Democracia frente a poder oligárquico

Antonio Antón

‘Democracia’ es un sistema de participación de la ciudadanía o el pueblo en los asuntos públicos. Su contrario sería ‘dictadura’, como ausencia de participación y libertades, u régimen oligárquico, como gobierno prepotente de unos pocos. La distinción democracia/oligarquía está en el ámbito de las formas o procedimientos de gobierno y en el carácter de sus instituciones públicas. Al señalar el énfasis en la democracia, los portavoces de Podemos ponen el acento en un aspecto crucial: la involución democrática del régimen político actual y la necesidad de fortalecer la democracia como sistema político representativo de la población y como participación ciudadana. Se revaloriza la política para hacer frente a la oligarquía institucional y económico-financiera. Además, otro elemento no menor, dadas las acusaciones del establishment por su supuesta condición totalitaria, antipluralista, incluso liberticida y violenta, es la reafirmación en una alternativa nítidamente democrática, elevada a la categoría de eje central de su proyecto, con la aspiración de conformar las principales identidades colectivas.

A lo largo de la historia, la ausencia de respeto al pluralismo y la diversidad, así como las políticas de exclusión o marginación hacia minorías disidentes o diferentes, se han pretendido justificar por la jerarquía de un supuesto bien mayor. Según qué tradiciones políticas e ideológicas ha sido en nombre de Dios, la Patria y el Estado. Igualmente, se han cometido atrocidades con el pretexto de defender al proletariado o el pueblo, incluso para el supuesto avance de la civilización, el socialismo, la democracia o los derechos humanos. La alternativa de los poderes autoritarios y grupos fundamentalistas para los disidentes u opositores es la asimilación, la rendición y el sometimiento, o bien el aislamiento, la expulsión y la represión.

Por tanto, hay que reafirmar los criterios democráticos básicos ante la presencia de divergencias: la tolerancia, el respeto y el reconocimiento del ‘otro’, el diálogo, los procedimientos consensuados para abordar los desacuerdos y, en todo caso, la garantía de convivencia social, cultural e interétnica ante la persistencia o profundidad de las diferencias. Incluso ante oligarcas criminales o terroristas hay que respetar sus derechos humanos y las reglas del Estado de derecho. Esta doble dinámica democrática de combinar las decisiones por mayoría con el respeto a la minoría y sus derechos no siempre es bien comprendida y aplicada.

El concepto plural de ‘pueblo’

La utilización de expresiones colectivas, ciudadanía, pueblo… (en los dos sentidos, de conjunto y parte mayoritaria de la sociedad) no presupone ni conlleva necesariamente una visión intrínseca unitarista, de no reconocimiento de la diversidad o de marginación a partes minoritarias, ya sean de las élites o de capas subalternas y personas diferentes. La palabra ‘pueblo’ (diccionario María Moliner) quiere decir: “1) Conjunto de los habitantes de un país (o una comunidad) o de todos los gobernados; 2) Conjunto de personas que viven modestamente de su trabajo”. En esta segunda acepción sería la gente corriente o el pueblo llano, es decir, la parte de la sociedad diferenciada de las élites o la casta, significado similar al que ofrece el Diccionario de la Real Academia Española-DRAE en la segunda acepción: “Población de menor categoría, o gente común y humilde de una población”. La palabra ‘pueblo’ no conlleva un déficit democrático en relación con la palabra ‘ciudadanía’, que es, precisamente, la que Podemos suele utilizar como referencia frente a casta en el otro polo del antagonismo. Es un exceso sin fundamento decir que el uso de esa palabra sea sinónimo de ‘antipluralista’ porque ‘pueblo’ remite a una unidad incompatible con el reconocimiento de sus partes constitutivas. Esta expresión, al igual que otros conceptos globales, permite la desagregación interna de los distintos individuos, habitantes o personas, al igual ocurre con los diversos grupos sociales y las diferentes naciones, grupos étnicos y clases sociales.

Existen corrientes fundamentalistas o totalitarias (neofascistas, nacionalistas o comunitaristas-identitarias extremas) con una visión esencialista (organicista) que pretenden anular al sujeto individual u otros grupos diferentes. Esa posición sí es incompatible con la percepción usual de un pueblo compuesto por grupos sociales diversos, por personas autónomas y concretas con sus derechos individuales y colectivos. No obstante, es poco objetivo asociar a Podemos con esas posiciones totalitarias y antipluralistas, tal como hacen algunos portavoces de la derecha mediática.

A cualquier palabra se le puede dar un significado compacto y monolítico sin aceptar la diversidad interna de su contenido. Es el caso no solo de ‘pueblo’ sino las citadas de ‘nación’, ‘grupo étnico’ o ‘clase social’. Pero también de grupos pequeños como la familia o la pareja en las concepciones patriarcales, o el propio individuo, única realidad existente según el fundamentalismo individualista, posmoderno y liberal extremo. Sin embargo, deducir el supuesto déficit democrático del pensamiento de Podemos a partir del uso de la palabra ‘pueblo’ como eje de su discurso frente a las élites dominantes es, cuando menos, tendencioso.

Algunas formulaciones del entorno de este partido-movimiento son de línea gruesa para reforzar el empoderamiento del pueblo o la ciudadanía y romper el monopolio del poder oligárquico. Su atrevimiento con esa tarea legítima es respondido por una ofensiva ideológica conservadora para deslegitimar los fundamentos de sus críticas y volverlas contra ellos, tal como se escucha desde los portavoces del establishment: “Podemos tiene una ideología totalitaria y antidemocrática y nosotros [los poderosos] somos los demócratas, respetuosos de la libertad y los derechos humanos”.

La pugna cultural y de legitimación social es dura y compleja. La ambición del desafío al poder establecido exige afinar las críticas y evitar ideas ambiguas o que se presten a confusión. Conviene siempre precisar convenientemente los argumentos y no dar pie o facilitar campañas de tergiversación y aislamiento, sabiendo que los errores van a ser utilizados, desproporcionadamente, como ejemplos de grandes deformaciones ideológicas y de comportamientos dictatoriales, mucho más peligrosos cuando se tenga más poder institucional.

Podemos, por la democracia y el refuerzo de la ciudadanía

Podemos ha definido y propuesto elementos básicos de un proyecto político: un adversario (casta, sistema oligárquico), una base social de apoyo (ciudadanía o pueblo —descontento—), un programa (más democracia, más derechos, economía al servicio de la gente) y una estrategia transformadora (nuevo campo electoral, movilización social y participación cívica, proceso constituyente). Existen insuficiencias de cada uno de esos aspectos. Pero globalmente constituyen pilares de una alternativa al poder establecido y sus políticas regresivas y autoritarias y señalan un camino transformador. Todo ello ha sido suficiente para enlazar con el apoyo y la simpatía de una parte significativa de la ciudadanía indignada y el movimiento popular. Pero hay que profundizarlo y matizarlo para acometer las nuevas tareas que aparecen por delante: fortalecer un polo alternativo unitario, social y político, ganar representatividad y peso en las instituciones políticas y apostar por el cambio político y la transformación socioeconómica.

Dejamos al margen la valoración crítica que merece el rechazo global al conjunto de este proyecto, tachado de totalitario y extremista, venido desde el poder establecido y su aparato mediático. También se apunta a esa descalificación la dirección del Partido Socialista. Así, Pedro Sánchez, su secretario general, al definir su estrategia política, insiste en desacreditar a Podemos como un grupo populista que sigue el modelo “venezolano”, sin libertad ni progreso y, además, ¡son aliados del PP! (con el desacuerdo de Pérez Tapias, de Izquierda Socialista, que representa al 15% del PSOE y pide un acercamiento). Ello aunque Pablo Iglesias, portavoz de Podemos, recalque que la situación latinoamericana es distinta a la española y que su objetivo fundamental es combatir a la casta y su dominio y privilegios, profundizar la democracia y ensanchar la libertad y la participación ciudadana.

Cabe citar algunas interpretaciones no equilibradas, basadas en puntos débiles o parciales, que llevan a elaborar un diagnóstico sesgado sobre Podemos. Existen análisis que ponen el acento en la inexistencia o irrelevancia de la casta, su concepción antipluralista del sujeto ciudadanía o pueblo, su inconsistencia, la inconcreción de su programa y, en fin, la falta de estrategia transformadora y el carácter mítico o formalista de su propuesta de proceso constituyente. En ese sentido, se hace abstracción del contenido sustantivo de casta, el poder establecido, regresivo, prepotente y con ventajas especiales, y se infravalora la amplitud de una ciudadanía indignada, su composición de capas populares y el impacto del movimiento de protesta social progresista. Así mismo, no se valora suficientemente que sí han definido unas ideas clave —democracia, derechos, economía al servicio del pueblo— frente al poder establecido y que sus mensajes han sido comprendidos y sus líderes aceptados por un sector significativo de la ciudadanía crítica y descontenta.

Distintas posiciones del ámbito progresista reconocen la influencia social y política de este fenómeno y el incremento de espacios de participación ciudadana, es decir, lo más evidente. Pero algunas de ellas achacan este hecho, sobre todo, a la oportunidad y el acierto en la difusión de una buena campaña comunicativa (publicitaria), con unos lemas populistas y basados en el estímulo de las emociones populares. O sea, no valoran suficientemente el proceso de conformación de la actual polarización sociopolítica entre, por un lado, élites dirigentes que aplican una política regresiva y prepotente y, por otro lado, una ciudadanía indignada, con un fuerte movimiento popular, progresista y democrático. Es la base consistente en que se ha apoyado un proyecto político-electoral cuyos componentes principales han sido realistas, transformadores y explicados con argumentos racionales, y cuyos mensajes sintéticos han conectado con la cultura cívica y han facilitado el apoyo popular a su liderazgo. La consecuencia es la infravaloración de la construcción de un polo de referencia alternativo, diferenciado de la socialdemocracia y, según los últimos datos, de similar peso representativo.

En definitiva, este nuevo proyecto político, que acaba de nacer en una coyuntura crítica, todavía es frágil y necesita maduración. Pero se asienta en una realidad de, por una parte, desigualdad y autoritarismo y, por otra parte, una amplia conciencia popular crítica y fuertes demandas ciudadanas de cambio. Permite aventurar, si acierta en el desarrollo de sus posiciones clave y la convergencia con el resto de fuerzas alternativas, que puede condicionar todo el panorama político.

 

[Antonio Antón es profesor honorario de Sociología de la Universidad Autónoma de Madrid]

25/10/2014

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