Antonio Antón

Salir del bloqueo

La victoria y el pacto de las tres derechas en Andalucía, el desalojo del Partido Socialista de la Junta y el debilitamiento electoral de las fuerzas progresistas, sean de izquierda o alternativas, ha puesto al descubierto la fragilidad de la dinámica de cambio de progreso en España. Ha sido un contrapunto a la victoria del socialista Pedro Sánchez en la investidura a la presidencia del Gobierno, con la expectativa del comienzo de un camino de progreso y de colaboración con Unidos Podemos y sus confluencias. Es necesaria una profunda reflexión y un impulso renovado para avanzar en la democracia y la igualdad, así como en la consolidación y unidad de las fuerzas del cambio.

Partiendo de estos hechos, desde un enfoque crítico de la sociología política y de los movimientos sociales, me centro en tres aspectos encadenados y complementarios para clarificar las opciones progresivas.

Primero, las dificultades y características de una estrategia de progreso por parte de las fuerzas del cambio, considerando las implicaciones del ascenso del bloque reaccionario de las tres derechas y la ambivalencia de la dirección socialista.

Segundo, cómo superar la situación de bloqueo político y, especialmente, la subjetividad de ansiedad existente en mucha gente progresista por el temor a un retroceso político y representativo, así como fortalecer, con fundamentos realistas, una activación cívica y una voluntad colectiva igualitarias y democratizadoras en torno a un renovado proyecto de país, democrático, social y plurinacional.

Tercero, cómo avanzar en una vertebración organizativa del conjunto de las fuerzas del cambio y, en particular, de Podemos sobre la base de una unidad y colaboración desde la pluralidad y el talante democrático e integrador, puestos en cuestión ahora por la crisis en Madrid (y estatal), a raíz de la candidatura autonómica de Íñigo Errejón con la plataforma Más Madrid y la respuesta contundente de la dirección.

Debates estratégicos y opciones políticas

En dos artículos recientes en Público (21/11), “El sendero socialista hacia las elecciones”, y en mientrastanto.e n.º 175 (enero de 2019), “Una oportunidad para el ‘sanchismo’”, he explicado la política del Gobierno socialista, sus apuestas y gestos positivos (acuerdo presupuestario, desescalada en Cataluña…), así como sus oportunidades y limitaciones; la principal: su indeterminación estratégica para consolidar un cambio sustantivo y una alianza de progreso, ahora y para la próxima legislatura. No me detengo en ello.

Señalo ahora un diagnóstico sintético de las fuerzas sociopolíticas, la inadecuación analítica y discursiva dominante y su influencia sobre la credibilidad transformadora alternativa.

Con la expresión pública, hace casi una década, de una amplia corriente sociopolítica indignada de carácter progresista y democrático frente a las clases gobernantes y su gestión regresiva, se rompió el relativo consenso político en torno al bipartidismo de la derecha liberal-conservadora y la socialdemocracia.

En particular, con la aparición de Podemos (y sus aliados), hace un lustro, se conformó un tercer espacio político alternativo. No hay dos bloques (o tendencias), sino tres (cuatro, contando con las corrientes nacionalistas). Este nuevo conglomerado democratizador y crítico responde a una demanda cívica y de justicia social basada en la igualdad y la solidaridad como valores republicanos, populares o de izquierda. Y está distante de otras tradiciones conservadoras, socioliberales o autoritarias. Era ineludible afirmar su carácter diferenciado de la vieja socialdemocracia, así como de sus componentes neoliberales y su dependencia de los poderes establecidos.

La dicotomía político-ideológica e institucional izquierda/derecha, con el monopolio del Partido Socialista a esa primera nominación, expresaba el viejo equilibrio bipartito y oscurecía el campo político emergente con un perfil democrático y de progreso, ya existente en el ámbito social. Extender ese esquema con las categorías centro y extrema izquierda sigue sin clarificar el carácter y la importancia de la nueva tendencia alternativa y contribuye a infravalorarla, deformarla y estigmatizarla (junto con otros apelativos: radical, izquierdista, populista…).

La dicotomía sociodemográfica élites (o arriba)/pueblo (o abajo), desde el año 2015, con el acceso alternativo en los ámbitos institucional, municipal, autonómico y parlamentario, es demasiado esquemática para definir la diversidad y el sentido de los adversarios, las alianzas y su base social, elementos clave para explicar los procesos sociopolíticos y elaborar e implementar una estrategia política y unos objetivos transformadores.

El problema interpretativo principal de ambos esquemas, objeto de controversia política, histórica y teórica, es dónde situar al Partido Socialista y al espacio alternativo, juntos o por separado y cómo nominar el conjunto. Es decir, predefinen qué intereses y objetivos compartidos u opuestos existen y cuál es el camino por recorrer juntos, de forma paralela o contraria. O, dicho de otra manera, en qué medida, momentos y condiciones son adversarios o bien socios y aliados para las fuerzas del cambio.

Esa ambivalencia socialista facilita el acuerdo en el ámbito local y autonómico, sobre todo en condiciones de mayor representatividad y control institucional alternativo, como en los Ayuntamientos del cambio. Y dificulta en los ámbitos estatal y europeo, más constreñidos por las estructuras económicas y los poderes establecidos.

La cruda experiencia del bloqueo político

El año 2016 supone una cruda experiencia: por un lado, la operación gran centro del pacto Sánchez/Rivera, con un programa socioeconómico neoliberal y continuista en lo territorial, así como con la subordinación de Podemos, Izquierda Unida y las convergencias, cuyas bases la rechazan justamente; por otro lado, el atisbo del desalojo progresista de Mariano Rajoy que el ‘susanismo’ neutraliza con la defenestración de Pedro Sánchez y la vía libre a la gobernabilidad del PP y el aislamiento alternativo de los nacionalistas catalanes. Esa pretensión centrista, normalizadora y autoritaria supone un gran desgaste de las expectativas populares de cambio de progreso y una fuerte inclinación a la pasividad y la resignación ciudadana.

En el último año, 2018, la activación sociopolítica, principalmente del movimiento feminista y los pensionistas, junto con la tenacidad crítica de las fuerzas del cambio y la firmeza del nuevo Sánchez, vencedor en las primarias socialistas, refuerzan la pugna contra la ‘normalización’ derechista; facilitan su investidura y favorecen esta nueva andadura provisional de aproximación entre ambas tendencias y la movilización social y feminista. Esa última evolución positiva no es definitiva ni firme como para aventurar un proceso de cooperación leal hacia un gobierno de coalición y unas políticas unitarias de progreso, más mediando el conflicto catalán y aunque se consigan avances en otros ámbitos municipales o autonómicos y en el propio pacto presupuestario. Pero constituye un paso necesario de confianza mutua entre las dos tendencias progresivas y mayor credibilidad compartida ante la sociedad. Su bloqueo es lo que produce frustración popular.

En todo caso, volvemos a estar ante tres escenarios, con tres tipos de alianzas entre los tres bloques o tendencias políticas: a) involución regresiva, centralizadora y autoritaria con el pacto de las tres derechas; b) gran centro con un pacto socioliberal y continuista en la articulación territorial entre Partido Socialista y Ciudadanos; c) un pacto de progreso entre PSOE y Podemos y sus aliados (y la aceptación nacionalista), con un nuevo ciclo democratizador, igualitario y plurinacional.

Por tanto, la dirección socialista, aparte de su diferenciación con la tercera vía centrista y neoliberal, mantiene una vía intermedia y ambivalente: depende y colabora con los poderes establecidos; representa demandas de una parte popular progresista. Ni es solo oligárquica (o de derechas o neoliberal), ni solo democrática (o progresista o de izquierdas). Cuando se utilizan estas expresiones inclusivas hay que diferenciar los dos polos internos y la persistente ambivalencia, asimétrica en cada circunstancia, de la socialdemocracia, junto con otras reacciones sectarias. No hay un campo homogéneo con la pugna por la visibilidad o completa hegemonía de una de las dos partes progresivas.

El reconocimiento de ese statu quo relativo es necesario, aunque las pugnas y las treguas sean prolongadas, sucesivas y no siempre democráticas. La combinación de colaboración y oposición es compleja y sometida a las condiciones de cada coyuntura. Evitar los riesgos de los bandazos de una posición a otra, sin suficiente fundamento, o cómo convivir con las dos al mismo tiempo, con las dosis e interacciones adecuadas, es lo habitual de la gestión política, de alianzas y la gestión institucional de progreso. Pero exige debate paciente, respeto a la pluralidad, cultura democrática y actitud constructiva. Y no siempre se expresa con claridad.

La difícil gestión de la subjetividad y los liderazgos

La indecisión socialista sobre el tercer escenario y la posibilidad real de los dos primeros genera lógica preocupación a la gente progresista y de izquierdas. El futuro de progreso pasa por la tercera opción; pero su materialización no es segura. No se trata de deseos de la élite representativa o de muchos activistas. El discurso determinista o voluntarista de una tendencia ascendente imparable que asegura ganar, a corto plazo, el poder institucional ha dejado de tener credibilidad; particularmente, con el relativo estancamiento de estos tres años y la experiencia de las dificultades, cuando además asoman riesgos de retroceso. Ahora hay que combatir el fatalismo: la impotencia y la resignación y, su contrario, las salidas falsas.

Pero el discurso voluntarista, por sí solo, es insuficiente. La aspiración para ganar las instituciones e implementar un cambio profundo se debe sustentar en el realismo, al mismo tiempo que en los valores éticos. Hay que combinar, como decía Max Weber, uno de los fundadores de la sociología, la ética de la responsabilidad, según resultados, y la ética de la convicción, con objetivos transformadores, sentido de la justicia y principios emancipadores; con un tercer elemento (aristotélico): la fortaleza de carácter y la valentía controlada.

Solo que, en el peor de los escenarios, de involución social y autoritaria de las principales instituciones y aislamiento de las fuerzas del cambio, la crisis consiguiente del modelo truncado de progreso, para la gente y la élite sociopolítica y representativa, crearía otra subjetividad, derrotista, y exigiría otra actitud de reafirmación democrática. Su impacto en Madrid (no ganar la Comunidad Autónoma y/o perder el Ayuntamiento), agudizaría esa sensación. Pero no seamos agoreros y, para momentos difíciles, citemos la sugerencia de otro autor distinto, Gramsci: pesimismo de la razón (realismo) en el análisis de la realidad y optimismo de la voluntad transformadora.

Hace dos años, en torno al proceso de la Asamblea Ciudadana de Podemos de Vistalegre II, publiqué, en Nueva Tribuna (11/01/2017), un artículo titulado “Podemos: Aprender de los errores”, con una reflexión crítica y la demanda, mayoritaria, de defender la unidad dentro de la pluralidad y reforzar un talante democrático y respetuoso. A la vista de los últimos acontecimientos en Madrid, tengo que afirmar que no solo hay personas que no aprenden, aunque haya habido treguas, sino que se reincide en errores con efectos destructivos para un proyecto común de cambio. Sin entrar en los detalles, valga una reflexión general al hilo de este tema sobre los grandes dilemas estratégicos para un cambio de progreso que es la cuestión de fondo que se debería dilucidar, para situar en otro plano los empecinamientos de parte.

No reincidir en los errores

Hace falta mejorar el proyecto, los discursos y los liderazgos alternativos y, en todo caso, evitar cometer grandes errores políticos y organizativos, especialmente actitudes poco pluralistas. Una ocasión clave sobre la capacidad democrática e integradora de los distintos dirigentes implicados la ofrece esta nueva crisis en Podemos de Madrid, ciudad y Comunidad Autónoma. El reto era demostrar, internamente, la capacidad unitaria de resolución del conflicto, en beneficio de un proyecto colectivo.

Parece que la división es irreversible, enquistada y dolorosa. Toca controlar los daños, evitar males destructivos mayores, aprender de los errores de sectarismo, rigidez e intolerancia y buscar un mínimo entendimiento. Seguirá pendiente la definición estratégica para asegurar un cambio de progreso y los liderazgos adecuados para ello, supuestos objetivos compartidos de todo el conglomerado. Como la deliberación ya está sesgada, la experiencia, con la aspiración a superar deficiencias y errores, dará más luz, aunque sea sometida a la pugna interpretativa y legitimadora de cada parte.

La gestión democrática de esta crisis es fundamental para un liderazgo político con credibilidad social para gestionar la pluralidad de posiciones y los intereses y demandas diversos de los distintos actores sociales y políticos. Se trata de construir un liderazgo democrático y ganador, imprescindible para consolidar y ampliar los electorados alternativos y legitimar su representación. Si fracasa en una gestión y solución integradora y no se supera el sectarismo y los intereses corporativos, perdemos toda la ciudadanía crítica y la mayoría no merecemos sus perjuicios.

La tarea de ampliar la base social y electoral del cambio es independiente del tipo de fórmula representativa: la plataforma de confluencia en Andalucía o antes en las últimas elecciones autonómicas en Cataluña (no en las generales), ambas necesarias, no han evitado el descenso electoral; plataformas municipalistas plurales y unitarias como Ahora Madrid o Barcelona en Comú han tenido grandes éxitos y construido prestigiosos liderazgos. Hay que volver la vista a las dinámicas sociopolíticas de fondo y las estrategias que expresan discursos y liderazgos creíbles; o, si se prefiere, la orientación política y la calidad democrática, ética y organizativa de la representación y articulación partidista. El discurso, los liderazgos y la estrategia política son importantes, con la condición de que estén arraigados en la mayoría social y sean fuertes los vínculos y la interacción con las capas populares.

Pero, sobre todo, las palancas fundamentales del cambio vienen de la propia sociedad civil, de la participación ciudadana, la movilización sociopolítica y la protesta social democrática y progresiva de múltiples actores sociales, desde su autonomía respectiva. Y esa esfera de lo social, atravesada por un extenso tejido asociativo (desde el movimiento feminista al movimiento sindical o vecinal y numerosas asociaciones y plataformas cívicas), condicionado por distintas estructuras de poder y dominación y con diferentes motivos frente a la subordinación, precariedad y discriminación tienen su propia, específica y diversa dinámica reivindicativa y expresiva.

Y todavía más es necesario un talante autónomo y superador de la propia fragmentación, cuando la fórmula partidista o los liderazgos institucionales se adjudican una función representativa o gestora, sin mucha capacidad articuladora de la dinámica asociativa y movilizadora de base, responsabilidad en la que muchos dirigentes políticos se declaran impotentes o sin competencia. Los dos mundos, el partido-institución (el partido-movimiento tiene poca operatividad) y la participación cívica, corren de forma paralela. Pero, lejos de la clásica y nefasta instrumentalización electoralista o la reacción apolítica, la tarea común de un cambio de progreso con valores solidarios aconseja mutuo reconocimiento, perspectivas compartidas y colaboración fraternal.

En la medida de esa activación cívica y democrática se modificarán las trayectorias sociales de fondo que luego se expresan en los campos electorales. No hay atajos y menos los simplemente discursivos. Así, se genera la ilusión, las expectativas y la dinámica de un cambio auténtico de progreso, condicionando las vacilaciones de la dirección socialista y afianzando una alianza leal y la credibilidad transformadora que beneficie realmente a la mayoría social subordinada.

Un proyecto renovado de cambio

La apuesta del Gobierno socialista es un paso positivo de cambio y regeneración, pero insuficiente en lo socioeconómico, retórico en lo nacional y limitado, cuando no contradictorio, en las necesarias reformas sociales, laborales y políticas. Es un plan transitorio, sin garantías de su plena aplicación ni de su continuidad en un sentido de progreso. Es dependiente de su prioridad partidista por el ensanchamiento de su base electoral para incrementar su poder institucional y su margen de maniobra en la negociación de su preponderancia, programática y gestora, dentro de los equilibrios a pactar a su derecha (Ciudadanos) o a su izquierda (Unidos Podemos…), según le convenga tras las próximas elecciones locales, autonómicas y, sobre todo, generales.

Sin embargo, esa calculada indefinición genera desconfianza en ambos posibles socios, particularmente en los segundos que temen el aislamiento institucional y el bloqueo del cambio real. Los primeros (C’s) tienen la certeza de poder sumar con las derechas o, si no, con el PSOE, siempre con el deseo de neutralizar cualquier giro hacia la izquierda. Pero, particularmente, esa ambigüedad estratégica gubernamental, junto con una gestión timorata y retórica, genera incertidumbre popular sobre el tipo de ciclo político probable que se va configurando: gran centro o de progreso. Esa posición socialista difusa, sesgada más por la opción centrista y nacional-españolista del ‘susanismo’, no rearma o moviliza a la gente progresista tras una mejora sustantiva, social y democrática, siempre incierta y difícil. Y, además, como en Andalucía, no tiene la garantía de conseguir más apoyo ciudadano y poder frenar la involución reaccionaria comandada por las derechas.

Por tanto, la principal insuficiencia de la dirección socialista es la falta de determinación estratégica de los dos ámbitos fundamentales: implementar una firme política social, económica y fiscal progresista, empezando por el cumplimiento estricto de su acuerdo político con Unidos Podemos; articular una respuesta integradora del pluralismo nacional y democrática respecto del conflicto catalán, con un proyecto de país de países y comenzando por una respuesta proporcional y democrática a la petición desproporcionada de rebelión y la prisión provisional. Son dos elementos clave para fortalecer la unidad y la decisión de las fuerzas que propugnaron el desalojo gubernamental del Partido Popular y facilitaron el cambio gubernamental. Pero, sobre todo, generaría la dinámica y la expectativa necesarias para ganar las elecciones generales con un horizonte democrático, igualitario, solidario y de progreso.

O sea, la dirección socialista, en la práctica y en su apuesta estratégica, está en una posición intermedia, compatible con una inaplicación real y sustantiva de esos gestos políticos y una posible alianza de gran centro con Ciudadanos. Ya ha sido adelantada según los resultados previsibles, en algunas Comunidades Autónomas y sin descartar para el gobierno tras las elecciones generales. Es una realidad posible que se impone machaconamente y que desactiva la dinámica, la confianza y la expectativa de una estrategia conjunta por un cambio real de progreso.

Así, se cuestiona la imagen y el discurso de la existencia de un mismo campo político y de alianzas común con el bloque de las fuerzas del cambio o el bloque nacionalista. La dirección socialista, más ante la nueva ofensiva de las derechas, se muestra no más firme y definida, sino más vacilante y temerosa respecto de sus anuncios de giro social, democrático y plurinacional, quedando en gestos retóricos, y dejando abierto el acuerdo centrista.

Pero ello supone un reajuste del análisis de la relación de fuerzas y las estrategias de cambio. No habría dos campos, el reaccionario-derechista y el democrático-progresista sino tres (cuatro, con los nacionalistas), ya que en ese supuesto segundo hay dos polos diferenciados. La relación de las formaciones del cambio con el Partido Socialista no se establece con un aliado estratégico del mismo bloque (histórico) con el que cooperar en un recorrido común con un complemento de competencia virtual, con argumentos discursivos, para demostrar quién lo hace mejor. La cuestión es que, a veces, los caminos son distintos, incluso contrarios. La tarea conjunta es cómo asegurar el acuerdo o convivir en el desacuerdo, evitando el aislamiento propio alternativo.

Por otra parte, esa dura realidad de refuerzo de las derechas no necesariamente significa una trayectoria imparable hacia una involución política generalizada, tal como vaticinan las derechas y empieza a temer mucha gente. Pero no es un hecho aislado. Indica la existencia de una profunda pugna de fuerzas sociales y económicas, con importantes corrientes conservadoras, segregadoras y reaccionarias. Igualmente, se consolidan dinámicas nacionalistas excluyentes de signo españolista y centralizador, junto con el enquistamiento del conflicto catalán, que agudizan las dificultades para la articulación plurinacional y la convivencia democrática. Así mismo, persiste cierta debilidad del impacto estructural de la movilización cívica, así como deficiencias políticas e institucionales.

Demuestra la existencia de un bloqueo transformador del poder establecido hacia un cambio de progreso sustantivo y la profundización democrática, una falta de credibilidad ciudadana de las fuerzas y proyectos progresivos, una inconsistencia de discursos, estrategias y liderazgos alternativos. En consecuencia, existe un riesgo real de regresión autoritaria, de imposición de la ‘normalización’ institucional con cierre de la oportunidad de cambio de progreso y el retroceso de su apoyo popular.

En particular, explica la incapacidad representativa e institucional de las llamadas fuerzas del cambio para garantizar la consolidación de un campo democrático-progresivo e implementar un giro igualitario en lo social e integrador y pluralista en la articulación de lo nacional. Esa relativa impotencia transformadora, la crisis de la confianza en una dinámica ganadora ascendente, con su impacto en la subjetividad popular, y el desconcierto interpretativo y de legitimación de los distintos actores, acentúan la oscuridad respecto de las salidas. La crisis actual en la dirección de Podemos en Madrid (y en la estatal) no solo expresa división sino impotencia para abordarlas de forma sensata y unitaria.

En definitiva, si se clasifica a la dirección socialista con los de arriba o con la derecha (o con una izquierda o centroizquierda similares a la derecha), automáticamente y de forma estructural, serían adversarios estratégicos como las derechas. Solo cabrían acuerdos muy puntuales o genéricos (democráticos, de Estado, nacionales o procedimentales), pero no para el acceso y la gestión del poder institucional, sobre lo que primaría la confrontación o el antagonismo. Si se consideran en el mismo campo (de los de abajo, democrático o de izquierdas) que la tendencia democrático-igualitaria alternativa, se da por supuesto la dimensión estratégica de la pertenencia común, los intereses compartidos y la cooperación política, dejando como secundaria o en diferencias parciales la competencia, la crítica o la oposición, o solo en el plano cultural o discursivo.

No es solo ni principalmente una cuestión analítica; acertar con el diagnóstico sobre los escenarios y las tendencias políticas y una adecuada elaboración sobre el contenido y el tipo de alianzas a tejer tiene enormes implicaciones políticas y estratégicas. Sin embargo, sigue siendo fuente de división y conflictos en Podemos y demás confluencias, agudizado en estos momentos en Madrid. La articulación de este conglomerado, tan diverso y plural, es compleja: pero es un reto estratégico imprescindible, también para la construcción de liderazgos democráticos y unitarios.

Desde una perspectiva más amplia, una vez que los dirigentes alternativos han ido admitiendo que ‘solos’ (y frente al resto) no cuentan con el apoyo de una mayoría social suficiente y no pueden garantizar el control del poder institucional y cambiar los sistemas político, económico y la articulación nacional, pasa a primer plano la definición de las alianzas: la tarea de ganar representatividad se asocia a gobernar juntos, con su equilibrio en la gestión y su carácter programático.

El problema de fondo alternativo: tener credibilidad para garantizar un cambio real en las condiciones de la mayoría social y la dinámica política e institucional, con la articulación plural y unitaria correspondiente.

@antonioantonUAM

23/1/2019

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