Energía y poder: una visión ecologista

Pablo Massachs

Para los políticos, lo fácil es decir que el problema de la energía se puede resolver acudiendo a la solar o a la eólica, pero eso son tonterías. Y son tonterías que han dicho algunos políticos muy importantes. Queda claro que la base de la energía es hoy la de origen térmico o nuclear.

Jordi Pujol, en el acto de inauguración de una planta solar térmica (mayo de 1982)

 

 

Es habitual acusar(nos) a los ecologistas de utópicos, ingenuos, de centrar nuestros esfuerzos en prioridades secundarias. Naturalmente esta lista de reproches no es exhaustiva, pero seguro que al lector le suena este tipo de discurso. Es curioso cómo puede llegar a cambiar el prisma al tratar de cerca y conocer los argumentos de algunos autodenominados “ecologistas” en materia energética. Las buenas intenciones se presuponen, lo cual no quiere decir que éstos deban quedar al margen de críticas. Y es que el doble reto energético y ecológico no admite muchos atajos, sobre todo si además añadimos la variable del poder que ostentan las compañías que controlan la energía de un país o región.

El eterno debate nuclear

Al igual que la peligrosidad de los residuos nucleares, el debate sobre la energía nuclear no parece tener fin. Pero si algo tiene que agradecer un ecologista a la energía nuclear es que, a lo largo de las décadas, ha servido para poner sobre la mesa el debate sobre la energía y poder. Hoy en día éste ha sido silenciado de forma apabullante por los grandes medios de comunicación y por las instituciones públicas, o lo que es lo mismo: el llamado cuarto poder y el poder ejecutivo. Como muestra, llama la atención por el descaro que desde el accidente de Fukushima el CIS no haya vuelto a publicar encuestas sobre la aceptación de la energía nuclear. Mejor no preguntar si uno no es capaz de gestionar una respuesta incómoda.

Como personaje admirado entre los ecologistas por su “Hipótesis Gaia”, James Lovelock dejó a muchos de ellos boquiabiertos al manifestar su amor a la energía nuclear como receta para atajar el Cambio Climático [1]. En su argumentación no hay rastro de preocupación por lo que implica la energía nuclear en cuanto a fuente centralizada de generación, controlada e impuesta por unos pocos. Su única medida descentralizadora, valga la ironía, consiste en ofrecer el jardín de su casa para enterrar residuos nucleares.

Por otro lado, algunos ecologistas insisten en que el debate nuclear se centre en lo económico. Argumentan que el propio mercado es capaz de arrinconar a la energía nuclear. Supongo que es únicamente un planteamiento estratégico, y que estos ecologistas también ven la catástrofe de Fukushima, por ejemplo, como un desastre ecológico, sanitario y social, además de económico. En cualquier caso, quienes defienden esta estrategia parecen olvidar en cambio que la energía nuclear nunca ha sido realmente competitiva, pues siempre ha necesitado ayudas directas (subvenciones, investigación con fondos públicos, etc.) o indirectas [2]. No ven que esta tecnología puede seguir con vida por muchos años si no se le arranca la influencia mediática y política de la que gozan las empresas propietarias de las centrales. Y para romper ese desequilibrio de fuerzas es necesario que los ciudadanos ejerzan una presión social que abra el debate a la salud, la ecología, el futuro de las generaciones que nos sucederán y las relaciones de poder.

¿Fracking como transición a las renovables?

Después de llevar unos años desarrollándose en EEUU con aparente éxito, la fractura hidráulica o fracking ha empezado a sonar al ciudadano europeo. Se presenta por parte de sus defensores como una técnica que puede ayudar a solucionar el problema energético global. Además, hay quien ha insinuado que ésta no es tan dañina para el medio ambiente, con la trampa argumental de que el producto que se acaba obteniendo es gas natural, y éste emite muchos menos gases de efecto invernadero en su combustión que otros combustibles fósiles. Pocos ecologistas se han tragado ese anzuelo de forma tan fácil, debido a las implicaciones ecológicas y energéticas de esta técnica [3]. Sin embargo, otros sí han caído en la tentación de ver el fracking con buenos ojos porque entienden que el gas natural debería ser la tecnología de transición hacia el modelo 100% renovables. En una ocasión hablé con uno de los ponentes de una mesa redonda sobre energía, organizado por una plataforma de grupos ecologistas. Se trata de un experto en energía, firme defensor de las renovables desde hace lustros y totalmente contrario a la energía nuclear. Sin embargo, del fracking tenía una concepción más amigable, ya que según su parecer podía acelerar la llegada del ansiado modelo energético 100% renovable. En este punto de vista parece subyacer la idea de que todos los agentes implicados en la generación de energía desean y fomentan un modelo futuro respetuoso con el medio ambiente. ¡Menuda ingenuidad! Las empresas que desarrollan el fracking son primas hermanas, cuando no las mismas, que se han ocupado del negocio petrolero y gasístico durante décadas. Ésas que no dudan en comprar voluntades, fomentar conflictos bélicos o arrasar espacios protegidos para hacer negocios. Las mismas que tienen las puertas del poder político abiertas de par en par para mediar a favor de sus intereses. Ésas mismas, al fin, que no ceden ni cederán su poder sin dar batalla, pues saben que éste es la base de sus negocios. ¿Éstas son las empresas que deben hacer de puente hacia un futuro energético más respetuoso con el medio ambiente?

En boca de todos: las energías renovables

Ya sea de forma sincera o forzada, todo el mundo hace un discurso a favor de las energías renovables, al menos de manera abstracta. Pero hay muchos modelos energéticos posibles basados en energías renovables. Hace unos años se presentaron a la opinión pública proyectos megalómanos de aprovechamiento energético de energías renovables, como Desertec o Seatec, que se autoadjudicaban el papel de ayudar a salvar a la humanidad del problema energético de forma limpia. Su planteamiento era sencillo: saturar las zonas con mejores recursos energéticos con enormes plantas fotovoltaicas, termosolares o parques eólicos, para cubrir las necesidades energéticas de Europa. Debido a la lejanía de las plantas energéticas de los puntos de consumo (del orden de miles de km), para asegurar su viabilidad serían necesarias superredes de transmisión de alta tensión en corriente continua (HVDC, según sus siglas en inglés). No es extraño que grandes grupos energéticos y financieros apoyen este tipo de proyectos [4]. No en vano, replican en buena medida el modelo energético actual, con unos pocos centros de generación controlados por muy pocos actores con mucho poder. Por tanto, si se desarrollasen estos megaproyectos, el control de las instalaciones quedaría en manos de grandes corporaciones que no buscan precisamente el bien común, y sólo tienen el respeto al medio ambiente en su agenda si es compatible con su beneficio privado. Es más, la condición necesaria del desarrollo de superredes para transportar la energía podría ser aprovechada por otras tecnologías más contaminantes, como la energía nuclear. Por eso llama la atención que incluso Greenpeace, la multinacional de la ecología, quedase encandilada con los cantos de sirena del proyecto Desertec [5].  En cambio Hermann Scheer, una de las personas que más hizo por la implantación de las energías renovables, ya advertía en 2011 [6] de que quizá las intenciones de los promotores de estos proyectos no sean tan limpias y sostenibles como se quiere hacer ver. Cabe preguntarse si el cambio de modelo energético no debería basarse en la reducción del consumo eléctrico y la generación distribuida, que limitaría sustancialmente el poder que ejercen las grandes compañías energéticas. Si no cambiamos las relaciones de poder en materia energética, la 4ª revolución, la revolución energética que algunos anuncian, se quedará simplemente en otra oportunidad más de negocio para las grandes corporaciones energéticas.

La energía, ¿cuestión de Estado?

En plena campaña electoral un conocido “experto en energía” reclamaba con motivo del Día Mundial del Viento la necesidad de un “Pacto de Estado sobre Energía”. Quizá este experto no se considere ecologista, pero como a aquéllos, aquí también se le puede acusar de ingenuidad. La energía en un país como España es un tema profundamente político, en donde los diferentes partidos favorecen unos modelos y unos intereses particulares, no coincidentes entre sí. ¿Qué clase de pacto de futuro se puede negociar con el partido más votado, que defiende alargar la vida de las centrales nucleares, que ha implantado el “impuesto al sol” y ha criminalizado y machacado legislativamente a las tecnologías renovables? Esto parece hoy en día una quimera, sobre todo si dicho pacto debe incluir una apuesta firme por reducir el consumo, descentralizar la generación y un sistema de generación futuro basado en energías renovables. Pero al menos sería conveniente que la energía fuera un tema sobre el que se debatiera más a menudo y de forma más rigurosa, explicando su complejidad e implicaciones sobre el medio ambiente, la economía y el trabajo.

Y es que quien controla la energía, dispone además de un enorme poder que no se puede cuantificar en kilovatios-hora. Manteniendo la utopía en el horizonte, alejados de  ingenuidades, debemos avanzar hacia la energía del futuro, hacia un verdadero cambio de paradigma energético. Y tengamos presente que recuperar el poder sobre la energía también debe ser un espacio de lucha por una sociedad más ecológica y también más democrática.

 

Notas:

[1] James Lovelock, La venganza de la Tierra, Planeta, 2008. ISBN 9788408078678.

[2] El principal subsidio indirecto consiste en el hecho de que en caso de un accidente nuclear sean los estados los que se encarguen de asumir la mayor parte de los costes. Esto hace que se limiten los seguros de responsabilidad que deben afrontar las propietarias de centrales nucleares. Es más, de no existir las garantías estatales de asunción de costes ante un accidente de este tipo, difícilmente una compañía de seguros firmaría una póliza que en caso de accidente la llevase a la quiebra.

[3] Basten un par de ejemplos para mostrar la rápida reacción de los grupos ecologistas ante la amenaza de la fractura hidráulica. Entre finales de 2012 y 2013 Ecologistas en Acción publicó numerosos artículos y 2 informes sobre las implicaciones sobre el agua y la energía de esta técnica:

Área de Energía de Ecologistas en Acción, “La ruina de la fractura hidráulica”,  Ecologistas en Acción, mayo de 2013. Disponible en: http://www.ecologistasenaccion.es/article25805.html

Área de Agua de Ecologistas en Acción, “Efectos de la fractura hidráulica sobre el agua en España”, Ecologistas en Acción, noviembre de 2012. Disponible en: http://www.ecologistasenaccion.org/article24510.html

[4] Las empresas que forman el consorcio creado para desarrollar el proyecto Desertec se nutre básicamente de bancos y grandes grupos e industriales. Se puede consultar en: https://es.wikipedia.org/wiki/Desertec#Consorcio

[5] Greenpeace Alemania, país de donde provienen la mayor parte de los promotores del proyecto, instó a los promotores a su realización con premura, y se congratuló de éste por ser un hito en el uso de la energía solar y eólica. Más información (en alemán): https://www.greenpeace.de/themen/energiewende/erneuerbare-energien/greenpeace-desertec-initiative-hat-modellcharakter)

[6] Hermann Scheer, El imperativo energético, Icaria Editorial, 2011. ISBN 9788498883541.

30/6/2016

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