Amenazas veraniegas

Albert Recio Andreu

I

El verano es época de vacaciones y calma chicha. Al menos desde que la clase obrera consiguió el derecho a tener un periodo de tregua laboral y el consumismo se adueñó de la vida cotidiana. Pero, a veces, en el letargo veraniego se generan dinámicas que después explotan con la vuelta a la “normalidad”. No hace falta ir muy lejos en el tiempo. El fin del verano pasado estuvo protagonizado por la fase más activa del “procés”.

Y, en este verano, han pasado cosas que prefiguran de nuevo un otoño caliente, con sobreactuaciones interesadas por parte de las fuerzas políticas que tienen los ojos puestos en los diferentes procesos electorales: las municipales, a fecha fija, y los posibles adelantamientos de las generales y las catalanas. Y el clima que se está generando lleva muchos aspectos preocupantes.

II. De lo nacional…

Catalunya sigue siendo el gran eje del debate. Un debate en blanco y negro en el que hay dos partes interesadas en mantenerlo abierto. De un lado, los independentistas catalanes, crecidos tras el fallo del Estatut y el éxito de su campaña de movilizaciones, que alcanzó el clímax el 1 de Octubre de 2017. Entonces se hizo evidente que el objetivo de la independencia era inviable. Sobre todo porque no existía ningún apoyo internacional que impusiera al Estado español ni siquiera la celebración de un referéndum. Pero, aunque el proceso hubiera llegado a su fin, y los líderes independentistas hubieran mentido manifiestamente a sus bases asegurándoles que nada podía parar un proceso pacífico una vez alcanzado el grado de activación psicológica del pasado otoño, es imposible que este fervor se evapore fácilmente. Al mantenimiento de este sentimiento contribuyen dos temas clave. En primer lugar, el sentimiento de represión que se vivió tanto el 1-O como durante el posterior proceso y encarcelamiento de los principales líderes. Un proceso en el que hay muchos puntos discutibles que hacen pensar que en la alta Magistratura española el sentimiento punitivo y el odio al independentismo predomina e imposibilita una valoración más mesurada de los hechos. Convierte en mártires a unos líderes que simplemente habían montado una representación que no estaban dispuestos a mantener en serio. Mantiene vivo el sentimiento de trato injusto (alimentado por las dudas más que razonables expresadas por los tribunales de otros países) que bloquea, en Catalunya, debatir en serio sobre el “procés”.  En segundo lugar, para la mayoría de la base independentista, la “resistencia” (en la forma que se desarrolla) les permite mantener inalterada su vida privada. En un proceso más retórico que real (a excepción de las periódicas manifestaciones) la vida cotidiana no se ve interferida por el “procés”.

De otro lado está la derecha española. El independentismo catalán experimentó un buen impulso desde las primeras campañas propagandistas del Aznar candidato a la Presidencia. Para el PP, y ahora para Ciudadanos, el anticatalanismo es un buen argumento para atraer votos y tapar otros debates. Y por eso no tienen ningún escrúpulo en sobreactuar, exagerar y tensar situaciones con el ánimo de reforzar su hegemonía a escala estatal y ganar audiencia en una parte de la población catalana.

Este verano estas dos líneas se han reforzado. El sector próximo a Puigdemont ha conseguido tomar el poder en el PDCAT, desplazando al ala moderada del partido. Es una consecuencia bastante lógica de lo ocurrido anteriormente. De hecho, el PDCAT descubrió su alma independentista tras la manifestación de repulsa a la sentencia del Estatut. Fue, en parte, producto de la euforia por la movilización, en parte oportunismo (con ello se tapaba el debate sobre los recortes, las políticas neoliberales y la corrupción) y, también, en parte un acto defensivo (para frenar el ascenso de ERC). Lo cierto es que aquel viraje reforzó la oleada independentista y dio creciente protagonismo a los sectores más fundamentalistas (como el propio Torra). En las elecciones del pasado diciembre Puigdemont consiguió imponer a esta fracción en las listas electorales y obtuvo un éxito indiscutible al impedir que ERC se erigiera como primera fuerza independentista. Ahora este sector se ha cobrado la última pieza y va a mantener la vía del “utopismo mágico” (la República etérea) y la confrontación, más simbólica que real. Pero ya se sabe que las imágenes y los signos adquieren una enorme relevancia. Se trata de una línea que, por un lado, trata de mantener movilizada a su base y, por otra, permite esconder la vacuidad (por ser generosos) de la política real. Porque lo cierto es que en Catalunya se sigue con una nula actividad en todas las políticas necesarias para generar bienestar. El “procés”, en este sentido, es fundamentalmente un ejemplo de política virtual.

En el lado de la derecha española, la toma del poder de Pedro Sánchez ha reactivado sus tendencias derechistas. En el PP, el triunfo en las primarias de Pablo Casado es en cierta forma un intento de reeditar los éxitos de Aznar (el cual posiblemente nunca hubiera sido presidente de no mediar el desgaste final que experimentaron los Gobiernos de Felipe González). Y refleja el punto de vista de una parte de los cuadros del partido, posiblemente más radicales que sus propias bases. Ciudadanos lo ha hecho por el miedo a sentirse desplazado en la derecha. Pero también porque es lo que más cohesiona a su gente. Ciudadanos nació como un partido monotemático (es la imagen invertida del independentismo catalán). Sus mayores éxitos los ha conseguido en las dos elecciones donde aparentemente sólo se decidía una cuestión (las pretendidas elecciones referendarias de septiembre de 2015 y las del pasado diciembre en pleno clima de crispación). Y, además, ello le sirve para esconder sus propuestas sociales y económicas ultraliberales que, de debatirse, posiblemente espantarían a parte de su electorado potencial de clase obrera en las áreas metropolitanas catalanas. La competencia entre PP y Ciudadanos está tomando un cariz peligroso (ambos combinan su obsesión con Catalunya con un discurso xenófobo en la línea de la derecha europea). Ciudadanos ha llegado a proponer una reforma electoral que, de hecho, dejaría sin representación efectiva a los nacionalistas periféricos (por cierto, con un simple ejercicio matemático se comprueba que ni catalanes ni vascos están sobrerrepresentados en el Congreso; quien sí tiene una enorme sobrerrepresentación es el —y en menor medida el PSOE— gracias al peculiar reparto provincial de los escaños). Y, la batalla de los lazos, parece pretender que se generen enfrentamientos donde, hasta ahora, estos han sido exclusivamente verbales. Los desastres históricos están alimentados por oportunismos e insensateces. Por desgracia, este verano todo augura que las vamos a tener en grandes dosis de la mano de los Puigdemont, los Torra, los Rivera y los Casado.

III. …a lo local

Hay una batalla más sutil, pero igualmente intensa. Es la que se desarrolla en las ciudades, especialmente en las grandes ciudades donde triunfaron las diferentes coaliciones alternativas. En anteriores notas ya he tratado de explicar los méritos y los deméritos de las experiencias. Aquí voy a tratar simplemente de analizar cómo se plantea la batalla política, especialmente cómo se aborda el asalto político a unos ayuntamientos que, para las élites, están en manos de gente que nunca debió ocuparlos. Al tratarse de una cuestión local, es más difícil tener un conocimiento amplio de lo que ocurre en cada lugar, y por eso mi referencia básica es Barcelona.

De entrada, hay dos cuestiones bastante claras. Ada Colau (también Manuela Carmena en Madrid) parecen no tener un rival suficientemente fuerte para desbancarlas con limpieza. La última encuesta publicada seguía situando a Barcelona en Comú como fuerza ganadora. Aunque, y esta es la segunda evidencia, con un porcentaje de votos muy lejano a la mayoría absoluta, insuficiente para poder manejarse con libertad. Hay que contar que si Barcelona en Comú puede controlar en solitario el Ayuntamiento de Barcelona es porque no existe ninguna coalición alternativa que sume suficiente número de concejales para desbancarla. Pero esta es una situación que puede cambiar con pequeños cambios en las votaciones y la composición del Ayuntamiento. El bloque independentista y Ciudadanos tienen interés en convertir las elecciones municipales en una reedición de la batalla “nacional”, pero es mucho más difícil situar esta batalla en el plano local, en el que pesan otras cuestiones. Sólo si el sector independentista se agrupara en una sola candidatura (cosa que parece improbable vistas las reticencias de ERC y CUP), el tema nacional podría convertirse en el monotema electoral.

Pero, más allá de la acción de los partidos, está el juego de los grupos de poder, que realizan sus campañas a través de los medios. No hay ningún ataque directo a Ada Colau. Lo que se está tejiendo en el discurso de los medios es una serie de informaciones parciales que recogen motivos de descontento diverso, orientados a tejer una tendencia de desafecciones y a generar la imagen de un Ayuntamiento mal administrado. Los “grandes” temas son relativamente marginales, aunque suelen generar una cierta tensión social en determinados sectores: la implantación de los carriles bici, el “top manta”, problemas locales de seguridad, los movimientos de los propietarios de perros… También se ha lanzado una insidiosa campaña (paralela a la que se ha producido en Madrid) sobre la generosa financiación a ONGs y movimientos sociales amigos. En este caso, tengo una implicación personal directa, ya que formo parte de la junta de la FAVB (el movimiento vecinal de Barcelona), que es una de las organizaciones puestas en la diana de los medios (la Vanguardia, el País en portada nacional…). Lo que se presentaba como una financiación extraordinaria (para exagerar se daba el importe del convenio que cubre todo el mandato) era simplemente lo que ha significado la financiación histórica de la FAVB (el único incremento es que el Ayuntamiento actual nos ha vuelto a pagar el mismo importe que recibíamos con mandatos socialistas y que CiU nos recortó con amenazas por nuestra posición crítica). Ningún medio nos pidió contrastar la noticia (y eso que alguno de los autores de los artículos son periodistas con los que mantenemos contacto habitual; al menos la Vanguardia público un artículo con nuestras explicaciones) y, a pesar del poco calado de la noticia, esta va rebotando de los medios a las páginas digitales. Se trata tanto de erosionar el Ayuntamiento como de neutralizar a los movimientos sociales que nos enfrentamos a los grandes intereses locales (y que no dudamos de criticar al equipo de Colau en aquellos temas que consideramos ha cedido a la presión de los grandes poderes: pacto de terrazas, proyecto urbanístico del FCB). Una estrategia de debilitar al poder y la base social que sigue promoviendo movimientos sociales progresistas.

Ninguna de estas campañas mediáticas tiene por sí sola una incidencia importante. Pero juntas pueden generar un estado de malestar que influya en los comportamientos de la gente y genere un nuevo clima social. Al fin y al cabo, Barcelona siempre ha estado (con la excepción del último mandato municipal) caracterizada por un cierto progresismo social (aunque a menudo los poderes han acabado haciendo políticas bastante adecuadas a los grandes grupos de poder). Ahora las dos derechas, la españolista y la independentista, vuelven a tratar de erosionar esta cultura local y, para ello, utilizan campañas sin conexión aparente pero que en conjunto generen una sensación en algunos sectores de abuso y desgobierno.

Vale la pena ir un poco más allá y observar que debajo de estos temas sensibles están tres cuestiones relevantes. De un lado la promoción del yo personal frente a los intentos de regulación de problemas para limitar costes sociales: resistencias a la reducción del uso del coche, a la regulación de la tenencia de perros (convertidos en un nuevo icono consumista), a los horarios de las terrazas callejeras. La próxima batalla será la implantación de las nuevas medidas sobre coches contaminantes que puede traducirse en una lucha de la gente corriente frente a las élites pseudo-ecológicas (puesto que la medida estrella, de impedir circular a los coches más contaminantes, afecta especialmente a la gente con menos ingresos y más dificultades para cambiar de coche). De otro el tema clásico del orden y la seguridad. Aunque las tasas de criminalidad son relativamente bajas (la mayor violencia —la de género— se ejerce fundamentalmente en la esfera doméstica), cualquier problema de este tipo genera un enorme impacto emocional. Y, aunque en conjunto la ciudad es acogedora y vivible, persisten focos de problemas (especialmente ligados a la distribución de droga) que generan un gran impacto mediático y social (y costes sociales insoportables a la vecindad). Y el tercero y subyacente, el tema migratorio. El “top manta” es un ejemplo de ello. En el conjunto de la ciudad es una cuestión menor. Posiblemente incluso para los comerciantes. Todo el mundo sabe que es una actividad que desarrolla gente que por motivos legales (ley de extranjería) no puede trabajar legalmente. Su visibilidad en el centro de la ciudad y el origen africano de sus practicantes lo ha convertido en una batalla mediática pesante. El siguiente paso será asociar el tema con la presunta política de atracción de inmigrantes que presuntamente promueve el Gobierno local. Seguridad, regulaciones, e inmigrantes, constituyen el substrato sobre los que se desarrollan campañas mediáticas paulatinas y sobre los que la derecha local trata de generar un cambio de actitudes. Al menos, para tratar de erosionar las bases de un gobierno progresista.

IV. Tratando de recomponer hilos

Realmente, el verano promueve la dispersión. Por eso trato de reconducir la reflexión. En primer lugar, destacar el hecho de que gran parte de las políticas actuales se construyen a partir de crear sensaciones, emociones que influyen sobre los estados de ánimo del personal. Hay buena base científica que muestra la importancia de las historias, los relatos y las sensaciones en los procesos de acción individual y colectiva. Seguramente, la explosión mediática en la que estamos inmersos (incluyendo en ello las redes sociales) refuerza estas tendencias a la respuesta irreflexiva. Y esto choca con la larga tradición política de la izquierda que ha tratado de plantear el debate político en términos de racionalidad, intereses colectivos, bien común. No podemos renunciar a este debate, pero hay que hacer un enorme esfuerzo para saber desarrollar tanto formas de comunicación eficientes como para prestar atención al tipo de bombardeos “inconexos” a los que me he referido en el punto anterior. Responder con datos, como habitualmente hacen muchos representantes políticos, suele ser insuficiente. Hay que plantearse tanto la relevancia de los “pequeños” problemas, como la necesidad de abordarlos preventivamente. Trabajar para un mundo donde los debates sean sustancialmente relevantes obliga a desarrollar una buena conexión entre política comunicativa y política real.

En segundo lugar, la política de las emociones es el espacio de la derecha. De su inmenso poder mediático y su ejército de asesores de comunicación. Y de estas políticas de proliferación de emociones salen las monstruosas respuestas del racismo, la xenofobia, el irracionalismo que nos retrotrae a la barbarie. Vale la pena revisar la escena de Cabaret en la que un grupo de nazis llega a un merendero y consiguen arrastrar a la mayoría de la gente que pasa allí una tarde dominical para que acaben cantando sus himnos. El attrezzo ha cambiado, pero en lo fundamental se sigue practicando el mismo tipo de políticas. Hay que aprender a neutralizarlas y a reconducir, en la medida de lo posible, el debate político a la racionalidad. Y en estos tiempos de tensión emocional creciente esta es una tarea urgente.

Y tres. El uso desmedido de los elementos emocionales en los últimos tiempos genera peligros. Pero también produce hartazgo en mucha gente. El espacio principal de trabajo en los próximos meses debería ser precisamente el de ampliar el espacio de la gente dispuesta al debate racional, a la búsqueda de soluciones que no lleven a “culs de sac”, a que las políticas se orienten a las necesidades reales y a los graves retos que tenemos planteados en el corto plazo. La batalla de las ciudades se ganará si el debate sobre las políticas locales, sobre las necesidades, sobre la sociedad deseable, se impone al ruido de las identidades y las banderas.

1/9/2018

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