Bombardeos, atentados, bombardeos...

José Luis Gordillo

Teoría del atentado indiscriminado

Las masacres indiscriminadas en medios de transportes o en lugares públicos generan una inmediata identificación con las víctimas. Eso se debe a un sentimiento básico de empatía humana y a que todos comprendemos enseguida que nosotros o las personas que más queremos podrían estar entre los muertos y heridos. Esas matanzas también provocan lo que todos sentimos ahora en relación con la masacre de París: asco, rabia, odio, miedo y angustia. Esos sentimientos se elevan al cuadrado si, además, los grandes medios de comunicación lo convierten en el tema estrella durante semanas.

La sensación de que actos así pueden repetirse en el futuro nos impulsa a exigir al Estado protección y seguridad, salvo que estemos convencidos que el gobierno miente o manipula sobre ellos. Para los gobernantes es una de las peores situaciones a las que pueden enfrentarse en el ejercicio de sus funciones, aunque también constituye una oportunidad de oro para poder tomar determinadas decisiones. El sentimiento colectivo de conmoción y pavor hace posible aprobar leyes y ordenar acciones que en otras circunstancias serían profundamente impopulares.

La sucesión expuesta de acontencimientos se produce de forma prácticamente automática y con independencia de quienes sean los autores de las matanzas. De hecho, a poco que se piense sobre ello se llega a la conclusión de que saber con certeza quiénes las han ejecutado y ordenado no es precisamente una tarea fácil.

Un gobierno sensato, en vez de atribuir rápidamente su autoría a este o a aquel grupo por razones espurias, tácticas o inconfesables, debería mostrar sus condolencias a las familias de los asesinados, recomendar calma, desconfiar de evidencias que bien podrían ser maniobras de distracción (es sorprendente la credibilidad que se les otorga a los matarifes) y poner todos sus recursos al servicio de una investigación seria y rigurosa, con la advertencia añadida de que ésta puede tardar meses o años en ofrecer resultados fiables.

Bien es verdad que saber quién ha sido aparece en nuestras cabezas como una necesidad perentoria, apremiante, y que de ello se aprovechan toda clase de oportunistas.

¿Soberano es el que decide el estado de excepción?

François Hollande, cuando no habían transcurrido ni venticuatro horas de la masacre y sin esperar al resultado ni que fuera provisional de las investigaciones apenas iniciadas, la calificó de “acto de guerra” y atribuyó su autoría al Estado Islámico (también llamado ISIL o DAESCH). El domingo quince de noviembre una flotilla de aviones de combate franceses bombardeó objetivos en Raqqua, ciudad ubicada en Siria, con la justificación de que allí se encontraba el cuartel general de la citada organización. Nadie en Francia protestó, que se sepa. Fue percibido dentro y fuera como una represalia esencialmente justa.

Por otra parte, Hollande declaró l’état d’urgence que le permite, entre otras cosas, detenciones indefinidas de sospechosos, prohibir reuniones públicas, cerrar salas de espectáculos y lugares de reunión de cualquier tipo, ordenar la entrega de armas, ordenar registros domiciliarios sin orden judicial, prohibir la circulación de personas y vehículos en lugares y zonas determinadas, crear zonas de seguridad de acceso restringido, así como obligar a los ciudadanos a permanecer en un territorio concreto. La legislación francesa también le permitía tomar el control de los medios de comunicación, pero esta vez prefirió no hacerlo. La pretensión declarada de Hollande es alargar l’état d’urgence durante tres meses y a continuación incorporar esas medidas a la Constitución. Las acciones terroristas son sin duda una amenaza a los valores democráticos, como se acostumbra a decir, pero son nuestros gobernantes los que toman las decisiones que los envían al desván.

Por lo demás, los atentados y los imperativos de la seguridad nacional fueron invocados por el presidente de Francia para justificar un aumento del gasto público y la congelación de la aplicación del Pacto de Estabilidad de la UE (que incluye austeridad y recorte del déficit público): “antes va el pacto de seguridad que el de estabilidad” declaró de forma muy solemne en una reunión con los parlamentarios en el Palacio de Versalles el lunes dieciséis de noviembre.

Calificar las matanzas como “acto de guerra” cuando ni siquiera se conocían los nombres de los asesinos, fue una decisión libérrima de François Hollande que no estuvo determinada por la mayor o menor gravedad de los hechos luctuosos de continúa referencia. José Mª Áznar, tras los atentados de Madrid del 11 de marzo de 2004, no se atrevió a tanto, a pesar de que los muertos se acercaron a los doscientos y los heridos superaron los mil ochocientos. Como todos sabemos, Aznar ante una situación semejante prefirió atribuir la autoría a ETA para, entre otras cosas, intentar alejar del debate público, a tres días de la elecciones, palabras como “Iraq”, “terrorismo yihadista”, “guerra” y el consiguiente “¡No a la guerra!” coreado por millones de manifestantes un año antes. Tal vez –y esto es sólo una especulación- un asesor legal le pudo recordar, además, el artículo 590.1 del Código Penal español que dice: “El que, con actos ilegales o que no estén debidamente autorizados, provocare o diere motivos a una declaración de guerra contra España por parte de otras potencias, o expusiere a los españoles a experimentar vejaciones o represalias en sus personas o en sus bienes, será castigado con la pena de prisión de ocho a quince años si es autoridad o funcionario, y de cuatro a ocho si no lo es.”

Sobre la corresponsabilidad política de las matanzas de París.

La responsabilidad penal de los asesinatos de París es de quienes los han planificado, ordenado y ejecutado. Es deseable que las investigaciones policiales, judiciales, parlamentarias y periodísticas en curso lleguen a buen puerto y determinen claramente el quién, el cómo y el porqué. También es deseable que en esas investigaciones se tengan en cuenta todas las hipótesis y todos los indicios conocidos, desde las proclamas de los asesinos a los comunicados del EI o la procedencia de las armas empleadas, pasando por hechos tan insólitos como el kamikaze que se autoinmoló con explosivos sin destruir el pasaporte sirio que llevaba encima, lo cual permitió afirmar después que había entrado en Europa con los refugiados, o que los servicios de urgencia de los hospitales de París hubiesen llevado a cabo, el mismo día de los atentados por la mañana, un simulacro consistente en atender a ficticios heridos de bala y explosiones resultado de la acción de “un grupo armado que cometía atentados en varios lugares de París” (La Vanguardia, 18 de noviembre de 2015).

Ignoro si en el Derecho penal francés existe un artículo similar al 590.1 del Código Penal español citado más arriba. Por eso voy a limitar la cuestión a la corresponsabilidad política de François Hollande y su gobierno en las matanzas de París a partir de la premisa de que no se puede hacer cualquier cosa en política exterior, y que determinadas actuaciones que han tenido como consecuencia la pérdida de vidas humanas deberían comportar, como mínimo, dimisiones.

François Hollande y la guerra civil en Siria

Si los indicios difundidos por la prensa, como el grito de los atacantes “¡Os vamos a hacer lo mismo que estáis haciendo en Siria!” o el comunicado de Estado Islámico atribuyéndose la autoría, fueran considerados auténticos por investigaciones posteriores, entonces tendrían una gran trascendencia política las siguientes informaciones:

1) Hasta 2014, todos los opositores al régimen de Al Assad eran calificados por los gobiernos occidentales y los mass media globales como rebeldes. En plena guerra contra el terrorismo, que los centros de poder califiquen a determinados grupos de rebeldes es para ellos un regalo propagandístico inapreciable. Es mucho mejor, desde luego, que ser motejados de terroristas, pues en este caso pueden ser asesinados con un dron, torturados, recluidos en Guantánamo o hechos desaparecer en menos que canta un gallo. Una parte de los integrantes de Estado Islámico estaba entre esos rebeldes.

2) En el The New York Times del 24 de marzo de 2013 se informó que la CIA estaba armando e instruyendo a los rebeldes sirios. En el libro ISIS. El retorno de la Yihad, (Planeta, Barcelona, 2015, pág. 81) de Patrick Cockburn, corresponsal para Oriente Próximo de The Independent, se cita el testimonio de Saddam al-Jamal, antiguo comandante del Ejército Libre Sirio y con posterioridad miembro de Estado Islámico, según el cual “las reuniones del consejo militar del ELS invariablemente contaban con la asistencia de representantes de los servicios de inteligencia saudíes, de los Emiratos Árabes Unidos, Jordania y Qatar, así como funcionarios de inteligencia de los Estados Unidos, Inglaterra y Francia.”

3) En el The Daily Telegraph del 5 de marzo de 2012 se informó que el Ejército Sirio había apresado a trece oficiales franceses en la ciudad de Homs cuando estaban ejerciendo de instructores militares a grupos de rebeldes.

4) El 27 de mayo de 2013, la UE decidió levantar el embargo de armas a los susodichos rebeldes, a partir de lo cual los estados que lo deseasen podían suministrarles todo tipo de artilugios para matar. En una entrevista publicada por Le Monde el 20 de agosto de 2014, François Hollande reconoció que él había hecho llegar armas a los rebeldes sirios.

5) En The Guardian del 15 de septiembre pasado, el diplomático finlandés Martii Ahtisaari, Premio Nobel de la Paz, explicó que, en 2012, cuando todavía no hacía un año que había comenzado la guerra civil en Siria, Rusia propuso a los otros miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU un plan de paz cuyos puntos centrales eran: a) no dar armas a la oposición a Al Assad; b) propiciar un diálogo inmediato entre Al Assad y la oposición; c) buscar al dictador una salida honorable del poder. Ahtisaari cuenta que esa propuesta fue rechazada por EE.UU., Francia y Gran Bretaña con el argumento de que la caída de Al Assad era “cuestión de semanas” y que por tanto no merecía la pena pensar en ninguna clase de abandono honorable del poder.

6) El 22 de junio de 2014, cuando Obama había tomado ya la decisión de bombardear objetivos en Siria y los antiguos rebeldes del Estado Islámico se habían transformado para la CNN en terroristas sanguinarios, varios periódicos informaron (El País entre ellos) que John Kerry había iniciado una gira por Oriente Medio para solicitar a Arabia Saudí y los Emiratos del Golfo que cortasen toda financiación a los rebeldes/terroristas del Estado Islámico.

7) El 27 de septiembre de 2015, François Hollande dio la orden de bombardear objetivos en Siria. La justificación que dio Hollande para dicha decisión fue literalmente la de "prevenir acciones terroristas” en suelo francés (La Vanguardia, 28 de septiembre de 2015).

8) El 5 de octubre de 2015, el juez francés Marc Trevidic, que hasta hacía poco se había ocupado en exclusiva de temas de terrorismo, hizo unas declaraciones a la prensa (recogidas en La Vanguardia del 6 de octubre) acerca de los peligros que aguardaban a Francia como consecuencia de haber intervenido militarmente en Iraq y Siria. Trevidic explicó que era lógico prever “acciones [terroristas] de una magnitud incomparable a las que hemos tenido hasta ahora”. Preguntado sobre si los bombardeos de la aviación francesa en Iraq y Siria podrían ser útiles para evitar atentados en Francia, el juez contestó que los bombardeos “no sirven para nada” y que “son un calco del modelo americano: hace años que Estados Unidos elimina jefes, estrategas y reclutadores, en Yemen, Afganistán o Somalia. Eso nunca ha funcionado.”

9) En El País del 21 de febrero de 2015 se informó que Turquía y EE.UU. estaban entrenando y equipando a la oposición siria “moderada”. Patrick Cockburn, en el libro citado (págs. 22-23), afirma que los dirigentes de Estado Islámico “siempre se sienten encantados cuando se envían armas sofisticadas a grupos anti-Assad de cualquier tipo porque de este modo pueden quitarles las armas mediante amenazas, por la fuerza o mediante pagos en efectivo.” Cockburn concluye el capítulo dedicado a “El surgimiento del ISIS” con las siguientes y clarificadoras palabras: “Los Estados Unidos, los europeos y sus aliados regionales en Turquía, Arabia Saudí, Qatar, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos crearon las condiciones para el surgimiento del ISIS.” (pág. 27).

François Hollande, proveedor confeso de armas a los rebeldes sirios (y por tanto, directa o indirectamente, a Estado Islámico), en vez de presentar inmediatamente su dimisión, ha preferido declarar l’état d’urgence. Las encuestas dicen que más del 80% de los franceses apoya esa medida. Una proporción similar apoya asimismo la "guerra" al ISIS o a lo que sea como respuesta a los atentados, siempre que se trate de una guerra lejana, en la otra punta del mundo. Si se tratase de una guerra civil, como la que padece Siria, cabe suponer que los apoyos no serían tan elevados.

Más inseguridad y menos libertad

Desde 2001, los gobiernos occidentales se han involucrado en una sucesión ininterrumpida de guerras imperiales. Ninguna de ellas ha servido para evitar atentados como los de París. En realidad, todavía es la hora que alguien nos explique cuál es la relación causal entre bombardear objetivos en Oriente Medio, Asia Central o el África Subsahariana e impedir atentados en las metrópolis occidentales perpetrados por franceses, británicos, belgas o norteamericanos. Lo mismo se puede decir de todas las reformas legales que han comportado recortes de nuestros derechos antirrepresivos. Nunca son suficientes, a cada nuevo atentado hay que hacer más, lo cual demuestra la inutilidad de las anteriores. Eso sí: con cada una de ellas aumenta el control policial sobre las poblaciones. Sin embargo, tampoco así se va a poder evitar el próximo atentado.

Un día caeremos en la cuenta de que los estados occidentales se parecen cada vez más a dictaduras (que tampoco pueden evitar atentados y si no que se lo pregunten al espíritu de Carrero Blanco) pero lo más triste es que eso a mucha gente le parecerá normal. ¿Han visto Brazil de Terry Gilliam?

24/11/2015

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