Ella K. Bose

Alberto el del bombo

Cada vez que Albert Rivera habla de maternidad subrogada sube el precio de los pañales y se escucha un crujir de ovarios, que por supuesto su obsesión con el silencio le impide oír. Cómo culparlo, claro, si las gónadas femeninas son pequeñas como almendras y sobre todo femeninas, y el hipotálamo solo tiene el tamaño de un guisante, lo que hace presuponer que en él no puede caber tanto patriarcado junto. Pero el argumentario de Rivera ha llegado para romper las barreras de la ciencia (a veces también la del sonido, pero esa es otra histeria). El gurú Rivera habla de amor. El gurú Rivera habla de libertad. El gurú Rivera habla de altruismo. Vamos, que la maternidad subrogada es el festival Canet Rock, pero sin drogas ni alcohol ni jamón serrano para evitarle riesgos al feto. Albert carga los vientres de alquiler de tan buenos sentimientos que, si no fuera por la toxoplasmosis, seguro que ofrecería regalar un gatito a cada mujer que aceptara embarazarse para su causa.

Porque (¡oh sorpresa!) resulta que solo las mujeres pueden quedarse embarazadas. Y esto, que parece una perogrullada, redimensiona el tema de una forma única e incomparable cuando por enésima vez viene un varón a asignar una función “social” a los ovarios. Sentemos otra premisa que debería ser también obvia, aunque a muchos les parezca lo contrario: las mujeres deben poder hacer con su cuerpo lo que les dé la republicana gana, igual que hacen los hombres. ¿Que quieren estibar un barco? Que lo estiben. ¿Que quieren trabajar en el sexo? Que lo hagan. ¿Que quieren quitarse todos los pelos de su cuerpo? Que se los quiten. ¿Que se los quieren dejar largos? Que se los dejen. Demasiados siglos llevamos aguantando a opinadores de todas las calañas emperrados en decidir por nosotras cómo debemos o no ser y qué podemos o no hacer, mientras los hombres hacen todo lo anterior sin que nadie píe. Por tanto, ¿que una mujer quiere quedarse embarazada? Que lo haga, pero sin olvidar que la meta del embarazo no es producir un bien, sino parir un ser humano distinto (y he dicho parir, no engendrar, que esta carrera transcurre en el cuerpo de una mujer —otra obviedad— sobre el que ella tiene mucho que decir). Ya fuera de la madre, ese nuevo ser humano tendrá un cuerpo sobre el que a su vez debería tener la capacidad de decidir. Un bucle infernal que exige altísimas dosis de responsabilidad mientras ese ser humano llega a ser autónomo en sus decisiones (eso sí que es subrogación de la dura).

En resumen, que cada cual haga lo que quiera según sus apetencias y sus capacidades, pero asumiendo su responsabilidad de respetar los cuerpos ajenos, que no son objetos que nos pertenezcan. Compañeros, sentimos de verdad que vengáis sin equipamiento de serie para la preñez (y la verdad es que lo sentimos bastante menos si a alguien le molesta que nosotras decidamos cómo usar el nuestro). Lo sentimos sobre todo porque si individuos como Rivera tuvieran un útero floreciente otra rana croaría. ¿El liberal Albert, tan defensor de lo suyo, poniendo su vientre de acero al servicio de la sociedad? Antes lo saca a bolsa.

Porque esta es la otra. No queda claro si en la mente de Rivera la maternidad subrogada es una nueva línea de negocio solo para mujeres capaz de acabar con la desigualdad laboral o un servicio a la sociedad (de consumo) sacada de la manga para compensar recortes por otros lados. C’s habla de “altruismo”, eso que la RAE define como “diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio”, que ya me dirás tú cómo casa con el orgullo liberal de procurar el bien propio (a los ricos) a costa del bien ajeno (de los pobres). Viniendo la propuesta de donde viene, más bien habrá que hablar de nicho de mercado y oportunidad de negocio de alguien a costa de las mujeres. Altruismo es asumir la crianza de niños a los que nadie quiere como hijos, de los que este mundo superpoblado está repleto precisamente porque muchas no pudieron decidir libremente qué querían hacer con su cuerpo. Y hacerlo no solo gratis, sino poniendo del bolsillo propio, que ya se sabe que lo del pan debajo del brazo es un mito. Porque cuando corre el dinero para compensar el sacrificio el altruismo sale por la puerta y la “prestación de servicios” entra por la ventana, igual que cuando se acuerda entregar una cosa determinada a cambio del pago de un precio cierto se está ante una “compraventa”, aunque la cosa en cuestión sea un bebé y se utilicen palabras empalagosas para que parezca que las partes no están contratando, sino abrazándose como teletubbies. Eso se aprende en las facultades de Derecho, como también que el contrato de altruismo no es propio ni del código civil ni del mercantil.

Aunque escuchando a Rivera, da la sensación de que el día que en clase explicaron qué es un “derecho” él estaba de cañas, porque de otro modo no se entiende que lo confunda con “deseo”. Las dos palabras ciertamente se parecen, porque las dos comienzan por “de-“, terminan por “-o” y tienen otra “e” por el medio, pero eso no las convierte en sinónimas. Le perdonaremos el cacao semántico, que no es filólogo, y casi dan ganas de perdonarle el jurídico, que estudió en una universidad privada. Sin embargo, no es de extremistas ser tan condescendientes, así que vamos a explicarle la diferencia: un deseo es el interés de una persona por conseguir la posesión o realización de algo, mientras que un derecho es la facultad de exigir una prestación, actuar o no hacerlo. Para la denegación de lo primero está el aprender a gestionar la frustración; para lo segundo, los tribunales. Lo ilustraré con ejemplos, por si la teoría no se entiende: yo tengo el deseo de viajar en el tiempo y, como no lo consigo, pues me aguanto y me quedo en casa; en cambio, tengo el derecho a que no me traten como en la Edad Media solo por ser mujer y, como no lo consigo, pues me voy a los tribunales.

Que la cosa no está tan mal, Albert, que el estado ya ofrece vías para satisfacer el deseo de ser padres, desde la adopción hasta la inseminación artificial. Claro que estas soluciones valen para hacer efectivo el deseo de ser padres a secas (subrayo deseo, que de derecho tiene poco, porque la adopción debe orientarse al interés del menor, pero déjenme ser como el gurú de mis desvelos, un poco demagoga aunque consciente de mis limitaciones, que hay cotas inalcanzables para los humildes mortales como yo). Si tan acuciante es el anhelo, poco debería importar el tamaño, color o forma de la criatura. Un hijo no es un teléfono móvil, y la perfección no existe, como sabe quien tenga cualquiera de las dos cosas, de ahí que exista el concepto de “amor incondicional” (hacia los hijos —aunque la sabia naturaleza nos chute de oxitocina para evitar en un primer momento el odio furibundo—; hacia los móviles no hay incondicionalidad que valga con la cartera llena).

Las opciones que ofrece el estado valen incluso para hacer efectivo el deseo de experimentar un embarazo en carne propia y asumiendo todos los riesgos. Pero es innegable que se quedan cortas si el deseo de ser padres consiste en querer bebés recién salidos del horno cuando no se tiene uno instalado en la cocina y hay que molestar a las vecinas. Con todo el pan que hay por ahí esperando a que alguien se lo lleve a casa, eso no es hambre: es gula. Y por favor, Albert, por mucho que el “divide y vencerás” sea tu estrategia política favorita, déjala para la derecha y no eches a los hombres gays contra las mujeres, que las malvadas no son ellas por tener útero, sino la naturaleza que os hizo sin él. Una sugerencia: en lugar de poner nuestros ovarios en el mercado, propón más inversión en I+D, que falta nos hace a todas y a todos. A ver si alguien inventa un vientre artificial, te pones a pensar sobre las implicaciones bioéticas y nos dejas de una vez tranquilas, que con tanto farolillo vas camino de convertir nuestras partes en una Feria de Abril. 

28/4/2019

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