Nuestras contradicciones

Juan-Ramón Capella

En los años ochenta, los trabajadores de una empresa que tenía que cerrar porque utilizaba o producía amianto y asbesto en S. Cugat del Vallès, se opusieron resueltamente a su cierre. Trabajadores de la época en que cualquier amenaza laboral encontraba la respuesta de una huelga. Trabajadores, en suma, que preferían cultivar su propio cáncer a perder o cambiar su puesto de trabajo.

Muy recientemente han vuelto a ponerse de manifiesto nuestras contradicciones —las nuestras, las de los de abajo, como en el caso que se acaba de mencionar—. Los trabajadores de Navantia se han opuesto a no vender buques de guerra a la Arabia saudí por temor a perder sus puestos de trabajo. A nadie se le escapa que el gobierno saudí es muy rico, pero también uno de los más reaccionarios y crueles del planeta, que en estos años combate contra Yemen en uno de los bandos de su guerra civil, y que ha suministrado armas químicas a alguno de sus grupos títere en la guerra contra el régimen político sirio.

El contrato de Navantia, una empresa pública, es muy apetitoso, como enriquecedor ser uno de los países que más sirven al gobierno saudí. Los socialistas, por boca del presidente del gobierno, apoyan la venta de armas de guerra. Como si dijeran lo de Groucho Marx: si no les gustan mis principios no se preocupen; tengo otros.

Este es el asunto que peor huele desde la llegada de P. Sánchez al gobierno.

Por otra parte, otra noticia, que afecta esta vez al movimiento feminista. Se trata del trato discriminatorio a una mujer en el ejército.

No hace falta que nos lo juren para que creamos que eso es verdad. Pero ¿es más importante la discriminación femenina que la oposición a las guerras? Esta vez la contradicción de los de abajo consiste en tener que atacar la desigualdad de género sin entrar en la crítica —es lo que hay, que suele decirse— a la preparación para la guerra (incluida la civil si se tercia), que es la finalidad principal de la existencia del ejército.

La verdad, me cuesta defender a alguien que voluntariamente se integra en un ejército.

Comprendo la bondad de labores que realizan ciertas unidades del ejército, como la unidad especial de emergencias. Pero esas labores no son el centro de la actividad de la institución.

Las nociones de «intervención humanitaria» y de «guerra preventiva» me parecen pseudoconceptos, meros inventos retóricos para encubrir las sucias operaciones del poder político y económico.

La pregunta ante estos asuntos —las contradicciones en el seno del pueblo— es: ¿no hay instituciones como los sindicatos que en su día pudieron incidir en la fabricación de armas de guerra? ¿No hay posibilidades de una producción alternativa? ¿No se trata de empresas públicas? Si resulta que las operaciones económicas acaban tocando a la política, ¿no tienen obligaciones, algo que decir o que hacer, las autoridades políticas antes de que estallen las contradicciones? Y más en este caso: Navantia es una empresa pública: ¿quiénes son los responsables reales de este desaguisado?

La educación política de los de abajo deja aún mucho que desear. Entre ellos y la política de verdad ha sido interpuesta una capa de tertulianos y otros retores que desvían la atención de los verdaderos problemas (que probablemente ni conocen). Que son: los ecológicos, que exigen una producción ecológica, con decrecimiento en algunos sectores —y crecimiento en otros, como la medicina—; los de la paz, que llevan a exigir la renuncia a la guerra y a la participación en alianzas militares; los de la desigualdad de género, que será un combate largo y que exige un cambio en la educación de hombres y mujeres; los problemas de las desigualdades clasistas, que exigen poner límites al poder de la plutocracia. Y los europeos, los problemas que plantea esa alianza de España a una cosa que se ha transmutado en otra.

25/10/2018

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