La batalla de Barcelona

Albert Recio Andreu

 

I

En todas las contiendas hay situaciones en las que cada parte considera que se está en un momento decisivo. Cuya resolución se considera decisiva para el resultado final. Sea en una conflagración bélica, una competición deportiva o un enfrentamiento político. Allí donde cada parte está dispuesta a concentrar mayores esfuerzos para llevarse la victoria. En el panorama político español las próximas elecciones municipales en Barcelona se plantean como uno de estos nodos donde todos los partidos consideran crucial triunfar en las elecciones.

Convergen en la ciudad muchos elementos que explican por qué la mayoría de fuerzas políticas consideran estas elecciones como de especial importancia.

En primer lugar está el conflicto catalán, un conflicto cuyo impacto alcanza a toda la política española. Para independentistas y unitaristas ganar Barcelona tendría un poder simbólico de primer orden.

En segundo lugar está el propio atractivo de la ciudad. Aunque ahora la mayor parte de fuerzas políticas tratan de argumentar que la ciudad ha entrado en decadencia, lo cierto es que sigue gozando de una buena imagen exterior, posiblemente con una proyección internacional superior a la de Madrid y, por ello, se trata de un magnífico trofeo a conquistar.

En tercer lugar la propia composición del consistorio barcelonés favorece que diversos actores pugnen por la victoria: siete formaciones políticas se reparten los escaños y si la suerte acompaña en las votaciones (las propias y las del resto) es posible conquistar la alcaldía sin alcanzar un éxito apabullante. Esto es lo que ha ocurrido en el mandato actual, donde los Comuns han podido controlar el Ayuntamiento con sólo 11 concejales gracias a que el reparto de escaños entre el resto impedía que se formara una coalición alternativa. Casi todos los cuarteles generales sueñan con que en esta ocasión los movimientos de votos les den el triunfo o les permitan constituir una mayoría diferente.

Y en cuarto lugar está el hecho que el Ayuntamiento actual esté en manos de una fuerza política atípica, integrada básicamente por gente alejada de las élites, con cierta conexión con los movimientos sociales, con políticas que atentan contra los intereses de poderosos grupos o sectores económicos (o cuando menos los limitan). Esto es también lo que ocurre en otras ciudades españolas donde triunfaron los “Ayuntamientos del cambio”, pero en Barcelona está agudizado por tratarse de una ciudad emblemática. Porque Ada Colau es un personaje más radical que, por ejemplo, Manuela Carmena. Hay que entender que para los grupos económicos dominantes en la ciudad decisiones como el PEUAT (que trata de regular la expansión de los hoteles), las moderadas políticas de vivienda o las iniciativas orientadas a municipalizar la gestión del agua son consideradas intolerables.

Según cual sea la evolución de los calendarios electorales (generales y autonómicas), las elecciones municipales tendrán más o menos impacto en la política general. Pero lo que es indudable que en la lucha por el control de Barcelona se juegan aspectos importantes de la evolución futura de las ciudades.

II

La guerra de desgaste hace tiempo que está en marcha. Se han creado medios de comunicación locales (Metrópolis Barcelona), se han promovido entidades “ciudadanas” y hay un continuo bombardeo mediático para propiciar la necesidad de cambio. A menudo el gobierno local ha quedado aislado y se ha tenido que enfrentar al voto en contra del resto de partidos (una amalgama que va desde el Partido Popular a la izquierdista CUP). Hay mucho de sectarismo en estas votaciones (aunque a veces los Comunes no han tenido la capacidad diplomática que hay que desarrollar necesariamente cuando se está en minoría), que parecen más orientadas a generar una imagen de parálisis que a afrontar los grandes retos ciudadanos. Y ahora  toda la oposición aspira a desalojar als Comuns y estamos asistiendo a los primeros movimientos de asalto al poder.

Y lo primero que se observa es que Ada Colau sigue siendo el enemigo a batir. Lo que más define esta posición es que, excepto el Partido Socialista, todos los que aspiran al triunfo han cambiado de candidatos. Tanto en el lado independentista —ERC ha retirado de un plumazo a Alfred Bosch, PDCAT está pendiente de ver como acaba el pulso entre el sector moderado y los afines a Puigdemont— como en el lado unionista —con la emergente figura de Manuel Valls—. Esta última es sin duda la operación más vistosa y la que muestra la complejidad de la política local. Inicialmente Valls ha sido invitado por Ciudadanos a encabezar su lista. Tras su triunfo electoral en las autonómicas la formación naranja piensa que puede llegar en primer lugar. Pero son conscientes que ninguna de sus figuras locales da el peso. Y optan por un candidato importado que pueda forzar la creación de una coalición españolista que sume a la vez a PP y PSC. No parece que pueda funcionar, pues ello supondría que estos últimos se someten a la estrategia de Albert Rivera. Valls tiene además diversos problemas: desconoce la ciudad, viene de una trayectoria que facilita las críticas de sus oponentes, y su imagen social resulta distante al caladero de votos obreros que se expresaron el pasado 21-D. Seguramente puede resultar un candidato atractivo para la gente de orden moderada harta de los excesos y la incertidumbre que generan los independentistas. Pero para ganar hay que sumar mucho voto en los barrios obreros y este es mucho más incierto de obtener cuando las elecciones no se juegan en clave de referéndum independentista. Sólo si las elecciones se vuelven a plantear en los términos de una elección “nacional” —algo que se reforzaría si hubiera una sola candidatura independentista, lo que no parece probable— la opción Valls puede resultar una estrategia ganadora. Hay en cambio bastantes probabilidades para que el contexto electoral vaya por otros derroteros.

Por ello, los movimientos subterráneos van en direcciones diferentes a las del enfrentamiento “nacional” y posiblemente se traducirán en muchos de los ejes del debate municipal. Fundamentalmente hay dos  espacios donde se está situando el debate: el económico y el de la seguridad.

El debate económico se centra en que Barcelona ha perdido dinamismo. En esto coincide toda la oposición aunque cada cual pone el acento en lo que le interesa. Para los unos el problema es la revuelta independentista. Para casi todos es la acción de un ayuntamiento anticapitalista y dogmático. En cambio, las cifras estadísticas no justifican este estancamiento. De hecho, la evolución financiera del municipio y el dinamismo empresarial se han mantenido y el gobierno local en bastantes aspectos ha sido moderadamente favorable a los intereses de los negocios. En el conflicto más agudo, el de la ocupación de los espacios públicos por las terrazas de bares y restaurantes, al final el Ayuntamiento ha aceptado la mayor parte de sus reivindicaciones. Queda en pie la cuestión del agua, pero esto afecta solo a una empresa que está desplegando una campaña por tierra, mar y aire, para mantener intactos sus privilegios. Una experiencia para ilustrar un libro de texto sobre la actuación de los lobbies.

El de la seguridad es un tema más complejo y fácil de incendiar. Barcelona, como el resto del país, tiene bajos índices de criminalidad. Pero existen algunos focos de conflicto —el mayor, el de pisos ocupados y transformados en comercios de drogas ilegales que generan un enorme padecimiento al entorno— cuya existencia produce una enorme tensión social. Los problemas de seguridad casi siempre se confunden con los de convivencia. Y de estos hay en abundancia en una ciudad tan densa. Conflictos especialmente asociados con el ruido (especialmente en las zonas de ocio), la suciedad (en gran parte generada por un ineficiente e inadecuado sistema de recogida de basuras, así como por la proliferación de perros), los usos viarios (donde la irrupción de los nuevos cachivaches de transporte provocan nuevas tensiones) y el acceso al espacio público. El peligro en estos casos es que se imponga la creencia de que con mano dura todas estas cuestiones tengan un fácil arreglo. Y un peligro aún mayor es que se mezclen directamente con la cuestión migratoria. Un  pastel demasiado apetitoso para que la derecha no juegue con ellos.

Por ello, en la forma en que se vehiculen estos temas y en que se desarrolle la campaña nos jugamos muchas cosas. Sobre todo el riesgo de que se imponga un modelo de ciudad totalmente “business friendly” (como ya pudimos experimentar en los cuatro años del ayuntamiento Trias), de políticas autoritarias y xenófobas. Nos jugamos también que si se impone una de las dos corrientes nacionalistas —la independentista catalana o la unitarista españolista— la ciudad esté atravesada por un duro conflicto convivencial.

III

La situación es complicada pero puede tener una salida positiva. El casting de candidatos de la oposición muestra que el liderazgo de Ada Colau aún es importante. Las encuestas, hasta ahora, le siguen dando resultados sólidos y a ello puede haber contribuido alguna de las acciones más positivas del mandato: aumento del gasto social, mejoras en la participación y la transparencia, promoción de la bicicleta, acciones urbanísticas en barrios obreros, lucha contra los desahucios, extensión de actividades culturales a los barrios….

Hay que ser sin embargo conscientes de algunas cuestiones. La primera es que ningún Ayuntamiento por radical y comprometido que sea cambia la vida de la gente en un mandato (tampoco un gobierno, pero este tiene muchos más resortes de intervención). Y mucho menos cuando este mandato coincide con un periodo de regresión política en el resto de administraciones. Ello supone que la percepción que tiene la población de a pie es siempre mucho más parcial, sesgada, que la que tiene quien desarrolla esta política (incluso de la que tienen los activistas de entidades y movimientos sociales que están a diario “peleando” con la administración). Lo que quiere decir que ya no se puede contar con el efecto ilusión que generó una ola ganadora en el anterior proceso electoral y que los relatos de la oposición tienen mayores facilidades de llegar a la gente. De ahí la insistencia de éstos en recordar el incumplimiento del programa de vivienda, a pesar que realmente se ha hecho un esfuerzo por evitar desahucios y se han emprendido políticas de vivienda más decididas que en mandatos anteriores. Un discurso centrado en contar que lo realizado es inocuo. Por todo ello, hay que difundir lo que se hace, reconocer en lo que se falla, explicar las dificultades reales y exponer lo que se podrá hacer con realismo y tesón. Saber elegir un discurso sincero, realista, va a ser crucial para encarar críticas y animar a continuar

En segundo lugar, hay que entender la compleja estructura social de la ciudad. Hay enormes diferencias sociales, que se reflejan en indicadores sociales como el de renta por barrios, además atravesadas por la percepción de pertenencia nacional. Las políticas de izquierda sólo son posibles si se consigue articular una alianza entre parte de las capas medias asalariadas (mayoritariamente catalano-parlantes) y la clase obrera industrial y de servicios (mayoritariamente castellano-parlante). Esto solo se consigue combinando a la vez políticas transversales basadas en el reconocimiento de cuestiones comunes y una atención a los problemas de los barrios periféricos. De hecho en las anteriores elecciones se tuvo la capacidad de obtener buenos resultados en los distritos de clase media, y rotundos en los barrios obreros. Colocar en el centro las cuestiones que son transversales, como la mejora del medio ambiente, los problemas de género, la mejora de los servicios públicos y una eficaz acción allí donde hay más necesidades, resulta crucial. Algo que no sólo requiere de buenas palabras sino también de acciones y organización. Y que tiende a quebrar el debate nacional.

Por último está la cuestión de la movilización de las propias fuerzas. Los Comunes llegan a las elecciones con un importante desgaste organizativo. En parte porque tienen que hacer frente a un problema endémico en todo el cuerpo social de la izquierda (partidos, sindicatos, asociaciones de vecinos, movimientos ecologistas…): la dificultad de generar y mantener una masa crítica de cuadros capaces de realizar una labor eficaz a largo plazo. La derecha lo tiene más fácil gracias a que controla la mayor parte de instituciones y tiene los recursos y los cuadros provinientes de la empresa privada. Y esa débil masa social que mantiene muchas organizaciones está sometida a un nivel de estrés que genera agotamiento, deserciones etc. En parte también porque las disensiones internas —en torno fundamentalmente a la cuestión nacional y a la pelea por el reparto de cargos— han generado situaciones complicadas (como muestra la dimisión inesperada del coordinador general Xavi Domenech). Hay demasiado ego maleducado y demasiada persistencia de culturas grupales que confunden sus intereses con los de los colectivos y que prefieren provocar incendios a construir cuando no son protagonistas. Y cuando hay un reto a plazo fijo, lo que hace falta es precisamente lo contrario: generar una acción colectiva capaz primero de movilizar a la propia gente y después de exportar este optimismo a los interlocutores esenciales.

La batalla de Barcelona no va a ser la definitiva. Nunca la hay. La transformación social es un proceso lento y a largo plazo. Pero de cómo se resuelva dependerá una parte importante del futuro de la izquierda. Dependerá que Barcelona siga siendo un polo de progresismo o que sea una más de las ciudades-mercancía,  individualistas, que proliferan en el mundo.



28/9/2018

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