Antonio Antón

El «etnopopulismo» de Puigdemont

La derecha independentista catalana es nacionalista y neoliberal. Sus expresiones políticas neoconvergentes, desde el PDeCAT y Junts per Catalunya hasta el actual proyecto de la Crida Nacional per la República, bajo el liderazgo de Carles Puigdemont, han acentuado a través del procés su proyecto independentista. Han promovido una fuerte polarización frente al Estado español, un nacionalismo radical no inclusivo y en confrontación con la otra mitad de la sociedad catalana no independentista. Así mismo, han generado una gran activación movilizadora, discursiva y retórica.

Paralelamente, las derechas unionistas del Partido Popular y Ciudadanos están intentando consolidar un movimiento nacionalista de carácter españolista y conservador, dentro y fuera de Cataluña, para oponerlo al proceso independentista. El anterior Gobierno de M. Rajoy se ha caracterizado por sus políticas socioeconómicas neoliberales y regresivas, así como por el inmovilismo institucional y las medidas autoritarias y represivas respecto del conflicto catalán. Además de su rigidez neocentralista y antinacionalista (periférica), su último giro de gran nacionalismo exclusivista dirige su mirada contra la inmigración.

La confrontación institucional-nacionalista, dirigida por ambas derechas, ha pasado su fase más álgida. Algo ha empezado a cambiar en los dos conglomerados no homogéneos. Por un lado, el desalojo del poder gubernamental del PP de Rajoy, con una crisis de poder y relato de las derechas, tentadas de profundizar un giro derechista y de nacionalismo reaccionario. Así mismo, el nuevo Gobierno socialista, cuyo presidente Pedro Sánchez ha sido investido por las fuerzas alternativas y nacionalistas, ha abierto un nuevo clima político, con expectativas de un talante más social y un abordaje más dialogante de la cuestión territorial.

Además, superando el bipartidismo, persiste una gran corriente popular crítica, representada por Podemos, Izquierda Unida y sus aliados y convergencias (catalana, gallega, valenciana… y agrupaciones municipalistas), con un proyecto de país de países diferenciado, democrático y plurinacional y una apuesta decidida por la democracia social y económica; es decir, existe una tercera posición distinta a la de las dos derechas y susceptible de colaboración y competencia con el proyecto socialista para promover un cambio de progreso en España.

Por otro lado, se ha iniciado en el bloque independentista una reflexión interesante para reajustar su estrategia a la nueva realidad y a sus dificultades para imponer de forma unilateral la República. Dejo al margen la valoración detallada de las posiciones de Esquerra Republicana de Catalunya, más realistas en la búsqueda de salidas a la cuestión nacional y con mayor sensibilidad en lo social y que, según algunas encuestas, puede acceder al liderazgo independentista en el medio plazo. Y me centraré en la crítica al sector hoy dirigente del procés y liderado por Puigdemont/Torra: su intensificación nacionalista e independentista busca mantener su hegemonía y esconder su responsabilidad en la grave cuestión social existente en Cataluña. Es, pues, una estrategia instrumental de una élite gobernante para conservar su poder institucional y económico, sus políticas neoliberales y su hegemonía político-cultural.

Su fragilidad es que no responde a la diversidad nacional catalana ni a las necesidades socioeconómicas de la mayoría social. Tampoco se asienta en una valoración realista de las relaciones de fuerzas en España y Europa. El objetivo real no sería la construcción de una República independiente (el fin) en pugna con el Estado español sino alimentar un procés (el medio) con la combinación de un discurso de emplazamiento rupturista y una gestión autonómica adaptativa y ventajosa, que garantice la auténtica finalidad de mantener su hegemonía institucional y la continuidad de sus políticas neoliberales con la subordinación de las capas populares y los demás agentes sociales y políticos.

Tras esta pequeña síntesis del contexto, el objeto de estas reflexiones es la valoración de los fundamentos ideológico-políticos del nacionalismo catalán representado por el liderazgo de C. Puigdemont, en el marco del conflicto nacional y social en Cataluña y España.

Sin llegar al extremo de otros nacionalismos excluyentes, xenófobos y autoritarios de varios países europeos o al antagonismo total con otras naciones o sectores de distinto origen étnico-cultural, esos rasgos de confrontación nacionalista-institucional de ambas derechas se pueden interpretar bajo la lógica de un nacionalismo no inclusivo, también llamado etnopopulismo, basado en el conflicto nosotros/ellos que busca la supremacía nacional en una sociedad plural. Es una polarización nacional singular, vinculada a la realidad plurinacional española, aunque más cerca del populismo autoritario y de derechas de C. Schmitt que del populismo democrático y de izquierdas de E. Laclau.

Este ensayo explica en qué sentido se puede hablar de etnopopulismo para analizar el nacionalismo radical de Puigdemont y la actual élite dirigente del bloque independentista, así como la reacción españolista de las derechas unionistas; por qué la lógica populista es incapaz de ofrecer una salida al conflicto social y nacional en Cataluña, y cuáles son las principales limitaciones del enfoque nacional-populista y las estrategias políticas que priorizan la independencia y esa construcción nacional.

La conclusión es clara: es necesaria una tercera opción política, integradora-transversal en lo nacional e igualitaria-solidaria en lo social, junto con el desarrollo de una teoría social, crítica y realista, para garantizar la superación de esa dinámica de confrontación hegemonizada por ambas derechas exclusivistas, neoliberales y regresivas y abrir una nueva etapa de cambio de progreso, democrático y solidario, en Cataluña y en España.

El populismo como lógica de antagonismo y construcción discursiva

Comienzo por precisar algunos conceptos. ‘Popular’ es distinto de ‘populista’. Algunos autores lo confunden y a todo tipo de descontentos sociales y movimientos populares y nacionales los llaman populistas. Desde el poder establecido para descalificarlos. Desde ámbitos progresistas para visibilizar y reconocer un proceso que, dada la crisis y confusión de distintas formulaciones de izquierda, en una situación de orfandad teórica, anuncia dos rasgos básicos: su carácter popular y su tendencia ascendente.

La palabra ‘popular’ también está sujeta a la disputa por su significado. Incluso derechas europeas han formado el Grupo Popular en el Parlamento europeo y en España se llaman Partido Popular. No obstante, todavía en el lenguaje habitual la palabra popular se asocia a la gente común, a los de abajo, a las clases trabajadoras y capas medias (estancadas o descendentes), diferenciados de las élites dominantes y oligarquías. Es menos confusa y tiene menos contraindicaciones que el significante ‘populismo’, y es más flexible y realista para describir el actual proceso sociopolítico que el convencional de clase social homogénea, el de individualismo liberal o el de la fragmentación postmoderna.

Sin embargo, populista no tiene solo esa acepción sociodemográfica e indefinida políticamente, sino que posee un sentido teórico de antagonismo e idealismo discursivo, como preponderancia constructiva de la política y el sujeto. También tiene un sentido político más polisémico y problemático al estar asociado a todo tipo de corrientes sociopolíticas, desde la extrema derecha a la extrema izquierda pasando por el centro y el nacionalismo. Además, incorpora no solo a movimientos ‘populares’ (de capas dominadas) sino a procesos de composición mixta, popular y oligárquica o de clases dominantes, así como nacionalistas (o neoimperialistas).

Por tanto, para el enfoque populista la palabra ‘pueblo’ (o ‘nación’) y ‘popular’ no hace referencia a la pertenencia (real) a una situación o estatus social y económico de subordinación. Tampoco a una experiencia relacional y cultural de la gente común o popular de subalternidad y en conflicto con las capas dominantes (sean el 1% o, más realista, el 20%) con unos intereses, demandas y expresiones sociopolíticas y culturales diferenciados.

Para el enfoque populista son significantes cuyo significado se ha construido discursivamente por el relato, los mitos o la adhesión política promovidos por una élite. Es decir, el pueblo catalán sería no el que vive y trabaja (e interactúa) en Cataluña, concepto inclusivo con su ciudadanía civil y social reconocida, sino las personas que son (esencialmente) o se sienten (subjetivamente) catalanes nacionalistas (independentistas), excluyendo de ese significado a los no nacionalistas.

Con la prioridad de ese discurso y el consiguiente esfuerzo de socialización cultural o nacionalización identitaria, el etnopopulismo o el nacionalismo exclusivista puede construir una realidad virtual de cierre identitario, despreciando la realidad real de la interacción social concreta de la gente y su conformación sociopolítica a través de su experiencia relacional, sus vínculos sociales o su práctica político-cultural e interpretativa.

Por tanto, es insuficiente esa lógica procedimental de lo político como construcción discursiva del sujeto. Del determinismo esencialista o estructuralista se pasa a la indeterminación posestructuralista. Supone un reduccionismo del ámbito propio de lo social y la relación de fuerzas sociales, políticas y estructurales, según los contextos y trayectorias. Para esa versión idealista postmoderna es secundario la propia experiencia de subordinación de la gente, sus prácticas sociales y culturales, vividas e interpretadas. Lo importante sería la intensificación de la nacionalización del relato, controlando, eso sí, todos los aparatos de poder cultural, mediático e ideológico. La deriva peligrosa es el fanatismo y la imposición autoritaria de una doctrina y su aplicación.

Hay que precisar bien el carácter sustantivo de cada tendencia sociopolítica llamada populista, en los ejes principales en que se han dividido los campos político-ideológicos en los últimos siglos: autoritario, reaccionario, regresivo, segregador y dominador, o bien, democrático, progresista, igualitario, solidario y emancipador. Entre esos dos campos hay zonas intermedias, pero no vale la transversalidad como opción global. Existen intereses compartidos y objetivos comunes de toda la humanidad. Pero, en situaciones de desigualdad y dominación la solución no es el consenso centrista. La actitud cívica debe ser la confrontación frente a las oligarquías poderosas, opresoras o élites dominantes, en defensa de las capas subalternas, oprimidas o ‘populares’, con unos valores de igualdad, libertad y fraternidad.

En definitiva, la teoría populista es una lógica política basada en dos elementos: el antagonismo entre dos polos (nosotros/ellos; abajo/arriba), y la construcción de la política y del sujeto social a través, sobre todo, del discurso de un liderazgo. O sea, al igual que el marxismo clásico, conserva la dialéctica hegeliana; pero a diferencia de su materialismo, da un vuelco hacia el idealismo (hegeliano o postmoderno) en la interpretación y la configuración de la política. Hay una minusvaloración de la realidad social, que se considera fragmentada y pasiva, y una infravaloración de la interacción sociopolítica y cultural y la experiencia de los distintos actores. No se valora suficientemente la relación de fuerzas y las condiciones sociohistóricas, económicas y estructurales de los actores concretos. Las bases sociodemográficas y sus intereses son secundarios. La realidad se construye con el discurso (de la élite), con los mitos y relatos que, en la medida que hay gente que los asume, permiten la constitución del pueblo. Es la política, entendida como discurso de una élite (o representación popular), el agente activo.

Con ocasión de la crítica acertada al marxismo mecanicista o el determinismo economicista (no tanto al determinismo político-institucional y étnico-cultural que suelen practicar), el enfoque populista se pasa al extremo contrario del constructivismo idealista, basado en la voluntad y la subjetividad, hacia el culturalismo como palanca transformadora a gestionar desde las instituciones públicas conquistadas desde esa hegemonía cultural previa.

Por tanto, la lógica populista ofrece un rasgo común dialéctico-procedimental —antagonismo e idealismo discursivo—, pero no es una ideología política —como el socialismo, el liberalismo, el republicanismo, el conservadurismo o el nacionalismo—. Y es compatible con (casi) todas ellas. Así, como estrategia y teoría política es incompleta o ambigua y necesita explicitarse acompañada con partes, más o menos eclécticas, de esas ideologías tradicionales. Junto con el carácter de cada uno de los dos polos —dominantes y dominados (y otros intermedios o mixtos)—, el tipo de interacción y los objetivos de su trayectoria dan lugar a distintos populismos, algunos antagónicos entre sí, precisamente por lo sustancial, por su distinto sentido político o nacional y su actitud más radical (hacia un extremo u otro) o más moderada (centrista o transversal).

La lógica populista, incapaz de ofrecer una salida al conflicto en Cataluña

En lenguaje de E. Laclau (y de C. Schmitt), el choque en Cataluña sería entre dos nacionalismos o etnopopulismos excluyentes y polarizados, construidos discursivamente, que han sido capaces de arrastrar y representar a sectores populares relevantes, para recomponer su doble hegemonía cultural e institucional, con su representación política respectiva. Sería un perfecto ejemplo de validez de la lógica dialéctica del antagonismo (populista, nacionalista o marxista) para explicar los procesos políticos. Aparte del populismo de derechas y el populismo de izquierdas, tendríamos el populismo de confrontación nacionalista o, más bien, los nacionalismos de confrontación populista. Todo bajo la dialéctica del antagonismo nosotros/ellos y la supremacía del discurso en su construcción, es decir, de la dialéctica de contrarios y el idealismo hegeliano o postmoderno en la conformación de ambos sujetos.

Sin embargo, la tesis aquí mantenida matiza esa interpretación y es la contraria en su conclusión normativa: la incapacidad de la lógica populista para explicar y ofrecer una salida de progreso al conflicto nacional y social en Cataluña y con el resto de España. Ese es el enfoque relevante para las fuerzas del cambio y sectores progresistas y alternativos.

Por supuesto, esa dinámica de polarización contiene elementos de antagonismo y se puede interpretar desde diversas teorías del conflicto social y político, incluido el enfoque populista… de derechas. Pero ambos actores principales, el bloque independentista —Junts per Catalunya/ERC/CUP— y las derechas españolistas —Ciudadanos y PP— reniegan de esa nominación y esa teoría explicativa y legitimadora. Su retórica dominante es nacionalista y liberal, junto con formas rupturistas.

Aparte de la insuficiencia del pensamiento liberal, hay que superar el discurso de ‘clase’ y el discurso de ‘nación’, pero también la interpretación populista que, afortunadamente, tiene poco peso entre las fuerzas del cambio en Cataluña. La mirada principal durante el procés ha sido la nacionalista de ambos lados, que, aunque con rasgos comunes, no hay porqué asimilarla a la teoría populista. Dicho de otra forma, la lógica populista, la dialéctica idealista de lucha de contrarios, hegeliana o postmoderna, tiene cierto parecido con (parte de) la realidad, pero es abusivo encajar toda la lucha nacionalista (o la lucha de clases y popular) bajo ese enfoque extremo, antagonista e idealista, con polos abstractos. Tampoco sirve para explicar bien la realidad catalana y menos para aportar una estrategia igualitaria y emancipadora.

Podríamos decir que su lógica de confrontación tiene más que ver con la polarización política y discursiva de C. Schmit, como ideólogo del populismo de derechas (extremo), con la supremacía e imposición étnica y nacional frente a los otros, que del populismo de izquierdas (o socialista, progresista y de clases dominadas) de E. Laclau y Ch. Mouffe, con su dicotomía abajo/arriba o democracia/oligarquía. O sea, la confrontación entre nacionalismos autoritarios y xenófobos, dominantes en el centro y este de Europa, así como la experiencia nefasta en la I Gran Guerra mundial, los nazi-fascismos de los años treinta y cuarenta del siglo pasado o las guerras de los años noventa en la antigua Yugoslavia, están asociadas más a la versión del nacionalismo excluyente o etnopopulismo de extrema derecha que al populismo de izquierda. Pero, son, sustantivamente, conflictos (étnico)nacionalistas (o interimperialistas).

No obstante, al menos en el ámbito social y en la convivencia ciudadana en España y en Cataluña, la intensificación de la segregación, el autoritarismo y la supremacía nacional y racista no han llegado a esos extremos de imposición institucional neofascista o fanatismo identitario generalizado. Por tanto, el populismo de extrema derecha (o la acusación a ambos de fascismo) tampoco es aplicable al grueso de la gestión de los dos campos en conflicto, los dos bloques de poder representados por Puigdemont-Torra/Arrimadas-Rajoy y Rivera-Casado, aun con excesos verbales de algunos de sus dirigentes. Sería necesario que la dinámica conflictiva subiera otro peldaño cualitativo en la agudización de la confrontación nacional y la segregación sociocultural, cosa hoy improbable, salvo para la deriva antinmigración.

En consecuencia, políticamente, es contraproducente nombrar igual —populismo— o establecer un campo común (emergente) entre fuerzas progresistas (incluso centristas y de izquierda radical) y la nueva extrema derecha o tendencias xenófobas y autoritarias, por el simple hecho de representar una polarización de élites nacionales distintas entre sí. Algunas coinciden en cierto soberanismo patriótico y son opuestas al consenso europeo de la austeridad y a la construcción europea con déficit democrático y la subordinación de los países periféricos bajo la hegemonía liberal-socialdemócrata (alemana). Son reajustes y nuevas jerarquizaciones entre las élites políticas nacionales en el proceso de construcción de una nueva clase política europea, liberal-conservadora, hegemónica y de matriz alemana.

El motivo de sumarlas para aparentar supremacía histórica o intelectual tiene poco recorrido y credibilidad para definir objetivos, aliados y estrategias, cuando lo sustantivo es el antagonismo tan fuerte entre esas dos tendencias contrapuestas por su modelo social y democrático. Y, en todo caso, sobre qué estrategia de cambio se implementa para conformar una tendencia contrahegemónica por una Europa más social y democrática.

Un ejemplo que explica esos límites analíticos, políticos y teóricos del enfoque populista lo tenemos, precisamente, en Cataluña, en su interior y en relación con el Estado español. Es uno de los territorios europeos de mayor antagonismo y confrontación política en los términos nacional-estatal, no en lo social, que ha aparecido subordinado. Se ha conformado una unidad en cada campo nacional-estatalista sin la clásica transversalidad catalanista, entrada en crisis; o sea, esa polarización ha conseguido absorber su respectiva transversalidad en lo social (capas trabajadoras, élites acomodadas, poder económico e institucional), aun con algunas asimetrías. Al mismo tiempo, ha habido una dificultad para la alianza social progresista de las capas populares frente a ambos poderes establecidos y transversal y mestiza en lo nacional.

Esa realidad entrecruzada añade complejidad analítica y estratégica. Así, el discurso y la identificación, ciudadana y de las élites, con el enfoque populista son muy pequeños tanto por los dos bloques principales —independentista y constitucionalista—, cuanto por la tercera posición, social, integradora y solidaria, de los comunes (y parte del Partido Socialista). Esta tercera identidad política tiene fuertes raíces históricas, culturales y sociopolíticas. En los últimos tiempos se ha tenido que reafirmar en la superación de los dos bloques nacionalistas en confrontación, y desarrollar una actitud transversal basada en la convivencia intercultural y diferenciada del exclusivismo de las dos tendencias dominantes. Así, la opción más unitaria tiene dos componentes: la apuesta por una menor división nacional en la sociedad catalana, con la implementación de una solución dialogada y democrática; la prioridad de una agenda social favorable a la mayoría de las capas populares.

Esa posición es lo contrario del antagonismo nosotros/ellos del nacionalismo o etnopopulismo de ambas derechas. Así, ninguna de las tres tendencias está necesitada de una nominación populista por mucho que, especialmente, el grupo de poder que representa Puigdemont haya practicado con su procés su particular versión de nacionalismo etnopopulista.

La independencia se subordina a la hegemonía nacional, no al anticapitalismo

Aunque exista una diferencia entre nacionalismo e independentismo que, por ejemplo, afecta a sectores de la CUP, anticapitalistas, o de la anterior dirección de Podem (A. D. Fachín y su equipo), su participación en la dinámica de confrontación independentista ha estado subordinada al proceso de antagonismo nacionalista impulsado por Puigdemont. La apariencia de conflicto radical del marxismo revolucionario de esos sectores es lo más asimilable a su nacionalismo antagonista, aunque se justificase como paso intermedio hacia la revolución social.

Efectivamente, la mayoría de esos sectores se declara formalmente ‘internacionalista’, no nacionalista, y su proyecto dicen que es anticapitalista o revolucionario: ya sea desde el enfoque leninista de la revolución por etapas, una primera democrática y otra segunda socialista, o para aprovechar el (supuesto) eslabón débil de la cadena imperialista de la UE; ya sea por la doctrina trotskista de la revolución permanente, integrando los dos componentes en un programa de transición hacia el socialismo. Pues bien, su estrategia está fundamentada en un error analítico favorable al voluntarismo y una actitud seguidista tras el nacionalismo, verbalmente rupturista con el Estado, pero con un poder institucional regresivo y exclusivista que queda embellecido.

No está claro que una República catalana hegemonizada por la derecha neoliberal esté más cerca de la revolución social, incluso de un Estado de bienestar más avanzado. Ni que la prioridad independentista y el antagonismo identitario genere unos valores y vínculos solidarios y una experiencia compartida para incrementar la relación de fuerzas para vencer a las derechas y generar la capacidad conjunta para avanzar en un Estado renovado y plurinacional más justo y, en todo caso, democrático. Ni que la acción propagandística para construir realidad política transformadora sea asimilable y capaz de contrarrestar la acción discursiva del gran poder mediático y cultural del bloque neoliberal que dirige el independentismo.

O sea, si el procés independentista, para la derecha neoliberal catalana, es una dinámica de afirmación de su poder de clase frente al Estado y contra el riesgo popular de desestabilizar su hegemonía, la versión izquierdista del procés pretende independizarse del Estado para, seguidamente, desbordar a su derecha nacionalista neoliberal. Hasta ahora es más demostrable lo primero que lo segundo.

Es decir, hay una ruptura entre la supuesta estrategia revolucionaria anticapitalista y una táctica subordinada a la tarea independentista. Aparte de la dificultad de que sea factible la independencia, queda por demostrar el realismo y la coherencia de ese supuesto paso, como positivo o transitorio para pasar a la siguiente fase de desplazar a las élites nacionalistas neoliberales y sustituirlas por la auténtica representación popular que dirija un proceso hacia una República socialista. Incluso si ese primer proceso diese indicios de desestabilización social o rebelión popular abierta se enfrentaría al objetivo principal del bloque de poder independentista: reforzar su hegemonía de clase dominante. En todo caso, desde un mayor aislamiento nacional todavía sería más difícil superar las constricciones fácticas y económicas, estales, europeas y mundiales.

Desde luego, las diversas experiencias históricas de enlazar la lucha democrática o de liberación nacional con procesos revolucionarios prosocialistas no tienen nada que ver con la situación catalana. Ni la posibilidad inmediata de construir una democracia socialista en el actual corazón europeo capitalista. Las estrategias de cambio de progreso son más complejas y, sin desconocer la historia, presuponen un esfuerzo teórico y, sobre todo, práctico, de experiencia y convergencia de las fuerzas progresistas y alternativas.

En ese sentido, hay que distinguir las distintas situaciones de poder y el papel de la acción político-discursiva o de propaganda electoral. Las clases dominantes tienen un gran control del poder económico e institucional (el Estado, que solo parcialmente es un instrumento neutro). Necesitan legitimación social y ahí tiene un papel crucial su capacidad para inculcar su relato, mantener su hegemonía cultural y su versión del sentido común. La burguesía ascendente ya tenía el control de muchos recursos económicos y mercantiles y su revolución era ‘política’, y asentada en el poder económico, social y cultural, contra la aristocracia del Antiguo Régimen.

No obstante, las capas populares, sin casi control económico ni de poder gubernamental e institucional (o muy poco y periférico como la representación parlamentaria, la gestión de algunos municipios y la participación, cogestión o gobernanza dependiente en algunos organismos y empresas públicas…), tienen que construir ese (contra)poder relacional, esa capacidad transformadora y de influencia que deviene de su masividad cívica y su posición activa y democrática en las relaciones sociales, político-electorales y económicas. La vía ordinaria es acceder al poder institucional por la legitimidad democrático-electoral, con los discursos y programas representativos de su base social. Pero como están más en desventaja en las relaciones de poder, deben contrapesarla con mayor participación y activación democrática que la simple expresión electoral.

Por otro lado, las sociedades asisten a distintos cambios socioculturales en muchos campos, a veces, por delante de sus clases gobernantes y de su poder institucional. Se abren brechas de legitimidad de las élites dominantes y dinámicas de cambio. Pero estamos hablando de cambios estructurales del poder estatal, de bloques históricos alternativos, de la contrahegemonía popular frente a los poderosos; y eso son palabras mayores para la permisividad del potente bloque de poder neoliberal y reaccionario.

En los procesos de descolonización y de movimientos populares de liberación, aparte de ciertos apoyos económicos internos, recibían el apoyo de otro gran poder fáctico internacional: el bloque soviético, comandado por la URSS (y China). Hoy día, los movimientos progresistas europeos no cuentan con el apoyo significativo de poderes estatales e internacionales, económicos y políticos. Desde el punto de vista geoestratégico no hay aliados fiables, ni siquiera para una transformación profunda hacia una Europa social avanzada. O sea, la base fundamental del cambio es la propia gente común de cada país y la solidaridad europea, así como su capacidad de activación democrática y alternativa.

Hacia una vía con credibilidad transformadora

Quizá, la experiencia más avanzada en el cambio político pacífico y democrático, en las últimas décadas en Europa, aparte de los intentos de la socialdemocracia clásica con el capitalismo de ‘rostro humano’ y el Estado de bienestar, ha sido el eurocomunismo de los años setenta, especialmente el italiano en el culmen de su influencia, y el programa común de izquierdas francesas (PSF y PCF) en los primeros años ochenta. Como se sabe, esas estrategias de cambio gradualista no fructificaron ante la contraofensiva neoliberal, la financiarización de la economía y la globalización desbocada, promovidas por el bloque de poder mundial (y europeo).

Su idea de conseguir, poco a poco, capacidad representativa y hegemonía cultural para trasladarla o convertirla en hegemonía política fue frenada por las fuerzas liberal-conservadoras y los poderes fácticos. Es decir, hubo una sobrevaloración del cambio político a través del programa o el relato de una élite política y su traducción electoral, así como de la eficacia legitimadora del desplazamiento hacia un discurso más centrista y de alianza de compromiso histórico con las derechas para (supuestamente) ampliar el campo electoral y acceder al poder gubernamental. Esas estrategias fracasaron.

Son aspectos que luego reeditaron la tercera vía (laborista) o nuevo centro (del SPD alemán y luego del PD italiano), desde el socioliberalismo y la gestión institucional; pero tampoco les permitió reforzar su representatividad y su capacidad de cambio progresista. Y ya con la crisis económica llevó a la mayoría de la socialdemocracia europea, especialmente la gobernante como en los casos de Grecia, Francia o España, a abrazar o acatar las políticas neoliberales antisociales y gestionar, con grandes déficits democráticos, los planes regresivos con una profunda crisis estratégica, de relato y de legitimidad.

En definitiva, para las capas dominantes la actividad cultural, discursiva o mediática es un complemento a su poder efectivo, a efectos de cohesión nacional y legitimación social. Es lo que, hábilmente, ha sido capaz de desarrollar la derecha independentista. Y, en otro sentido, las nuevas derechas extremas (empezando por Trump) o los nuevos centros (Macron).

Para las capas populares, ante la ausencia de poder económico-institucional alternativo, la subjetividad es todavía más importante, en la medida en que la integran en sus vidas, porque es una vía para conformar sujeto de cambio y fuerza sociopolítica. Pero con una función más compleja y difícil, así como con la exigencia de insertarla en las condiciones, experiencias y cultura de la gente. Las ideas y sentimientos deben estar conectados e incorporados por sectores relevantes de las clases subalternas que son las que construyen, con su práctica relacional, su capacidad transformadora.

El (contra)poder no lo construye el discurso, sino la gente con su acción cívica. Y como tiene sus dificultades por sus desventajas respecto de su menor poder económico y con solo un poco de poder institucional, debe aprovechar al máximo sus ventajas: su masividad, su interacción y su expresión democrática. La subjetividad, la razón y la pasión, los discursos, teorías y relatos interactúan con su experiencia vivida e interpretada, con su comportamiento y sus sueños y aspiraciones. El dilema estructuralismo/postestructuralismo ha envejecido, es rígido y hay que superarlo con un enfoque más relacional, interactivo e histórico.

Lo importante es la experiencia relacional de las mayorías ciudadanas, no solo vividas sino también pensadas, interpretadas y compartidas; es la existencia lo que conforma el sujeto, no su supuesta esencia o su posición objetiva. Su interacción o práctica sociocultural construye vínculos, experiencias y demandas compartidas, superando su fragmentación y conformando objetivos y dinámicas comunes. Es la combinación de la diversidad de unas realidades muy singulares y específicas con trayectorias y retos compartidos por intereses comunes frente a poderosos y dominadores.

Entre las izquierdas hay dos tipos de errores contrapuestos. Por un lado, el posibilismo adaptativo a la dinámica impuesta por el poder, el socioliberalismo a veces complementado o disfrazado de idealismo culturalista y transversalidad centrista. Por otro lado, el idealismo discursivo y el voluntarismo irrealista, en sus distintas versiones populistas, eurocomunistas o marxistas radicales.

En resumen, la solución viene desde el realismo crítico, la superación del idealismo y el determinismo o materialismo vulgar (también idealista), poniendo en primer plano al actor o sujeto social, a la gente real y concreta, a sus condiciones vitales, experiencias relacionales, culturas compartidas y aspiraciones comunes, así como a su diversidad y su plural interpretación.

En conclusión, aunque desde cierta teoría populista se llame a este proceso ‘etnopopulismo’, para demostrar su máxima aplicación empírica al incorporar los conflictos nacionalistas, esos sectores marxistas partidarios de la lucha de clases tampoco la han reivindicado. Les bastaba el eclecticismo entre su marxismo (de clase) y su prioridad al objetivo independentista hegemonizado por el nacionalismo radical, y sin interés identitario en esa simbología populista.

El formalismo populista, su lógica de antagonismo nosotros/ellos y la construcción discursiva de la política y su sujeto, ha estado asociado a varios proyectos políticos nacionalistas, principalmente a la derecha neoliberal de Puigdemont. Además, la reacción españolista de las derechas unionistas también ha recurrido a esa polarización nacionalista excluyente. E incluso la izquierda radical independentista, desde su marxismo revolucionario, también la ha practicado.

Pero reivindicar ese enfoque populista, cuando su contenido sustantivo principal es el antagonismo nacionalista con la construcción de un ‘pueblo’ homogéneo definido por su identidad catalana o española, no clarifica la interpretación de la realidad y no ayuda a la estrategia doble de las fuerzas del cambio y de progreso en Cataluña, integradora en lo nacional y de confrontación respecto de lo social.

No es de extrañar que la hipótesis Podem no se haya podido consolidar bajo la hegemonía de ese plan de etnopopulismo independentista. Así, el nuevo liderazgo de Catalunya en Comú-Podem, en torno a figuras como Xavi Domènech, Ada Colau o Viçens Navarro o, en otro sentido, con la participación de ICV, se ha conformado desvinculado, práctica y teóricamente, de esos enfoques etnopopulistas o nacionalistas exclusivistas. En todo caso, todavía queda un trecho para desarrollar una teoría alternativa crítica y realista que supere el marxismo economicista y determinista y el etnopopulismo antagonista e idealista y, por supuesto, diferenciado del socioliberalismo dominante en la socialdemocracia.

@antonioantonUAM

 

[Antonio Antón es profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de El populismo a debate, ed. Rebelión]

20/8/2018

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