Ramón Campderrich Bravo

Biología política alemana: una versión moderna de la ley del más fuerte

Lectura crítico-reflexiva del libro «El compromiso fáustico»

 

Problema 95: la construcción de un asilo para

enfermos mentales requiere 6 millones de RM.

¿Cuántas viviendas a un coste unitario de 15.000 RM

podrían ser construidas con la cantidad gastada

en un asilo para enfermos mentales?

Libro de texto de matemáticas para primaria de

Adolf Dörner, curso 1935-1936 [1]

 

Entre el último tercio del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX apareció y se desarrolló en Europa continental y el mundo anglosajón una de la más inhumanas y atroces ideologías jamás alumbradas por el mundo moderno, si no la más inhumana y atroz, a la cual se denominará en este escrito biodeterminismo socialdarwinista. Esta ideología consistía básicamente en la naturalización de los rasgos y dinámicas característicos del moderno capitalismo industrial, así como de las desigualdades por éste engendradas, mediante la invocación con este fin de las supuestas leyes científicas de la biología (sobre todo lo que hoy identificaríamos como leyes genéticas) y la teoría de la evolución de Darwin (tal y como fue reinterpretada e indebidamente aplicada al estudio de las sociedades humanas por los defensores de la ideología analizada en estas líneas).

Conforme al biodeterminismo socialdarwinista, los fundamentos de la división del trabajo, la estratificación social, la desigual distribución de la riqueza y el poder tanto a nivel nacional como internacional y la conformación del liderazgo político en las sociedades contemporáneas no son el resultado de la interacción a través del tiempo entre acción humana, estructuras sociales autónomas de la naturaleza y azar, esto es, no son el producto de la historia humana, sino que están determinados en lo esencial por factores biológicos hereditarios y procesos de selección natural. Ninguna sociedad contemporánea (y, de hecho, ninguna sociedad humana) puede sobrevivir a la larga sin una organización jerárquica de cada una de las esferas sociales que la integran, sostiene el biodeterminismo socialdarwinista. Ante esta constatación, sus partidarios se preguntan: ¿Qué determina en último término quiénes ocupan el escalón superior de esa jerarquía y quiénes el inferior? ¿Qué decide qué posición le corresponde a cada miembro de la sociedad en la organización jerárquica de la sociedad? Y la respuesta que dan es la siguiente: la biología. La sociedad es un sistema natural en el cual tiene lugar una selección natural de los mejores o más aptos. Los sistemas sociales seleccionan a quienes, en líneas generales, poseen el mejor o ꞌmás valiosoꞌ ꞌmaterial genéticoꞌ (quienes cuentan con los ꞌmejoresꞌ genes, diría un especialista en genética del siglo XX) para dirigir a quienes poseen un material biológico de ꞌpeor calidadꞌ. Y en tanto que la sociedad es dirigida por su mejor parte, le espera un radiante futuro. Por lo tanto, concluye el biodeterminismo socialdarwinista, la sociedad es un mecanismo competitivo para garantizar que los individuos y/ o estirpes naturalmente mejor dotados guíen a la nación y cuya finalidad es elevar en progresión constante su prosperidad y poder. O, por lo menos, así es como son, y deben ser, las cosas siempre y cuando no se interpongan ciertas ideologías y organizaciones que, a veces, interfieren en el desarrollo natural de las potencialidades nacionales, entre las cuales cabe incluir el catolicismo, el humanismo ilustrado, el socialismo, la Iglesia Católica, los sindicatos y los partidos obreros. No debe extrañar por ello que los biodeterministas socialdarwinistas desprecien la filosofía ilustrada dieciochesca e insistan obsesivamente en la necesidad de reprimir el movimiento obrero.

Para el biodeterminismo socialdarwinista también las relaciones internacionales responden a las leyes de la biología y la selección natural. Según esta perversa ideología, el mundo es un lugar de lucha competitiva en el que las naciones y razas biológicamente superiores (y, por ende, culturalmente superiores) se imponen sobre los pueblos menos inteligentes y adaptables.

Es importante subrayar en este momento las dos implicaciones más sobresalientes del biodeterminismo socialdarwinista que se derivan de la caracterización hecha del mismo en los párrafos anteriores. Por un lado, tenemos que sus partidarios creen que tanto los rasgos físicos y fisiológicos de los seres humanos como sus disposiciones mentales y morales están biológicamente determinados por un material genético heredado transmitido a lo largo del tiempo de generación en generación. Los componentes del entorno social del tipo educación, clase social o vivienda podrían tener algún papel en la conformación de esos rasgos, pero sólo menor, en ningún caso decisivo. Por otro lado, es consustancial al biodeterminismo socialdarwinista una completa instrumentalización de los seres humanos. En vivo contraste con la tercera formulación del imperativo categórico kantiano [2], los individuos carecen de todo valor moral intrínseco para esta ideología; son seres desechables o sacrificables sin restricciones en nombre de un bien mayor, bastante intangible por lo demás: el poder y la prosperidad de la nación o la raza a la cual biológicamente pertenecen dichos individuos, nuevo significado que debe darse a la palabra progreso, según esta corriente del pensamiento [3].

Pero los intelectuales biodeterministas socialdarwinistas no se limitan a exponer crueles y brutales doctrinas y a elaborar (o, más bien, amañar) estadísticas para tratar de probar su validez. También diseñan y promueven políticas no menos crueles y brutales. Sus favoritas son las que se designan hoy (y muchos de ellos así también las denominaron) con el término eugenesia. Se puede definir como eugenesia cualquier política, o conjunto de políticas, cuyo principal propósito es mejorar las condiciones o ꞌcualidadesꞌ biológicas de una población. Puesto que el biodeterminismo socialdarwinista sostiene que las ꞌcualidadesꞌ morales, intelectuales y conductuales de los seres humanos son un asunto biológico, mejorar los estándares biológicos —sea cual sea el significado exacto de esta expresión— de una población también implica mejorarla en términos morales y culturales. Y en tanto que los biodeterministas socialdarwinistas se mueven por concepciones racistas y clasistas, sus políticas eugenésicas están profundamente contaminadas por su racismo y clasismo. Se volverá en este escrito a esta cuestión de la eugenesia dentro de poco.

El ensayo titulado El compromiso fáustico (Alejandro Andreassi Cieri, El compromiso fáustico. La biologización de la política en Alemania, 1870-1945, El Viejo Topo, Barcelona, 2015, 386 pp.) muestra los orígenes y evolución del aquí llamado, siguiendo dicho ensayo, biodeterminismo socialdarwinista en Alemania en los años comprendidos entre 1870 y 1945, esto es, entre la unificación de Alemania en la forma del Segundo Imperio Alemán y el final de la Segunda Guerra Mundial. Lo cierto es que el libro de Andreassi dedica la mayoría de sus páginas a caracterizar el biodeterminismo socialdarwinista en unos términos similares a los que se acaban de exponer, aunque subrayando en una medida mucho mayor la dimensión económico-productiva de esta ideología y su coherencia con el capitalismo de la segunda revolución industrial. Conviene, en este mismo sentido, advertir que el subtítulo del ensayo, La biologización de la política en Alemania, es algo desorientador para el lector porque el análisis de Andreassi apenas dedica espacio a la política como tal, sino que está centrado casi en exclusiva en la ideología, excepción hecha del último capítulo, en el cual hay una detallada descripción de la legislación nazi sobre esterilización forzosa y del eufemísticamente denominado por el liderazgo nazi “programa de eutanasia”. Es decir, es la ideología, no la política, o las políticas, lo que, salvo en el último capítulo, constituye el objeto de análisis de Andreassi.

Andreassi divide la evolución del biodeterminismo socialdarwinista en tres grandes períodos: el período del Segundo Reich, y su prolongación en la Gran Guerra (capítulos II, III y IV); el período de la República de Weimar (capítulo V) y el período del Tercer Reich (capítulo VI). Durante el Segundo Reich, o Kaiserreich, que comenzó, como es sabido, con la victoria de Prusia sobre el II Imperio de Napoleón III en la guerra francoprusiana, se introdujo en Alemania la ideología estudiada en el libro. Inicialmente se combinó con el organicismo [4] y estuvo desprovista de connotaciones racistas evidentes respecto a otros pueblos euroamericanos, así como del antisemitismo racial tan omnipresente en tiempos posteriores. Pero a medida que las tensiones internacionales entre Alemania y otros poderes europeos, en especial, Gran Bretaña, Francia y Rusia, fueron creciendo y la Primera Guerra Mundial aproximándose, el racismo intraeuropeo y el antisemitismo biologicistas de presunta base científica comenzaron a jugar un papel cada vez más prominente. Papel que se vio reforzado por la idea de la necesidad de una Leistungsgemeinschaft, de una ꞌcomunidad de rendimientoꞌ en que la nueva supuesta ciencia biológico-racial debía ser utilizada para pergeñar políticas que maximizasen la productividad de los alemanes en el escenario de la lucha por la hegemonía mundial entre las grandes potencias. Un aspecto importante de la idea de Leistingsgemeinschaft que no puede dejar de señalarse es que pretendía reorientar las políticas bismarckianas de subsidios y ayudas sociales según el criterio del rendimiento económico esperable de sus potenciales perceptores, de tal modo que sólo los individuos productivos y sus familias tuvieran acceso a los mismos, no quienes los necesitasen sin más. En el transcurso de la República de Weimar (1918-1933), el grueso del biodeterminismo socialdarwinista se había convertido por completo a una visión racistas de los pueblos de Europa y al antisemitismo militante. Sus paladines buscaban desacreditar la democracia representativa, las funciones de los sindicatos obreros en la ordenación de las relaciones laborales, el incipiente estado del bienestar weimariano —cuyas bases ideológico-sociales y alcance eran bien distintos al estado social bismarckiano—, el socialismo y el comunismo presentándolos como ꞌantinaturalesꞌ, conducentes a una “degeneración” biológica del pueblo alemán que pondría en riesgo su futura supervivencia. Con la conquista nazi del poder en 1933, los ideólogos del biodeterminismo socialdarwinista alcanzaron su cénit, su máximo grado de influencia académica, cultural y política en Alemania, lo que no debe sorprender, pues muchos de ellos eran ya miembros del partido nazi y sus organizaciones auxiliares y Adolf Hitler mismo un consumado socialdarwinista admirador de las ꞌciencias racialesꞌ. En definitiva, los biodeterminstas socialdarwinistas se pusieron al servicio del Tercer Reich, justificaron su imperialismo racial y la guerra misma como medios para hacer frente a la supuesta ꞌdegeneraciónꞌ de las sociedades occidentales y a la amenaza mortal del “judeobolchevismo”. Y no contentos con su contribución ideológica participaron en el diseño ꞌtécnicoꞌ de las políticas eugenésicas seguidas por el régimen nazi. En relación con esas políticas eugenésicas, Andreassi centra su atención, ante todo, en la legislación sobre esterilización forzosa y en el programa de ꞌeutanasiaꞌ.

Como se señaló anteriormente, los rasgos físicos, ꞌproductivosꞌ, culturales y morales de los individuos y las poblaciones dimanaban, según los biodeterministas socialdarwinistas, del material biológico heredado transmitido de generación en generación a través de la historia, una historia concebida como historia natural, no como historia social no biológica. Según esta gente, esos rasgos no eran constantes, inmutables, sino que podían mejorarse o deteriorarse dependiendo de los cambios en el entorno y la existencia o ausencia de intercambios sexuales entre individuos procedentes de distintos orígenes étnicos o sociales, todo lo cual podía promover la transmisión del mejor material genético o tener el efecto opuesto. En consecuencia, era muy importante que el material genético ꞌdefectuosoꞌ existente en una población no pasara a la siguiente generación. Por tanto, el estado debía aprobar y ejecutar políticas públicas destinadas a evitar la transmisión del material ꞌdefectuosoꞌ e impulsar la del material contenido en los seres humanos genéticamente mejor constituidos. A estas políticas se las conoce, como ya se señaló antes, con el nombre de eugenesia.

Para los ideólogos nazis, la eugenesia debía comprender inevitablemente la desaparición de los portadores del material biológico ꞌdefectuosoꞌ mediante su voluntaria y, en su defecto, forzosa esterilización y, como último recurso que se fue seriamente planteando a medida que se acercaba la guerra, mediante su aniquilación física. Los argumentos economicistas (eliminación de ꞌbocas inútilesꞌ o individuos improductivos [5]; reducción del gasto público ꞌimproductivoꞌ no bélico) fueron esgrimidos sin empacho para justificar todo eso. La política de esterilización forzosa comenzó muy pronto, con la promulgación en 1933 de la Ley para la Prevención de la Progenie con Enfermedades Hereditarias (Gesetz zur Verhütung erbkranken Nachwuchses [6]), que establecía la licitud de la esterilización forzosa de los individuos susceptibles de ser adscritos a una serie de categorías de personas. Entre estos individuos se hallaban comprendidos los diagnosticados con una amplia gama de enfermedades mentales (trastorno bipolar, depresión crónica severa, esquizofrenia, psicosis, idiocia —moderna oligofrenia severa—), los gravemente deformes, los sordomudos y los alcohólicos crónicos. Con el paso del tiempo, los Tribunales de Salud Hereditaria —los organismos administrativos encargados de decidir si esterilizar o no a un ciudadano alemán en contra de su voluntad— y una retahíla de más de una decena de disposiciones reglamentarias de rango superior (Verordnungen) ampliaron la aplicabilidad de la ley a otros grupos de personas, en particular, a las personas homosexuales y a los llamados ꞌasocialesꞌ (delincuentes profesionales o habituales, vagabundos —los ꞌsin techoꞌ de nuestras sociedades—). Se cree que cientos de miles de personas fueron esterilizadas en ejecución de una orden de un Tribunal de Salud Hereditaria o sin ella (por ejemplo, en prisiones) [7].

La política de esterilización forzosa degeneró con la Segunda Guerra Mundial en un programa secreto de asesinato en masa. Durante 1939-1941, un plan de progresiva aniquilación física de los internos en los hospitales e instituciones mentales y, en menor medida, en las prisiones del Reich, conocido con el nombre en clave de Aktion T-4, fue ejecutado bajo la supervisión del personal médico de las SS. Tras el asesinato de más de setenta mil personas, el plan fue suspendido —que no anulado— cuando, por una serie de errores de sus ejecutores, la horrenda verdad fue descubierta por los familiares alemanes de las víctimas y éstos y destacados dirigentes de la Iglesia católica alemana protestaron con vehemencia ante las autoridades. El liderazgo nazi consideró que la continuación de la Aktion T-4 podría minar la moral de combate de la Wehrmacht y el apoyo de la población a la guerra, así que decidió suspenderla (pero parece ser que prosiguió en prisiones y campos de concentración). Sin embargo, toda la experiencia y el aberrante conocimiento técnico obtenidos por el personal de las SS con la Aktion T-4 tuvo una importancia capital a la hora de llevar a cabo el genocidio de personas judías, gitanas y otros grupos de seres humanos que tuvo lugar en los campos de exterminio. Una razón por la que, a juicio de Andreassi, podemos ver Auschwitz como el estadio final de las políticas eugenésicas nazis.

Sería imperdonable concluir este comentario crítico del ensayo de Andreassi omitiendo que éste nos recuerda una desmoralizadora e inquietante realidad: la alta cultura, el progreso del conocimiento —o lo que se tiene por tal— y la educación universitaria y su sistema meritocrático no inmunizan frente al mal moral y la crueldad. En efecto, el biodeterminismo socialdarwinista y las bárbaras políticas eugenésicas inspiradas por este no fueron una invención de gente basta y falta de preparación sino cosas promovidas por la academia alemana y sus estamentos profesionales, en las cuales reputados científicos, médicos y juristas tomaron parte con entusiasmo.

Para concluir diré que quizás quienes lean estas líneas piensen que lo relatado en este texto pertenece a un irreproducible pasado, pero me permito afirmar que, a la vista de que nuestro mundo se parece cada vez más a un monstruoso e inaprehensible cruce informatizado entre 1984 y Un mundo feliz, yo no estaría tan seguro de ello.

 

Notas:

[1] Extraído de A. Andreassi Cieri, El compromiso fáustico, El Viejo Topo, Barcelona, 2015, pp. 341-342.

[2] “Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu propia persona como en la persona de cualquier otro, siempre a la vez como un fin, nunca simplemente como un medio.”

[3] Que aquí se formula de una manera simplificada y condensada, pero que podía adoptar formas de engañosa sofisticación en algunos autores.

[4] El organicismo político-social es una doctrina que compara el funcionamiento de la sociedad y el estado con el propio de un organismo vivo, usualmente, con el del cuerpo humano. Para este tipo de organicismo, los miembros de la sociedad (o los súbditos del estado) son equiparables a las células de un ser vivo agrupadas en órganos. Cada uno de esos miembros o súbditos desarrolla una función vital específica conjuntamente con otros de su misma clase integrados en organizaciones sociales de la misma manera que las células forman los órganos de un ser vivo complejo, constituyendo todas esas organizaciones un sistema social complejo equiparable en su funcionamiento a un organismo biológico viviente. Los organicistas están convencidos de que el conflicto social es siempre negativo, al ser considerado el equivalente social de las enfermedades y las disfunciones de un organismo vivo.

[5] O Ballastexistenzen, literalmente, ꞌexistencias-cargaꞌ o ꞌexistencias-lastreꞌ.

[6] En virtud de los artículos 2 y 3 de la llamada Ermächtigungdgesetz o “ley de plenos poderes”, de 24 de marzo de 1933, el canciller del Reich, Adolf Hitler, podía adoptar disposiciones con rango de ley de igual valor a las aprobadas por el Reichstag, sin hallarse vinculado por la Constitución de Weimar, salvo en lo concerniente a los poderes del presidente del Reich, el senil octogenario Hindenburg. Al morir éste en agosto de 1934, Hitler asumió también la presidencia del Reich y esta última restricción formal desapareció.

[7] Téngase presente que las operaciones de esterilización de los años treinta y cuarenta eran muchísimo más peligrosas para quien las sufría que las actuales. La esterilización fue incluso practicada por medio de la exposición directa a rayos X.

11/2/2019

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