Proyecto de Difusión Cultural Cazarabet

Neoliberalismo y colapso medioambiental. Entrevista con Asier Arias

Cazarabet conversa con...   Asier Arias, autor de La economía política del desastre. Efectos de la crisis ecológica global (La Catarata)

-Asier, ¿nos explicas el porqué de este libro? ¿Qué te hizo escribirlo?

-Quizá convenga que, antes de entrar en materia, nos detengamos a echar un vistazo al contenido del libro. Se trata de un texto que discute las relaciones entre economía, política y ecología. Recurre a una vasta bibliografía técnica, pero no excede los márgenes de la literatura de divulgación y resulta por tanto accesible para cualquier lector interesado en aproximarse al vínculo entre la economía política imperante y la crisis ecológica en curso. Y bien, ¿qué me llevó a redactar un texto como éste? Creo que fue el desconcierto, cierta suerte de irritado pasmo ante el contraste entre el modo en que la crisis ecológica aparece en las publicaciones científicas y el modo en que lo hace en los medios de comunicación y el discurso político. Es sencillo ilustrar este punto listando un ejemplo tras otro, pero conviene abrir el plano para no perderse en los detalles. Ningún especialista serio cuestiona que, por primera vez en la historia, una generación ha de decidir si legará a la siguiente un planeta habitable. Mientras tanto, los medios miran a otra parte y la política institucional incumple un compromiso insuficiente tras otro, sumando, eso sí, pompa a una retórica cada día más hinchada y también más hueca. Así, por ejemplo, los informativos dedican un porcentaje minúsculo de sus piezas a cuestiones medioambientales. Además, tanto en ellos como en la prensa escrita, esta escasa cobertura aparece sesgada por un optimismo a menudo financiado por las mismas compañías de cuyas actividades somos informados. Se trata de lo que Francisco Heras Hernández (coordinador del Área de Educación y Cooperación del Centro Nacional de Educación Ambiental) denomina «narraciones eco-optimistas», relatos tranquilizadores que, en sus palabras, contienen esencialmente promesas de generalización de lo que hoy en día son meros proyectos de investigación o, en el mejor de los casos, iniciativas de muy pequeña escala. El análisis que Francisco Heras realiza del modo en que los medios de masas tratan la crisis ecológica le lleva a concluir algo que no sorprenderá a nadie familiarizado con la cuestión: que la fuente principal de las «narraciones eco-optimistas» que enturbian y distorsionan el escaso espacio dedicado en los medios a la crisis más apremiante de la historia humana ha de buscarse en el mundo corporativo, en las propias empresas responsables de esa crisis.

A pesar de este embate propagandístico, la población mantiene unas actitudes hacia dicha crisis que revelan una comprensión de la misma muy superior a la que traslucen las políticas adoptadas. Este nuevo contraste fue también un estímulo para la redacción del libro. Se trata del contraste que encontramos entre la opinión pública y las políticas implementadas. Cabe decir que mientras la población recibe una información escasa y sesgada, los políticos reciben asesoramiento experto y, sin embargo, en vista de los datos que arrojan las encuestas de opinión y las decisiones ejecutivas y legislativas, la situación parece ser la opuesta. Así, en vista de esas actitudes y de las décadas perdidas en declaraciones políticas grandilocuentes, «desarrollo sostenible», «responsabilidad social corporativa» y demás promesas vacías, falta sólo que la población pase de la conciencia de que nos encontramos en una grave encrucijada a la conciencia de que sólo su compromiso puede sacarnos de ella.

-Bueno, a veces no sé si primero llega el desastre y después la afección económica o al contrario.

-Sí, en efecto, la línea temporal ha seguido en unas ocasiones una dirección y en otras otra. En cualquier caso, al vincular economía política y desastre mi intención difiere de la del famoso libro de Naomi Klein. Lo que me propongo es subrayar que uno de los rasgos más evidentes del entramado institucional neoliberal es su incompatibilidad con la salud de ecosistemas y comunidades. Además, al trazar este vínculo entre economía política y desastre intento documentar con cierto detalle el hecho de que las calamidades ecológicas fruto de la irracionalidad económica neoliberal no son algo que habremos de sobrellevar de un modo u otro en el futuro, como suele presumirse, sino que, de hecho, están ya con nosotros. Resulta imperativo poner en este punto de relieve que quienes vienen sufriendo esas calamidades son, principalmente, las poblaciones de las regiones sometidas primero la colonización occidental y luego la globalización occidental. Así que, en pocas palabras, mientras las potencias occidentales acumulan la responsabilidad de la crisis ecológica en curso, en las regiones más pobres del planeta las víctimas tradicionales continúan acumulando golpes. Los ejemplos nos salen constantemente al paso si nos tomamos la molestia de echar un vistazo a la bibliografía pertinente. Así, por ejemplo, en las regiones más empobrecidas del planeta, los cada vez más graves y frecuentes desastres relacionados con el clima obligan a más de 20 millones de personas a abandonar cada año su lugar de residencia. Estos desastres están convirtiéndose, además, en la principal causa de empobrecimiento en dichas regiones, en las que cientos de millones de personas extremadamente pobres viven en los países en los que la magnitud y frecuencia de esta clase de desastres es, por lo pronto, mayor. De modo que la crisis ecológica global tiene una obvia dimensión moral. Por una parte, son las corporaciones y los gobiernos occidentales quienes han impuesto el modelo económico que padecemos. Por otra, a pesar de que la población de los países «desarrollados» supone apenas una quinta parte de la población mundial, su consumo equivale a más de tres cuartas partes del total anual de recursos empleados a nivel global. Así pues, dado que compartimos nacionalidad con los agentes institucionales de la crisis ecológica en curso, dado que nuestro consumo constituye su principal motor y dado que disfrutamos de enormes privilegios y oportunidades exentas de riesgo para la oposición y la resistencia a los programas de aquellos agentes institucionales, nuestra cómplice pasividad debiera resultarnos vergonzosa –particularmente al compararla con la entrega y la valentía de las comunidades indígenas que, aun siendo objeto de una persecución que se plasma cada año en decenas de asesinatos de activistas medioambientales, se han colocado al frente de la lucha mundial contra la destrucción del planeta que los amos del Norte «gestionan».

-Puede decirse, en fin, que es el capitalismo neoliberal el que se encuentra detrás de la clase específica de desastre que venimos constatando, ¿verdad?

-El capitalismo es una idea abstracta: nunca ha existido nada parecido a un sistema económico basado en la iniciativa privada y la libre competencia. Si echas un vistazo a cualquiera de los sectores dinámicos de la economía comprobarás que ninguno de ellos existiría de no haber sido por prolongadas intervenciones estatales a gran escala para la provisión de infraestructuras, la investigación básica, la constante subvención directa, el rescate periódico, la garantía de precios monopolísticos, la protección contra competidores extranjeros, el auspicio de los derechos de inversión mediante «tratados de libre comercio», etc. No es ningún secreto para cualquiera que haya echado un vistazo a un manual de historia económica.

Cabría discutir si esa abstracción del capitalismo podría conducir al colapso medioambiental todavía más rápido que nuestro actual sistema de protección colectiva del poder privado. Y podría darse el caso de que a alguien le cupiera demostrar que, efectivamente, en un sistema real de libre mercado avanzaríamos aún más rápido hacia el precipicio, pero lo cierto es que resulta realmente difícil concebir un entramado institucional más irracional que el que ha venido estableciéndose desde principios de los ochenta. La cúspide de la pirámide de nuestro entramado la ocupa un tipo particular de institución social: las corporaciones. De ellas parten las decisiones y las órdenes acerca de qué hacer con los frutos del esfuerzo colectivo, de forma que a nadie debiera extrañar que se destinen a proteger e incrementar su predominio. De hecho, «neoliberalismo» es el término que debe emplearse para designar el exitoso proyecto de relegar a la irrelevancia a cualquier institución capaz ofrecer alguna clase de resistencia a ese predominio. Libres así para hacer su trabajo, las corporaciones se dedican a la «responsabilidad corporativa»: como sobra indicar, la única responsabilidad de una corporación es la de incrementar sus beneficios y sus cuotas de mercado. Si formas parte de alguno de los sucesivos eslabones de la cadena de mando de una de estas autocracias herméticas y cumples tu cometido, estupendo; si no, estás en la calle. Y, desde luego, cuando el eslabón que ocupas se encuentra próximo al comité central, tu diligencia a la hora de acatar la «responsabilidad corporativa» de maximización y crecimiento puede procurarte suculentas bonificaciones. No obstante, si tus remilgos te impiden comportarte de forma «responsable» y dejas pasar una ocasión de lucro a causa de su incompatibilidad con criterios morales elementales, estás en la calle. No se trata de maldad individual: el problema que enfrentamos hoy es el de la irracionalidad institucional más peligrosa de la historia humana.

-Siempre he entendiendo la ecología como algo integral y holístico. ¿Se presenta para ti del mismo modo?

-Esto del holismo puede significar muchas cosas distintas, pero creo que, al menos desde el siguiente punto de vista, debería responder que sí. En concreto, entiendo que el compromiso medioambiental debe plasmarse, a la vez, en el plano de la responsabilidad individual y en el de la acción colectiva. Es imposible exagerar la relevancia del consumo responsable y la ética personal, habida cuenta de que la inmensa mayoría del impacto humano en el medioambiente proviene del consumo doméstico. Sin embargo, quedarse en este ámbito de lo individual, tan bien avenido con la lógica neoliberal de la atomización social, no será en ningún caso suficiente: el problema que encaramos permanecerá con nosotros mientras la acción concertada de una población comprometida siga ausente ante la cada día más apremiante necesidad de emprender profundos cambios institucionales.

-Los discursos políticos suelen quedarse, por así decir, por detrás del mensaje, y quizás también hasta de las “buenas intenciones”.

-Dada la preponderancia política del mundo corporativo, de la política institucional pueden esperarse pocas cosas más allá de los eslóganes y las declaraciones de buenas intenciones. Durante la década de los setenta el mundo corporativo allanó coordinadamente el camino hacia aquella preponderancia mediante la acción integrada de lobbiesthink tanks y comités de acción política. Dicha acción integrada discurrió por dos márgenes paralelas: mientras en la esfera cultural masivos esfuerzos propagandísticos daban forma al individuo neoliberal, aislado, pasivo e impotente, en la esfera política el dinero y los abogados inundaban las ramas legislativa y ejecutiva del gobierno, consiguiendo, además, decisivas victorias en la cúspide de la judicial. Así pues, el influjo del mundo corporativo en la configuración de la vida cultural y política creció de forma exponencial durante esa década, y no ha dejado de hacerlo desde entonces, en una espiral de concentración de poder económico que deriva naturalmente en acumulación de poder político, que a su vez deriva naturalmente en una mayor concentración de poder económico, y así sucesivamente hasta llegar a la situación presente, en la que las asimetrías económicas se han salido de las gráficas y las concomitantes asimetrías de poder e influencia política se hacen manifiestas, por ejemplo, en nuestra incapacidad para distinguir el sentido en que giran ya las puertas. Se trata de una historia plagada de episodios interesantes, pero por algún motivo la inmensa mayoría de los mismos apenas son discutidos fuera de pequeños círculos de especialistas académicos. 

-Lo que me parece en cualquier caso claro es que el desastre medioambiental es paralelo al desastre social.

-De hecho, creo que existen sobrados y muy sólidos motivos para sostener que la cada día más ominosa crisis ecológica no es más que una manifestación entre otras de un entramado institucional obviamente disfuncional. No se me ocurre una afirmación menos controvertible.

Las intervenciones estatales masivas han sido los parches que nos han salvado periódicamente de debacles indecibles. Hasta ahora, esas debacles eran meramente económicas. Se trataba de poner barreras a la inestabilidad del sistema económico «capitalista». Así, el New Deal pudo amortiguar el desplome de los treinta del mismo modo que el rescate de los arquitectos del colapso financiero y la ingente inversión china en urbanización e infraestructuras pudo amortiguar el de 2007/2008. Nótese que se trata de parches, mecanismos para evitar el desmoronamiento del sistema económico. Mientras tanto, la población sigue excluida de la toma de decisiones en el ámbito de la actividad social productiva. El contribuyente, desde luego, no está excluido de sufragar el desarrollo de tecnología, la formación de trabajadores especializados o los sucesivos rescates de los que depende el sector privado. De forma que los trabajadores, que aportan la práctica totalidad del erario, se limitan a proveer lo necesario y obedecer las órdenes de ésos a los que Adam Smith denominara «señores de la humanidad», que, por su parte, se limitan a tomar las decisiones pertinentes acerca de qué hacer con los frutos aquel ingente esfuerzo colectivo. Ninguna acumulación de parches puede disolver esta contradicción. Sea como fuere, los parches pueden mostrarse más o menos eficaces a la hora de mitigar tensiones sociales y contener debacles económicas, pero hay otras tensiones y otras debacles que echan raíces en la misma contradicción fundamental y que ningún parche puede aplacar: se trata de la tensión que produce la incompatibilidad entre la salud de la biosfera y la «responsabilidad corporativa», esto es, el imperativo institucional de maximización de beneficios, crecimiento neto y expansión de mercados. La estrategia de los parches puede salvar al sistema económico de sí mismo, evitando, por ejemplo, la quiebra de las grandes firmas del casino de la banca de inversión. Si bien el contribuyente puede acudir al rescate cuando la irracionalidad económica amenaza con reducir a escombros el sistema financiero, nadie puede rescatarnos cuando esa misma irracionalidad amenaza con arruinar la biosfera.

-Háblanos de los principales responsables de esta crisis.

-Como apuntaba, creo que es sencillo argumentar que los principales responsables vivimos en los países occidentales. Chomsky está en lo cierto cuando señala que el privilegio implica oportunidades, y que en ellas se basa nuestra responsabilidad. Los habitantes de los países «desarrollados» gozamos de amplias libertades y oportunidades para la organización y la acción exentas de riesgo, de ahí nuestra responsabilidad. Si un pequeño incendio acaba por arrasar un bosque, consideraremos responsables a quienes se encontraban en situación de sofocarlo, y es obvio que no es lo mismo disponer de un camión bomba que de una pistola de agua. Pues bien, nosotros no sólo disponemos de un cambión bomba, sino que fuimos de hecho quienes iniciaron el incendio con nuestro consumo y nuestra pasividad ante la irracionalidad de la «responsabilidad corporativa».

Detengámonos un instante a considerar ese consumo y esa pasividad. Ambos son fenómenos ciertamente complejos y polifacéticos, de modo que habremos de limitarnos a echar un vistazo superficial a un par de extremos particularmente relevantes. Como indicaba, la mayor parte del impacto humano en el medioambiente proviene del consumo doméstico, que da cuenta del 60% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y de entre el 50% y el 80% del uso total de tierra, materiales y agua. A su vez, la mayor parte del impacto doméstico en el medioambiente se debe a la alimentación. La industria alimentaria es el principal motor de la deforestación y la pérdida de biodiversidad a nivel global. Además, su contribución al calentamiento global es enorme, no sólo porque sus emisiones directas de gases de efecto invernadero constituyen al menos una cuarta parte del total anual, sino también porque en torno a un 80% de la deforestación se debe a la agricultura industrial, que ha venido así privándonos de un importantísimo amortiguador contra el cambio climático: de acuerdo con su papel en el ciclo del carbono, los bosques y selvas vinieron comportándose como enormes sumideros de carbono, hasta que comenzaron a retroceder a una velocidad vertiginosa, dando paso a inmensas extensiones de monocultivos, principalmente de cereales y soja. Más de una tercera parte de esos cereales y la práctica totalidad de esa soja se destinan al cebado en el contexto de la ganadería industrial. De forma que las emisiones europeas de gases de efecto invernadero se reducirían en un 40% sólo con que los europeos comiéramos la mitad de carne y lácteos. Con ello, como sugeríamos, contribuiríamos asimismo a mitigar el masivo ataque contra la biodiversidad que implica la destrucción de aquellos enormes sumideros de carbono, que son también nuestras más ricas reservas de vida salvaje.

Creo que no resulta complicado extraer de lo antedicho importantes conclusiones acerca de nuestras sencillas oportunidades y nuestra manifiesta responsabilidad. Si, con todo, el lector no acaba de aclararse, quizá pueda orientarle la distribución del consumo anual per cápita de carne: mientras los países de la angloesfera y los europeos oscilamos entre los 80 y los 120 kilos, los asiáticos y africanos lo hacen entre los 4 y los 40. Las selvas están en los países de las víctimas tradicionales, pero las arrasamos nosotros.

Echemos ahora un vistazo a aquella pasividad. Durante los setenta y los ochenta valientes actos de protesta y desobediencia civil lograron moratorias nucleares en toda Europa. En España, la presión popular fue suficiente para que el gobierno socialista, en un largo proceso que se prolongaría de 1984 a 1994, detuviera la construcción de centrales nucleares. Desde luego, el sector privado recibió a cambio de este revés indemnizaciones billonarias. Pues bien, si el sector alimentario es nuestra Caribdis, el energético, y en concreto el de los combustibles fósiles, sigue siendo nuestra Escila. No obstante, aquel efectivo ímpetu ciudadano parece haberse deshinchado, cuando es más evidente que nunca antes que nuestra responsabilidad sigue siendo la de hacer frente a una industria que pone en riesgo la continuidad de la vida social organizada. Con todo, es claro también que la presión popular ha sido insuficiente en un país en el que el carbón, el combustible fósil más sucio desde el punto de vista de la emisión de gases de efecto invernadero, ha recibido una media de unos 10.000 millones de euros en subvenciones durante cada una de las tres últimas décadas. (Aunque a pocos se les escapará, anotemos entre paréntesis que el anterior argumento seguiría en pie incluso aunque amigos del oxímoron «capitalismo verde» como Michael Shellenberger estuvieran en lo cierto acerca de las bondades de la energía nuclear).

-Ese trabajo desde la base a cuya necesidad apuntas, entiendo que requiere de la educación, en el ámbito formal y en el cultural, pero también de la acción de las organizaciones de base a pie de calle.

-Efectivamente, parece que una población informada y comprometida es el lugar en el que cabe depositar el anhelo de una organización social más humana y menos destructiva. Desde luego, después de décadas de estériles eslóganes estatales y corporativos, no parece una buena idea cargar demasiado las tintas sobre las consabidas tibias soluciones de mercado a problemas originados por el mercado –impuestos de emisión, mercados de derechos de emisión, mercados de compraventa de derechos de extracción de recursos, etc. Sobra añadir que es exclusivamente a estos paños tibios a los que hacen oblicua referencia aquellos eslóganes.

-Desde nuestra actual vivencia de claros desastres medioambientes, ¿podemos intentar revertirlos o paliarlos en alguna medida?

-Creo que podemos y, sobre todo, creo que debemos. Incluso aunque llegáramos a convencernos de que todo está perdido y no hay nada que hacer, deberíamos seguir empeñados en revertir y mitigar el daño ocasionado.

Ciertamente, los datos son cada vez más alarmantes. Así, por ejemplo, aunque las perspectivas que han venido ofreciendo cada uno de los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático resultaran ya de por sí funestas, una importante proporción de la comunidad científica criticó en cada ocasión sus predicciones a causa de su acusado sesgo hacia las conclusiones tranquilizadoras. La evidencia empírica ha venido inclinando año tras año el fulcro hacia el lado alarmista del debate. Sin ir más lejos, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advertía hace unos días (a mediados de marzo de 2019) que, incluso aunque se cumplieran los objetivos de reducción de emisiones del Acuerdo de París, las temperaturas invernales del Ártico se elevarán en el próximo par de décadas lo suficiente como para «devastar la región», produciendo «enormes» impactos a nivel mundial al «desatar el aumento global del nivel del mar».

Éste no es, precisamente, un horizonte amable, y se trata de un mero ejemplo al azar, pero el derrotismo, la frivolidad, el cinismo o la indiferencia no son alternativas aceptables. Frente a ellas, cabe apelar al optimismo de la voluntad con el que Gramsci enfrentaba el pesimismo del intelecto: hay cosas que no pueden darse por perdidas, aun cuando parezca inútil luchar por ellas. Así, si los datos indicaran incontrovertiblemente que todo está perdido, podríamos, acaso, secundar intelectualmente la opinión de que todo está perdido, pero sería en cualquier caso injustificable que la secundáramos también moralmente. Si pudiera hablarse de algo así como el compromiso del nihilismo o la postración, sería siempre un compromiso inadmisible.

-Amigo Asier, me figuro que ya estarás trabajando en nuevos proyectos. ¿Nos puedes dar alguna pista?

-No te equivocas. Por una parte, tengo entre manos algunos artículos académicos y un manual sobre cuestiones vinculadas con las ciencias cognitivas; por otra, he venido prestando atención a diferentes cuestiones vinculadas con la economía política del medioambiente y su cobertura mediática, y he publicado algún texto sobre ellas.

 

[Fuente: Cazarabet]



5/2019

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