Militarismo y ecofascismo

Pere Ortega

La lectura del excelente análisis que Joaquim Sempere lleva a cabo en su libro “Las cenizas de Prometeo” me ha movido a escribir estas líneas sobre la relación directa entre el colapso planetario que se avecina, debido al agotamiento de los recursos no renovables, y la respuesta militarista que desde muchos países se está pergeñando. Relación que desde la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha aumentado de manera amenazante y que puede acabar, tal como anuncia el libro de Sempere, en gobiernos más autoritarios donde predomine un ecofascismo o, por el contrario, en sociedades más democráticas, solidarias y ecologistas. Esto último sólo ocurrirá si hay un movimiento social capaz de liderar la transición energética hacia una sociedad postcarbono.  

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Dos causas suponen un peligro vital para la vida en el planeta y están interconectadas: en primer lugar, el cambio climático, causado por la acción humana sobre los ecosistemas, derivado de la sobreexplotación de recursos no renovables, que conduce al agotamiento de las reservas de hidrocarburos y otros minerales También se aprecia un uso abusivo de insumos químicos que provocan el agotamiento de las tierras agrícolas y la contaminación de las aguas, lo que unido a la emisión de carbono a la atmósfera provoca el calentamiento del planeta. Ello puede conducir a catástrofes medioambientales, sequías, huracanes, escasez de agua para uso humano, y aumento del nivel del mar. Efectos que a su vez provocarán, si no se pone remedio, grandes conflictos humanos, entre ellos, grandes migraciones y guerras.

La segunda gran causa que pone en peligro a la humanidad y que está interconectada a la anterior es la existencia de armas nucleares. Una amenaza un tanto olvidada, pero que está ahí, en manos de nueve gobiernos, que pueden utilizarlas como medio para conseguir objetivos políticos ligados a los intereses de desarrollo de sus propios países. Esto viene al caso por la actitud amenazante del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien anunció, hace escasas semanas, la ruptura del Intermediate Nuclear Forces (INF), firmado entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov en 1987. Tratado que alejó del suelo europeo la posibilidad de una guerra nuclear pues, hasta entonces, las dos potencias habían instalado misiles nucleares, de corto y medio alcance (de 500 a 5.500 km), a ambos lados de la frontera que dividía Europa durante la Guerra Fría. Ruptura que ha sido oficializada por el líder ruso Vladimir Putin, quien ha contestado que da por roto el INF.  

La ruptura del INF ya tuvo en 2002 un antecedente, el abandono de otro importante acuerdo nuclear —ruptura también llevada a cabo por EEUU—, el Tratado Anti-Ballistic Missile (ABM), que prohibía la instalación de antimisiles. Un Tratado que había mantenido el equilibrio del terror entre las potencias, pues el lanzamiento de un sólo misil aseguraba la total destrucción mutua a través de una guerra nuclear. La ruptura del Tratado ABM propició que Vladimir Putin anunciara desplegar nuevos misiles para burlar el escudo antimisiles que EEUU había instalado en Polonia, Rumania y en Rota (Cádiz), y que presagiaba la reaparición del enfrentamiento nuclear entre ambas potencias en suelo europeo. Algo que ahora se ha certificado con la ruptura del INF.

Una amenaza que se acrecienta al poner en peligro la ratificación del Tratado START III de 2010 de reducción de los arsenales nucleares firmado entre Barack Obama y Dimitri Medvédev, y aún no ratificado por la Duma rusa ni por el Senado de EEUU, y que reabre la pesadilla de una escalada de armamento nuclear entre ambas potencias.

Esta amenaza tiene su causa en el afán de dominar la geopolítica mundial por parte de ambas potencias, y así controlar recursos, el transporte de éstos y el comercio mundial para el desarrollo de sus economías, que en ambos casos es capitalista. Unas potencias que, llegado el caso, no dudan en recurrir a la guerra si sus intereses entran en colisión con los de los demás. De ahí surgen muchas de las tensiones y guerras periféricas que se desarrollan en diferentes lugares como Siria, Yemen, Ucrania, Venezuela…que enfrentan a Estados Unidos con Rusia y China. Y, bajo esa pretensión, todas las potencias llevan a cabo un reforzamiento de sus capacidades militares, convirtiendo sus fuerzas armadas en un bastión ofensivo y defensivo (ambos a la vez) frente al resto de potencias con quienes rivalizan por el control recursos y mercados. Y responden, a su vez, con alianzas con otras potencias emergentes como India, Turquía, Irán, Arabia Saudí…

Mientras tanto, la Unión Europea —sin un rumbo fijo— pretende mantener un equilibrio entre su aliado histórico, EEUU, y el resto de las potencias emergentes, incluida Rusia. De ahí que desde la UE se haya impulsado la creación de la Permanent Structured Cooperation (PESCO). Una alianza militar de soberanía europea encabezada por Alemania y Francia que pretende convertir a la UE en potencia militar sin dependencia de la OTAN.

Estos pasos de la UE en el ámbito militar se van consolidando con la aprobación de un presupuesto de investigación militar de 590 millones de euros en 2018, que para los años 2021-2027 alcanzará los 13.500 millones. Dinero que recibirán las industrias militares y de seguridad para desarrollar armamentos y tecnologías de control y vigilancia en fronteras y aeropuertos. Todo ello tiene como finalidad promover economías de escala en la adquisición de armamentos conjuntos para los países miembros, que se especula que alcanzarán los 50.000 millones de euros y que servirán para desarrollar la PESCO.

Si la creación de la PESCO y las grandes inversiones en armamentos conjuntos resulta inquietante no lo es menos el aumento de presupuesto de la agencia de control y vigilancia de fronteras, FRONTEX, que ha pasado de 6 millones de euros en 2005 a los 302 millones en 2017. Una agencia que, aunque de carácter civil, se militariza, pues se equipa con material militar, helicópteros y patrulleras fuertemente armadas. Una UE que ya dispone en sus fronteras de más de 1.000 km de vallas (muros) con el objetivo de impedir la llegada de migrantes.

Obsérvese cómo seguridad y defensa se aúnan en una preocupante securitización donde se mezcla lo militar y lo policíal, y que tiene como objetivo blindar las fronteras europeas para impedir la llegada de migrantes, especialmente en el mar Mediterráneo. A su vez, se dispone de una fuerza militar para proyectarse hacia el exterior en aquellos asuntos que describe el Estrategia Europea de Seguridad (EES): seguridad energética; cambio climático; catástrofes naturales; crisis humanitarias; pandemias; migraciones masivas. Todos ellos derivados del colapso de la biosfera y cuyos efectos ya se hacen notar en los países del sur global. Ciertamente, la EES describe otras amenazas como la proliferación de armas de destrucción masiva, la ciberseguridad, el terrorismo, y el crimen organizado. Frente a las cuales también se pretende dar una respuesta de carácter militar cuándo no parece que ninguna de ellas (que aquí no se abordan) tenga solución por ese camino.

Siguiendo con la interconexión entre militarismo y el colapso gradual de la biosfera —que ya ha iniciado su recorrido—, los países del sur global, más vulnerables a sus efectos debido a la falta de medios para hacerles frente, ya están siendo testigos de grandes migraciones. Unos huyen debido a las sequías, falta de agua, empobrecimiento de las tierras cultivables. Otros y otras huyen y se desplazan por los efectos de conflictos y guerras derivados de los enfrentamientos que se producen por el control y explotación de recursos no renovables: hidrocarburos y minerales. Así, para algunos países tener petróleo o coltán se ha convertido en una “maldición”, debido a los efectos para su población (Sudan del Sur, Nigeria, República Democrática del Congo).

Estas migraciones masivas se dirigen hacia los países enriquecidos. Éstos, por su parte, arbitran como respuesta la militarización de las causas que su modelo económico provoca sobre los países empobrecidos.

Todo esto es lo que se denomina ecofascismo, pues va acompañado del aumento de la securitización, que compagina autoritarismo, recorte de libertades e intolerancia hacia los diferentes, es decir, los migrantes, y que puede convertirse como norma de gobierno en muchos países. Como ejemplo, la instalación de gobiernos de derecha extrema con un fuerte componente nacionalista y xenófobo, que tienen su máxima expresión en la llegada de Donald Trump a la presidencia de la primera potencia mundial. También ha ocurrido con Bolsonaro en Brasil o Duterte en Filipinas. Esta extrema derecha ha llegado a Europa y comparte gobierno en Italia, Austria, Polonia y Hungría, y está presente en los parlamentos de Francia, Alemania, Dinamarca, Finlandia, Suecia y Holanda, y en España en el parlamento de Andalucía.

Este ecofascismo necesita de un militarismo cada vez más beligerante para mantener los privilegios de las élites que hoy gobiernan el capitalismo global. De ahí el reinicio del gasto militar mundial después de superar la crisis de 2007, y que a partir de 2016 ha vuelto a incrementarse; como los enormes recursos destinados a adquirir armamentos en todos los países industrializados. En España, el actual gobierno de Pedro Sánchez, en su corto período de presidencia, ha adquirido el compromiso de poner en marcha siete programas de armamentos entre 2019 y 2032 por un importe de 12.100 millones de euros. Carrera de armamentos que en el ámbito nuclear tiene su expresión más amenazante para la supervivencia humana.

Como bien señala Sempere en su libro, habrá que desempolvar los viejos discursos solidarios que, junto a los nuevos (en especial el de las feministas), serán necesrios para salvaguardar la especie humana de las catástrofes que se avecinan.

25/3/2019

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