Arturo Pérez Reverte

La Guerra Civil contada a los jóvenes

Alfaguara, Madrid, 2015

Un remedo de libro

Este libro tiene 127 páginas con treinta capitulitos (en realidad, epígrafes) más anexos (figuritas de uniforme, mapas, términos esenciales, momentos clave y biografías del autor y del dibujante). La longitud del texto es ínfima: veintisiete páginas cubren el período 1931-1945 y lo que queda se despacha en cinco. Ninguna es completa y varían sólo entre la mitad y tres cuartos con tipo de letra grande e interlineado generoso. El resto son ilustraciones y páginas en blanco.

Para no inducir a error, y gracias a la ayuda de Jordi Grau, profesor de enseñanza secundaria y bloguero, el texto puede expresarse en páginas de ordenador en Word, Times New Roman 12, con interlineado normal y doble para separar párrafos. El no titánico esfuerzo se ha reflejado en solo diez páginas y un tercio. Un total de 4.547 palabras. Los expertos determinarán su equivalencia en páginas de periódico. No creo que dé para más de dos o tres. El número de palabras por epígrafes es el siguiente: prólogo, 109; las causas políticas, 126; los modelos extranjeros, 112; las fuerzas enfrentadas, 134; la sublevación, 131; el comienzo de la guerra, 116; las atrocidades, 124; el avance sobre Madrid, 111; los asedios, 97; éxodo y tragedia, 122; represalias en la zona republicana, 123; la intervención exterior, 120; el gobierno de Burgos, 110; el Jarama, 90; Guadalajara, 98; guerra en el mar, 105; la retaguardia nacional, 120; la republicana, 101; las mujeres, víctimas frecuentes, 128; Unamuno, 112; Barcelona, 103; Guernica, 120; Brunete, Belchite, Teruel, 137; el Ebro, 118; el comienzo del desastre de la República, 121; la sublevación de Casado, 145; el exilio, 106; la España franquista, 134; la Segunda Guerra Mundial, 125; el maquis, 114; y el retorno a la democracia, 130. El glosario da para 715 y los momentos claves para 175. Los dos epígrafes más largos son los de las fuerzas enfrentadas y la sublevación de Casado. La exigüidad se comenta por sí sola, sin tener en cuenta que a veces los epígrafes incluyen temas más amplios. El de Guernica, por ejemplo, comprende toda la campaña del Norte.

La terminología utilizada es significativa. Los sublevados aparecen siempre como «nacionales» Sus oponentes como «republicanos». Los términos «fascistas» o «rojos» hacen acto de presencia una sola vez y entrecomillados. El oprobioso fascismo se reserva para alguna que otra referencia a Italia y Alemania en el glosario. A Falange se la presenta como uno de los «movimientos más extremistas de derecha». Entre las izquierdas, a los socialistas sólo se les menciona una vez; a los anarquistas, dos, y a los comunistas, siempre ligados a Rusia, tres. La guerra se dirimió entre dos «bandos», término que aparece nueve veces. «Rebeldes», trece.

Salvo Franco, citado ocho veces, no abundan los personajes. Mussolini, García Lorca, Muñoz Seca, Millán-Astray, Picasso, Capa, Antonio Machado, José Antonio Primo de Rivera, Alfonso XIII o Adolfo Suárez se mencionan una sola vez; Casado, dos, como Juan Carlos I; solamente Unamuno tiene derecho a tres. (En el glosario, Hitler aparece cuatro veces y en dos momentos clave se menciona a Alcalá-Zamora y a Azaña).

Lo que antecede no sugiere nada sobre la calidad. Un artículo corto puede ser rompedor. Menos aún cabe pensar que el autor haya pretendido escribir un articulito de historia «pseudoestructural». Se trata de una muy somera descripción de acontecimientos y episodios en un estilo que se supone conviene a chavales de entre doce a dieciséis años. Es decir, de sexto de Primaria a cuarto de la ESO y, quizás, el primer año de Bachillerato. Chavales, tal vez, que no están acostumbrados a leer y que padecen del lamentable estado de la enseñanza de la historia contemporánea en tales segmentos educativos. Ciertamente, para una gran parte, el conocimiento del pasado es una mezcla heterogénea de elementos de procedencia diversa, herencias de la experiencia familiar, anécdotas, prejuicios, informaciones no contrastadas y mistificaciones. La escuela española no ha logrado reedificar un conocimiento de la historia reciente desde una perspectiva inequívocamente democrática. Los diseños curriculares y los libros de texto, reconociendo el enorme esfuerzo de actualización desplegado en los últimos decenios, no han escapado a la acomodación al canon historiográfico de la «equidistancia». En la práctica docente no es raro que se liquide este período de manera superficial y superacelerada, con voluntad de obviar episodios controvertidos o, simplemente, molestos.

La idea del autor, ya que no original, es muy loable. Conviene que las generaciones del siglo XXI sepan algo del pasado. Si la enseñanza reglada no lo hace, el equivalente de un articulito, ilustrado profusamente, quizá pueda competir con YouTube o con esos libros de texto que, si bien han experimentado transformaciones vanguardistas en lo que a diseño y recursos gráficos se refiere, siguen adoleciendo de la falta de transposición al ámbito didáctico de los resultados de investigación historiográfica actualizada sobre elementos clave, tales como la urdimbre de la trama del golpe de Estado, la internacionalización del conflicto, la dinámica política y social y, sobre todo, la etiología de la violencia y la represión.

En declaraciones a la prensa, el autor afirma haber leído extensamente. Se echa de menos una mínima bibliografía que pudiera dar pistas sobre qué obras haya hojeado. Para información, al menos, de los papás y mamás. Su articulito no contiene, ni lo pretende, abordar ninguna idea o interpretación que no se hayan repetido de forma recurrente en la literatura (ni tampoco en las contraideas o contrainterpretaciones en un campo que en los últimos treinta años ha sido objeto de innumerables tratamientos científicos apoyados por evidencias de toda índole).

Menos loable es que Pérez-Reverte presente, nada menos, su trabajo afirmando que, «para evitar que tan desoladora tragedia vuelva a repetirse nunca, es conveniente recordar cómo ocurrió». Esta manidísima y oculta referencia a Santayana no viene a cuento en absoluto. También figura en la contraportada por si a algún eventual lector le asaltaran dudas. Ahora bien, tal y como aborda la Guerra Civil, parece difícil que en el presente o en el futuro puedan darse cita las «causas políticas» que identifica. Si su propósito didáctico estriba en extraer «conclusiones útiles sobre la paz y la convivencia que jamás se deben perder. Lecciones terribles que nunca debemos olvidar», en mi modesta opinión, fracasa estrepitosamente.

¿Cuáles son las causas que, según él, llevaron al conflicto? Atraso social y económico, mucha pobreza, incultura, desigualdades sociales, insatisfacción con el estado de cosas, la tierra no era de quien la trabajaba, las condiciones laborales (en las fábricas) eran «a menudo» injustas. En consecuencia, se producían disturbios, algaradas y alteraciones del orden público. Todo ello impedía la estabilidad política. Si estas fueron las causas, ¿no podrían pensar los chavales que tales fenómenos también se producen hoy en día?

De lo que no tendrán experiencia es de otros rasgos: «derechas e izquierdas se organizaban para lo que, tarde o temprano, parecía confrontación inevitable» y, además, «las revueltas callejeras, sublevaciones e incidentes diversos [...] alteraban el orden público y contribuían a crear [sic] esa sensación». Esto último, afortunadamente, ya no ocurre en la España de nuestros días, como incluso las mentes infantiles o en proceso de formación pueden comprobar a diario.

También podrán pensar, si lo hacen, que no existen muestras del chispazo que se atribuye a «buena parte de los jefes y oficiales del ejército», en connivencia con ciertos movimientos extremistas de derecha (eludiendo cualquier responsabilidad que no sea la de Falange). ¿Y por qué se sublevaron los militares? Pues simplemente porque «se creían marginados por la República». Los chavales más despiertos podrán comprobar, si preguntan a sus papás y mamás, que tal no es el caso en nuestros días.

Aparte de la debatida cuestión de la «inevitabilidad» de la guerra, lo poco que dice el autor sobre el contexto exterior permite remachar que el «santayanismo» ofrece una pista errónea. Como es frecuente en la literatura hispanocéntrica, abundan las falsas afirmaciones (lo que dentro de la parquedad informativa es revelador). Italia no envió una fuerza terrestre de cincuenta mil soldados. No es cierto que Mussolini, avergonzado por la derrota de Guadalajara, no perdonase nunca a sus tropas aquel desastre. Los tanques soviéticos no actuaron con mucha eficacia, pero al autor ni se le ocurre mencionar los aviones. Insiste en la especie (franquista y de la Guerra Fría) de que Rusia intervino confiando en que una victoria republicana terminase convirtiendo a España en un país comunista. Atribuye mucha importancia a los que, contradictoriamente, denomina «disturbios en Barcelona» (mayo de 1937), pero los liga a la intervención directa «de los agentes soviéticos que actuaban en España». Es una tergiversación afirmar que la guerra «se convirtió en motivo de estudio y experimentación para los regímenes europeos que pronto se enfrentarían en la Segunda Guerra Mundial». Lo fue, sobre todo, para el Tercer Reich, pero bastante menos para la Unión Soviética. Salvaré al autor por reconocer que el bombardeo de Guernica se hizo con «autorización del Estado Mayor de Franco» en un «ensayo despiadado de lo que después serían las tácticas aéreas nazis». Es algo que siguen negando, todavía hoy, historiadores de derechas, incluso en obras destinadas a la enseñanza universitaria. 

La parte militar es de pena. Sin duda es muy complicada para las mentes infantiles: «Las ofensivas republicanas se vieron obstaculizadas por los problemas políticos de retaguardia» es hasta punto cierto, pero se omiten la carencia de recursos, la dificultad de crear un ejército capaz de enfrentarse a otro dirigido y encuadrado por profesionales, la incapacidad de formar masas de maniobra y los obstáculos tácticos y estratégicos a la hora de obtener recursos del exterior, también soviéticos. Así que no se explica la tenaz resistencia frente, y esto sí está bien visto, a un Franco «que no dudaba en sacrificar a las propias tropas en una larga guerra de desgaste, mientras que con la represión de los vencidos aseguraba las zonas conquistadas». Tampoco esta es una afirmación que compartan numerosos autores franquistas. Evidentemente, Pérez-Reverte va de «progre».

El relato elude todas las cuestiones claves, de difícil comprensión para los chicos y chicas del siglo XXI: ¿cómo se distribuyen las responsabilidades en la preparación de la sublevación y por qué? ¿Qué convirtió la sublevación en una guerra civil? ¿Por qué se hizo la guerra? ¿Por qué duró casi tres años? ¿Qué fue la guerra? ¿Por qué duró tanto el franquismo? Aquí, la imprecisión terminológica es notable: de «férrea dictadura», sin otro calificativo, se pasa a régimen de «carácter autoritario». Un régimen, al parecer, muy limitado, porque lo habría sido en tanto que «represor de libertades políticas y ciudadanas».

Eso sí, todos «pelearon con crueldad y también con valentía» (aparentemente, la guerra debería haber sido «florida», como entre los mesoamericanos anteriores a la conquista, y el valor se supone a todos los españoles por el mero hecho de serlo). Con todo, se reconocen similitudes y diferencias: «Las tropas rebeldes tomaron terribles represalias contra la población partidaria del legítimo Gobierno de la República», pero «en la zona republicana ocurrieron también innumerables atrocidades». El autor carga la siniestra contabilidad contra las primeras. Ahora bien, es difícil que el número de asesinados entre los leales a la República fuera ciento ochenta mil. Más acertada es, en los causados en esta zona, una cifra en torno a los cincuenta mil.

Choca la forma en que Pérez-Reverte termina el equivalente de sus ocho páginas y un tercio de texto (sin glosario y momentos clave): «A la muerte del dictador, España se convirtió en una monarquía parlamentaria por decisión personal del rey Juan Carlos I [...] [que] volvió a legalizar los partidos políticos, procuró la reconciliación nacional, liquidó el régimen franquista y devolvió a España la democracia». La tímida contextualización del comienzo del relato desaparece. La responsabilidad monárquica en la preparación de la guerra se omite cuidadosamente.

Debo felicitar efusivamente al autor y a la editorial por el éxito económico que supone haber vendido cuatro ediciones en menos de tres meses de un articulito de cuatro mil quinientas palabras. Es algo que no está al alcance del común de los mortales. Mucho menos en un país en el que, casi todas las semanas, se publica algún libro sobre un aspecto u otro de la guerra y en el que las autoridades han cortado la desclasificación de documentos de índole militar.

Alfaguara afirma en la contraportada que se cuenta la guerra «de forma escueta, objetiva y rigurosa, sin clichés partidarios ni etiquetas fáciles». Publicidad barata. Me pregunto si hubiera aceptado un texto parecido caso de haberlo escrito algún exprofesor de enseñanza secundaria. Sugiero el nombre de Fernando Hernández Sánchez, a quien agradezco sus observaciones sobre el ámbito en que se educan esos jóvenes para los que escribe nuestro estimado novelista.

 

[Fuente: Revista de Libros]

Ángel Viñas

18/7/2016

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