Memorias feministas

Carme Bernat Mateu

La Historia ha sido el relato de los grandes acontecimientos y los grandes personajes. El paradigma positivista impregnó la práctica historiográfica y la historia era la verdad sobre el pasado, todo aquello que indiscutiblemente sucedió en tiempos anteriores al presente. Pero esta historia dejaba sujetos, epistemologías y prácticas sociales y culturales en la sombra. La historia estaba impregnada de silencios, ya que el relato hegemónico se construyó en torno a un único sujeto universalizado: hombre, blanco, heterosexual, económicamente acomodado, perteneciente a las esferas de poder, etc. Esta historia, eminentemente política, ha sido enormemente cuestionada por diferentes corrientes de pensamiento crítico, ya que una gran mayoría de la población (mujeres, personas del Sur Global, clases trabajadoras, LGTBIQ+, etc.) quedaba en la oscuridad perpetua de una historia única e indiscutible. Un relato universalizado que, a la luz de las revisiones críticas, mostró que era limitado y sólo se refería a un sector social minoritario. Aunque esta crítica ha sido ampliamente difundida en ámbitos académicos, el uso tradicional sigue siendo hegemónico en los libros de texto de las asignaturas de historia y en numerosos productos culturales.

La memoria también ha sido el relato de los grandes acontecimientos y de los grandes personajes. Las dictaduras del Cono Sur, la Guerra Civil española y la represión franquista, la resistencia al fascismo y el genocidio perpetrado por el Tercer Reich han sido, entre otros, grandes protagonistas de los relatos memorialísticos desde finales del siglo XX. Los movimientos de memoria llevan décadas reivindicando la necesidad de recordar y de romper el silencio en relación con diferentes hechos traumáticos del pasado: reparar y no olvidar la represión por motivos políticos como un ejercicio de justicia histórica y para evitar nuevos episodios atroces en el futuro. Pero generalmente, los estudios sobre la memoria y los movimientos de memoria histórica se focalizan de nuevo en acontecimientos políticos que tuvieron una enorme repercusión social en su contexto y un carácter generalmente dictatorial, represivo y violento.

Sin embargo, existieron y siguen existiendo otro tipo de violencias: opresiones invisibles, silenciosas, relegadas al ámbito de lo personal. Pero opresiones persistentes y casi ahistóricas, sin un final a la vista. Me refiero a las violencias derivadas de las estructuras de poder con tres brazos que rigen el sistema-mundo: el capitalismo, el patriarcado y el colonialismo. Las violencias derivadas de las opresiones de género, clase y etnia, entre otras, son constantes y poco llamativas, ya que no responden a un golpe de estado o a un suceso político concreto.

Se necesita una memoria de las violencias sistémicas. Y no solo de las violencias y opresiones, sino más bien de las resistencias cotidianas, individuales y colectivas, anónimas, comunes, sencillas y organizadas... El recuerdo de la transformación de estas opresiones en impulsos de resistencia, en reivindicaciones y luchas, en movimientos contraculturales o en transgresiones más sencillas y cotidianas, más allá de la victimización y del romanticismo.

La memoria es instrumento para la transformación: tiene el poder de contribuir al cambio del orden normativo, porque posee la capacidad de la moldear e impregnar las identidades individuales y la acción colectiva. Atendiendo a este potencial de la memoria, y teniendo en cuenta que es una herramienta de poder, vemos la necesidad de desestabilizar las memorias hegemónicas e introducir nuevas epistemologías. Nuevos saberes situados y diversos, que partan de la interseccionalidad y de un análisis relacionado de los diferentes sistemas de dominación. Entre ellas, las memorias feministas, porque el orden tradicional de género se ha sostenido gracias a unas memorias selectivas, que han fomentado un orden conservador y opresor en la construcción rígida de feminidades y masculinidades. Y también porque el feminismo requiere de genealogías, referentes y ejemplos pasados, así como de inspiraciones para el futuro.

De todos estos presupuestos partimos en el proyecto Arada. Eina de feminismes i memòria (Arada. Herramienta de feminismos y memoria). Es un colectivo abierto y asambleario de mujeres y personas socializadas como mujeres, que engloba diferentes iniciativas relacionadas con la memoria feminista en València. Desarrollamos actividades de divulgación de historia crítica, con perspectivas feministas y decoloniales, y de sensibilización mediante la memoria feminista. Una de las actividades centrales que estamos desarrollando es la creación de un centro de documentación feminista, un archivo para recoger la documentación de colectivos feministas para depositarlos adecuadamente, difundirlos y preservarlos. De hecho, quienes estudiamos historia con perspectiva feminista conocemos la dificultad y escasa presencia de las mujeres en las fuentes históricas que se han preservado en muchos archivos. Por eso, entendemos este centro de documentación como un espacio necesario para la investigación, cuyo objetivo es conservar fuentes históricas como recursos indispensables para conocer el feminismo. Y también para la acción, ya que la memoria es un pilar central para la transformación futura.

Por otro lado, nos encontramos en el proceso de investigación y escritura de un libro de forma colectiva, a propuesta de Caliu Espai Editorial, con la memoria feminista como hilo conductor y como reflexión central, aunque los temas serán diversos: la memoria feminista y su relación con la memoria histórica, la memoria decolonial feminista, los espacios urbanos y su construcción en relación con los espacios de memoria de las mujeres, los usos políticos de la historia y su relación con el feminismo... Y por último, visitamos barrios y pueblos haciendo talleres lúdicos sobre memoria feminista y presentando nuestro proyecto, a petición de centros y movimientos sociales.

“Arada” es, en catalán, un instrumento agrícola que se utiliza para abrir surcos en la tierra (el arado, en castellano). Nuestro nombre es una metáfora del potencial del recuerdo y de la historia. De hecho, utilizamos la memoria como una herramienta: labrar el pasado para sembrar el futuro.

[Carme Bernat Mateu es investigadora en la Universitat de València]

26/2/2018

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