Juan-Ramón Capella

Ahora, desmontar la cruz

Yo no soy franquista; nadie puede acusarme de eso. Pero el circo mediático montado en torno a la exhumación del cadáver del dictador genocida me ha resultado repugnante. Hay cosas de las que no merece la pena hablar. Y lo peor es que se hable de ellas para ganar dinero en los media. La sociedad debe tener más pudor, y censurar a quienes muestran no tenerlo.

De otras cosas, en cambio, no se habla o se habla poco: de la terrible corrupción del dictador y su familia, que le permitió amasar una enorme fortuna que legar a sus descendientes; y también se habla poco de la enorme corrupción de su entorno, fomentada para crear un muro en torno a la corrupción propia. Nadie ha hecho nada por justicializar el expolio de tantas personas —pues las riquezas acumuladas significan un expolio—. Y se ha hecho muy poco por informar con honradez a los conciudadanos acerca de esta cuestión.

Ahora corresponde desmontar la gigantesca cruz fálica que estropea el paisaje de Cuelgamuros. Desmontarla porque el Estado no es confesional, ni la sociedad española es monoconfesional; es en amplia medida completamente laica. Desmontar esa cruz porque está plantada como un recuerdo de su derrota a los vencidos de la guerra civil. Desmontarla porque es fea y estropea el paisaje.

También es necesario buscar otra residencia al priorato benedictino instalado allí. Se pueden sugerir educativos destinos para los monjes: la abadía de Montserrat, o la de Lazkano, p.ej.. Pero sin duda el lugar de destino es asunto suyo, a diferencia de su partida, que es una cuestión de Estado: una cuestión más que exigir al Estado.

El Parque de Cuelgamuros debe respetar los enterramientos existentes, tratando de catalogarlos para empezar. Y convertirse en un centro de referencia para el estudio de la guerra civil, el franquismo y el postfranquismo, que mientras el Valle no se convierta en Parque deberá ser estudiado también.

 

[Fuente: infoLibre]

24/10/2019

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