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Costes de la acción colectiva

Joan Busca

Hay una ebullición favorable a construir algo nuevo. La situación lo merece, la mayoría lo necesita. Aunque uno cree que sigue faltando un sentido claro de unidad, que proliferan demasiados promotores con ideas propias que tratan de colocar su proyecto como el modelo fetén, es bueno que surjan ideas y propuestas, y es necesario que entre ellas haya diálogo, búsqueda de conexiones, exploración de posibilidades de acción común. Construir algo nuevo exige generosidad, sentido de lo colectivo, una cierta simplificación de objetivos, conocimiento de donde está el enemigo principal y de lo que se puede hacer con las propias fuerzas. Hay que ver cómo podemos promover esto entre todas las personas realmente interesadas en que salga alguna propuesta realmente útil.

Todo esto es algo obvio, aunque conviene recordarlo. Pero hay otro tipo de problemas con los que hay que lidiar para avanzar. La crisis de la política tradicional ha generado un clamor por una mayor participación social, por democratizar la toma de decisiones y la posibilidad de intervención individual. En todos los momentos de cambio surgen estas oleadas participativas sin las cuales es imposible cambiar nada. La cuestión crucial ante ello es cómo hacer viable esta participación sin caer en la parálisis. Los procesos participativos exigen mucho tiempo de deliberación y toma de decisiones. Y esto plantea dos problemas: la fatiga que a menudo generan estas formas de participación y la dificultad de tomar decisiones ante hechos que exigen respuestas rápidas.

El primer problema se agrava cuando una parte de los participantes abusa de tiempos y palabras o cuando algún grupo trata de imponer sus propuestas por la vía del cansancio. Todos los que llevamos muchos años participando en asambleas y reuniones de todo tipo sabemos de las limitaciones de las mismas y de los problemas que generan algunas actitudes de bloqueo. No parece que el recurso a las nuevas tecnologías resuelva la cuestión: el uso de la comunicación digital a menudo es aún más consumidora de tiempo y favorece el autismo. Al final, la fátiga se acaba traduciendo en deserciones más o menos masivas y en debilitamiento de la participación. La segunda cuestión, por obvia, obliga a pensar cómo tomar decisiones, qué decisiones puede tomar un grupo de confianza, cuáles son las que no se pueden delegar, etc.

En una sociedad alternativa, regida por lo colectivo, la participación puede estar integrada en la vida cotidiana (como ocurre en el mundo cooperativo). Pero en el mundo actual la participación debe promeverse conociendo las limitaciones en las que nos movemos. Y las del tiempo vital no son pequeñas. Por ello me parece que cualquier construcción de algo nuevo colectivo debe plantearse de salida un compromiso realista entre participación y articulación organizativa. Y la reflexión sobre esta cuestión debe formar parte sustancial de cualquier proyecto de creación de un nuevo marco de acción colectiva.

30/5/2013

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