juega hoy en los casinos... no se juegan la vida pero con mucha probabilidad sí se juegan el futuro inmediato. Y la ruleta con todos los elementos del casino ha llegado a las casas, ha llegado bien cerca, a un clic del móvil o la tableta. Hace unos meses que se ha empezado a hablar del aumento exponencial de los juegos de azar. Con las tecnologías digitales puedes jugar desde el móvil como si estuvieras en un casino. Puedes ganar y perder dinero sin moverte de la silla o de la cama. Puedes ser dependiente de los juegos sin salir de casa.

El tema de los juegos de azar y de las loterías hace muchos años que está presente. Todos los gobiernos utilizan las loterías para recaudar dinero. Los beneficios de la lotería van a parar, supuestamente, a gastos sociales. Sería interesante conocer cómo se reparten, conocer qué gasto social se ha beneficiado.

Las loterías sirven para dar una pequeña esperanza de mejorar la situación de manera milagrosa. Sin esfuerzo, esperando que la suerte, la divinidad, el azar sea favorable. Se hace toda una liturgia. La lotería de Navidad es un elemento más de las fiestas navideñas. Se ha situado a la par que los regalos, las cenas, los encuentros familiares..., han conseguido que forme parte del paisaje navideño.

Bastantes personas, mayores y jóvenes, viven inmersas en los juegos de azar (varias loterías autonómicas y estatales, diarias o semanales, quinielas, apuestas,..) Nos hemos acostumbrado a vivir en medio de todas ellas; las tómbolas de las fiestas mayores y populares de los barrios; los sorteos para recoger dinero para un viaje escolar; para ir de colonias... Lo vivimos como un elemento que apacigua un poco las angustias de la crisis. Quizás por eso el gasto en loterías aumenta cuando las situaciones económicas de las familias son bajas, aunque parezca una paradoja.

Diría que con el juego en línea hemos traspasado otra línea roja. Ya no hay que salir de casa, no hay que comprar números, es más fácil que las máquinas tragaperras que hasta no hace mucho estaban muy de moda (y todavía continúan). La propaganda es repetitiva en los medios y en las redes. Es muy grave que unos personajes con cierta fama la utilicen para animar a participar de los juegos. Se está intentando normalizar algo que es anormal, que no favorece la convivencia ni la relación, que está en contra de la colaboración y la ayuda entre amigos y vecinos.

El juego en sí y el juego en línea en particular son especialmente graves. Se está haciendo mucho daño a adolescentes. ¿Por qué el juego?

Podemos pensar que es una manera de desmotivar a la gente joven ahora que se despierta, por ejemplo, la lucha contra el cambio climático. A las clases dominantes interesa que la gente joven se distraiga. En otros contextos y momentos lo fue la droga que se repartió masivamente para frenar luchas juveniles. Hay que conseguir que se olvide la catástrofe climática del Mar menor, en Murcia; o lo que ocurre en las luchas en Ecuador, en Chile, en Bolivia; las matanzas de kurdos en Siria y Turquía; las refugiadas ahogadas en el mar; los desahucios diarios en nuestro país, al lado de nuestras viviendas; los plásticos que llenan los mares y llegan a nuestro organismo a través de lo que comemos... jugando on line dentro de casa no pensaremos en nada de esto.

El juego va en contra de la autonomía personal, en contra de fomentar las capacidades que tenemos y a favor de ser competitivos... Va a favor de la insolidaridad. Todo aquello que intentamos inculcar desde las escuelas son valores que pueden quedar ahogados por el juego. En la vida diaria y familiar aumentarán las dolencias, las situaciones de ansiedad, las angustias... los suicidios. Quizás merece un comentario explícito. Hemos dicho que con el juego no nos jugamos la vida pero diría que no es del todo cierto. El suicidio es hoy la primera causa de muerte entre la juventud. Angustias insuperables, falta de estimación, de autoestima, de perspectivas de futuro... pueden animar a suicidarse. ¡Cuántos de estos síntomas se acercan a los síntomas del jugador enganchado! Hasta ahora se evitaba hablar del suicidio porque se creía erróneamente que hablando aumentaba el riesgo. Esto mismo se decía cuando empezamos a hablar de drogas en los centros escolares. La mejor manera de prevenir cualquier riesgo es hablar abiertamente con cuidado y tranquilidad. La mejor manera de prever los riesgos asociados al juego es hablar. ¿Lo hacemos en los centros escolares? ¿Lo tenemos en cuenta? ¿Somos conscientes de la nueva situación peligrosa que vive nuestro alumnado?

Importan mucho los intereses crematísticos de las empresas, los intereses para ganar más y más y, a la vez (no menos importante), distraer a las personas para evitar que vivan la realidad y luchen por cambiarla. Distraerlas porque piensen en soluciones mágicas y que dependen de otros, que dependen de parámetros no controlables... Una distracción que ayuda a hacer una sociedad alienada, que acepta acríticamente todo aquello que se le dice. Las personas que están enganchadas al juego se desresponsabilizan: ganan o pierden sin sentirse responsables, será fácil extrapolar este sentimiento al resto de las actuaciones de su vida. Será fácil que hagan caso de las propagandas, de las indicaciones de los grandes controladores actuales de nuestra vida. Google, Facebook... nos están diciendo o aconsejando lo que debemos hacer, qué comer, qué comprar, cómo pasar el tiempo libre... el juego aparece en medio como un elemento de gran importancia dentro del modelo que nos quieren imponer y parece que poco a poco lo están consiguiendo. Podríamos decir que el juego, las apuestas, se están, día a día, convirtiendo en una de las adicciones graves del siglo XXI.

Como siempre maestros, enseñantes, educadoras... debemos remar a contracorriente, debemos velar en no dar pie a creer en el juego como alternativa, a no buscar éxitos o soluciones que no sean racionales, que no sean fruto del pensamiento, que sí sean precedidos de una valoración. Debemos acompañar a los adolescentes (quizás a los niños todavía no les afecta tanto) que sufren por culpa de la afición al juego; tal como acompañamos a los que están enganchados por las drogas.

Como hemos dicho, hay centros escolares y de esparcimiento que organizan rifas o tómbolas para ganar dinero para una salida, para ir de colonias... nos asemejamos a los gobiernos que organizan loterías para recoger dinero y aplicarlo, supuestamente, a necesidades sociales de la población. Y este es el camino fácil: sería mucho más útil exigir a las administraciones que dieran los recursos adecuados, que hicieran innecesario recurrir a soluciones inadecuadas.

¡Pensémoslo! El juego es insolidario, yo gano, los otros pierden. No es crítico: acepta los hechos del azar. No nos deja ser personas autónomas: dependemos de circunstancias que escapan a nuestro control.

Educadores y educadoras debemos procurar un crecimiento de niños y adolescentes como personas autónomas, críticas y solidarias. Debemos ser conscientes que tanto el problema como la solución no es individual: el problema y la solución afectan a todo el mundo. Porque educación y formación son imprescindibles pero no tienen la suficiente fuerza. Mientras el sistema económico que nos domina no proporcione un futuro real y digno, nuestra actuación será insuficiente. La conciencia cívica nos tiene que animar a luchar por unos cambios sociales, laborales y económicos que permitan a todo el mundo vivir con dignidad, como personas; que nos permitan pensar con ilusión en un futuro con posibilidades reales para nosotros y para nuestros descendientes.

Si una inconsciencia generalizada permite que el juego se vaya haciendo presente en las vidas de jóvenes y adolescentes, entre todos y todas debemos buscar las alternativas, educando como colectivo y ayudando que haya un futuro real y digno para los que están creciendo y que no lo ven, quizás, porque desgraciadamente no lo tienen.

 

[Joan M. Girona es maestro y psicopedagogo. Una versión previa, un tanto distinta, se publicó en el diari de l’educació] 

25/1/2020

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