De inmigrantes, nacionalismos y proyectos sociales

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Joan Busca

I

Las fronteras del imperio son territorios cada vez más peligrosos. Lo constatan los miles de muertos en el Mediterráneo, que tienen su contrapartida en los que se contabilizan en los desiertos del sur de Estados Unidos. Un drama insoportable, injusto, inhumano que padecen millones de personas que simplemente tratan de buscar seguridad (física, económica). La paradoja de un mundo global donde se han eliminado las barreras físicas e institucionales a los movimientos de capitales y mercancías a cambio de una proliferación de murallas para contener los movimientos de personas. De la Gran Muralla y el Telón de Acero hemos pasado a la era de las barreras metálicas y electrónicas, una simple modernización tecnológica de un mismo concepto. El sufrimiento humano que se provoca es el mismo.

La justificación es también la misma. Nos tenemos que proteger de los de fuera. Debemos impedir que la entrada masiva de personas ponga en peligro nuestras condiciones de vida. Para recordárnoslo están los movimientos ultras que, bajo nombres distintos, florecen en todas partes. Los neonazis simplemente son la versión extremista de una cultura política que puede percibirse en buena parte de los partidos de derechas en todo el mundo. El tema migratorio hace tiempo que se ha mostrado como un polo de atracción de gente miedosa y conservadora en casi todo el mundo. Al fin y al cabo, el miedo al otro está profundamente arraigado no sólo a escalas diversas (pueblos, regiones, estados). El antropólogo Jared Diamond cuenta en El mundo hasta ayer que en muchos pueblos primitivos el forastero siempre ha sido un enemigo en potencia del que hay que desconfiar. Su argumento es que el desarrollo del Estado moderno y la creación de mecanismos colectivos de seguridad son lo que ha posibilitado un cambio en estas relaciones. Pero, a la vista de lo que lleva tiempo ocurriendo, es evidente que los estados-nación actuales no han generado un marco suficiente para garantizar esta libertad de movimientos a escala universal. Es una libertad segmentada, desigual y de nuevo amenazada. No sólo entre estados sino también por la proliferación de barreras que están desarrollándose en el interior de los países, sobre todo diseñadas para proteger la seguridad de la gente rica. Algo especialmente visible en toda América.

II

El argumento en el que se basa toda la política disuasoria de la inmigración es que los flujos migratorios incontrolados amenazan el equilibrio de las economías receptoras, ya sea el mercado laboral, los servicios públicos, etc. Para una parte de la población esta amenaza parece evidente, se trata de un desafío a lo que hemos conseguido los de dentro, los nacionales, con nuestro esfuerzo, nuestra política, nuestra capacidad de convivencia. El de fuera es siempre el free rider, el aprovechado que va a parasitar nuestro sistema de servicios sociales, nuestros derechos. O simplemente se argumenta que, dado el tamaño de nuestro territorio, de nuestros servicios públicos, de nuestro mercado laboral, aquí no cabemos todos.

En gran medida se trata de un discurso íntimamente relacionado con toda la construcción ideológica del Estado-nación, visto como un espacio acotado que es absolutamente autónomo respecto al exterior; cuyos éxitos y fracasos son fruto del esfuerzo colectivo de la población autóctona, que ha desarrollado instituciones, equipamientos y puestos de trabajo en una acción colectiva cuyos éxitos la emigración masiva pone en peligro. Es obvio que esta presentación armónica de lo nacional no soporta ningún análisis serio de los conflictivos procesos que en cada país han dado lugar a un determinado modelo social. Y es también obvio que esta visión de lo nacional como un espacio cerrado obvia la relación que los diferentes estados-nación tienen entre sí. Pero es una visión continuamente promovida por la mayor parte de las fuerzas políticas y que, en el caso de la Unión Europea, ha sido exacerbada con la insistencia en la necesaria competitividad internacional entre países o con el tratamiento de los problemas económicos de cada país como una mera cuestión individual.

Cuando se amplía la visión del problema, se advierte en cambio que las interrelaciones entre países desempeñan un papel importante en la suerte de cada uno de ellos; que los países que consiguen imponer al resto algún tipo de imperialismo obtienen rentas diferenciales que pueden acabar beneficiando a parte de su población. O cuando se mide el impacto ecológico de cada modelo productivo nacional, se advierte fácilmente que quienes están ocupando territorios en todo el mundo y despilfarrando recursos naturales son los países ricos. Sin perder de vista que algunos de los flujos migratorios actuales más dramáticos son el resultado de las operaciones bélicas organizadas por los países centrales con el objetivo de proteger sus suministros petroleros o meramente para satisfacer las visiones estratégicas de sus élites.

Lo que ocurre es que la construcción de lo nacional por parte de los sistemas políticos nunca incluye este balance de interacciones con el exterior. (O, cuando lo incluye, se limita a subrayar los aspectos favorables a su visión, como hemos podido ver en los debates en torno a temas como las balanzas fiscales, o en la exigencia de trasvases por parte de algunas comunidades autónomas.) El mérito es siempre propio, los costes son siempre externos, las amenazas vienen del Sur. Y el inmigrante es siempre un enemigo que pone en peligro la Arcadia feliz en la que quisiéramos vivir.

III

Las migraciones masivas tienen innegables efectos de disrupción, tanto mayor cuando no están bien articuladas con políticas laborales y sociales. Las migraciones forman parte del mecanismo del ejército industrial de reserva que constituye uno de los medios más efectivos para consolidar el poder del capital. Sin políticas sociales adecuadas, los movimientos masivos de población impactan sobre todo tipo de provisiones públicas. Pero minimizar estos problemas exige un enfoque para el que el nacionalismo no ofrece respuestas.

Hace tiempo que estudiosos de las desigualdades como Branko Milanovic vienen indicado que la existencia de desigualdades nacionales tan grandes en materia de renta constituye una situación insoportable. Más aún si en muchos países de origen las condiciones de vida no sólo son modestas en términos materiales, sino que simplemente se han vuelto insufribles a causa de la guerra, la corrupción, la represión política, etc. Es obvio que no toda la culpa es de los países ricos, pero su colaboración en exacerbar estas situaciones es innegable: guerras promovidas y alimentadas por empresas de recursos naturales, exportaciones de armamento, políticas comerciales agresivas, exportación de residuos, intromisión en las políticas locales…, al tiempo que tiene lugar un “efecto demostración” de un modo de vida opulento que es absolutamente imposible generalizar a toda la humanidad.

Lo que estos procesos migratorios masivos expresan es, en buena medida, el resultado acumulado de toda la dinámica de las sociedades capitalistas, con sus dosis de desigualdad, irresponsabilidad, racismo y depredación. Hay que poner fin al drama actual con medidas paliativas, dispensando un trato digno a la gente que emigra. Pero hay que ser conscientes de que las migraciones actuales son en gran parte producto de los desequilibrios y las dinámicas creadas a escala internacional. De una dinámica que no puede tratarse desde el punto de vista de intereses nacionales, en los que acaban primando la insolidaridad, el racismo implícito, la estrechez de miras. Debe tratarse como lo que realmente es: una cuestión global de una especie humana que ha evolucionado sobre pautas de desigualdad e insostenibilidad; más una plaga que una especie racional. Y resulta esencial desarrollar una verdadera visión global para empezar a abordar problemas que superan las diferentes escalas locales.

30/8/2015

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