El hundimiento moral de Europa

Joaquim Sempere

En el último derbi futbolístico celebrado en Barcelona en 2015 entre el Barça y el RCD Espanyol, en el campo de este último club se desplegó una enorme pancarta que decía: “Shakira es de todos”. Automáticamente acudió a mi mente estupefacta la imagen de algún soldado, en alguna de las múltiples guerras del ancho mundo, violando a una mujer, con una cola de otros soldados esperando impacientes, con la bragueta abierta, su turno en la fiesta. No sé qué imaginaban los energúmenos que sostenían la pancarta, pero no sería algo demasiado alejado de una escena así.

El suceso es alarmante. Lo que seguramente empezó como una broma zafia y obscena entre colegas hinchas, se convirtió en la expresión de un sentimiento ampliamente compartido, sin el menor asomo de pudor ni vergüenza, en un campo de fútbol y ante las cámaras de televisión.

Nuestra sociedad promete el cielo, pero no proporciona más que el infierno o un triste purgatorio. Estimula aspiraciones desbocadas, y así desemboca en resentimiento, envidia y odio. Lo que no encuentra salida real se traduce en ansia imaginaria y agresividad desviada. Y como, además, la mujer es vista como un objeto, algo que se posee y de lo que se goza, la salida –en este caso— es una manifestación vomitiva de machismo. El esposo de Shakira, Piqué, es un chaval como cualquiera de esos energúmenos, cercano a ellos; pero un chaval que posee millones y posee una mujer atractiva. Por eso es la diana del resentimiento, y su mujer el objeto del deseo.

Poco después, una hinchada de otro equipo jaleaba desde las gradas a un jugador con problemas con su pareja a la que los hinchas no dudaban de calificar de “puta” a voz en grito. No siempre los deportes masculinos de competición son semillero de conductas agresivamente machistas. Pero hay casos de clubes de barrio donde se cuelan como entrenadores verdaderos fascistas, que azuzan a sus pupilos y se llenan la boca de insultos; son auténticas escuelas de agresividad verbal y física ya desde la adolescencia. Una vez interiorizada la cultura masculina de la agresividad, sólo hay un paso para que se convierta en violencia machista. Afortunadamente, hay reacciones a ello. En L’Hospitalet de Llobregat surgió en 2015 un movimiento de entrenadores dispuestos a combatir estas prácticas y a educar a sus muchachos en el respeto deportivo al adversario y en el fair play, calificando los resultados de las competiciones no sólo por los goles marcados sino también por la dignidad de las conductas. Este movimiento ha tenido un éxito fulminante y se ha extendido por numerosos centros deportivos del área metropolitana barcelonesa.

El campo de los deportes tiene una virtualidad educativa enorme en materia de comportamiento, tal vez más que la propia escuela, porque los adolescentes se implican en el deporte. Pero lo ocurrido en el campo del Espanyol tiene seguramente raíces más hondas que una simple carencia educativa. Nietzsche ya advirtió a finales del siglo XIX que, debajo de la fina capa de ilustración racionalista de la que una parte de Europa estaba orgullosa, latían pasiones poderosas y desordenadas. La violencia bélica y política que se desencadenó en la primera mitad del siglo XX le dio la razón. La civilización se reveló una delgada membrana que apenas podía contener las fuerzas caóticas que hervían bajo la superficie. ¿Estamos hoy ante los mismos peligros?

Unos meses han pasado, y hemos asistido en Madrid a humillaciones por hinchas del PSV Eindhoven (¡otra vez el fútbol como contexto!) contra jóvenes rumanas que mendigaban; en Barcelona a chacotas contra un indigente tullido por partidarios del Arsenal; en Roma hemos visto a un turista orinando sobre una mujer que pedía limosna. La crueldad se ceba desinhibidamente contra los pobres y los extranjeros de países “atrasados”. Hordas de machos omega, orgullosos de su piel blanca y su superioridad económica, manifiestan su miseria moral despreciando a personas pobres, excluidas y humilladas, especialmente si son mujeres y de piel morena. Algo huele a podrido en Europa. Las imágenes de los fugitivos de Siria, Afganistán y otros lugares a quienes Europa cierra la puerta en las narices son la expresión más grave, patética y cruel de una mentalidad atroz, del hundimiento moral de una Europa en caída libre como referente para el resto del mundo, y encaminada hacia destinos inquietantes.  El escritor y periodista alemán Carl Amery publicó en 1998 un libro titulado Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?, cuyo subtítulo remacha su intención: Hitler como precursor. Démonos por advertidos.

Europa –y el hombre blanco en su conjunto— tiene un lúgubre balance histórico de violencia y desprecio hacia el resto del mundo, desde la conquista de América y la destrucción de África hasta las humillaciones de Abu Ghraib y Guantánamo. Violencia y desprecio cobardes, ahora también, contra los pobres y desahuciados. ¿Hasta qué simas nos hundiremos? ¿Seremos capaces alguna vez de pasar página? ¿Seguiremos proyectando nuestros resentimientos y miedos contra los más débiles e indefensos? ¿Cómo haremos para enfriar la olla hirviendo de las malas pasiones que florecen con la crisis?

30/3/2016

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