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Joan Busca

De impaciencias, rupturas y posibilidades de acción

Estamos forzosamente enfrentados a una situación de difícil salida. La crisis actual y su manejo político constituyen una evidencia del fracaso social del neoliberalismo y de la necesidad de superar el capitalismo. La crisis ambiental y la crisis de los cuidados plantean la necesidad de introducir grandes cambios en la organización de la vida cotidiana, de la regulación social. La corrupción y la dictadura de las élites apoyan la necesidad de un cambio sustancial en las formas de articulación política. En nuestro país, además, el escenario político se completa con la reaparición de la cuestión republicana y el siempre presente tema de la articulación territorial. El tiempo parece abierto a todo tipo de rupturas y transformaciones radicales, de tablas rasas y nuevas construcciones sociales (del capitalismo, del euro, de la monarquía, del Estado español...). 

Se trata de un contexto propicio a los impacientes, a los que creen contar con la solución inmediata, a los que proponen salidas automáticas. Me sumo al grupo de los impacientes, de los que creen que las cosas podrían ir increíblemente mejor con un cambio radical, con nuevas instituciones promotoras de la democracia participativa y deliberativa, del igualitarismo, de la cooperación. Pero cuando trato de ver cómo llevar a cabo esta ruptura descubro límites claros a mis ganas de acción.

Empezando por la propia densidad humana de las personas que trabajan por la ruptura. Hay muchos activistas, pero insuficientes, en número, capacidad, voluntad para desarrollar acciones de largo alcance. Lo peor no es esto, sino que a menudo queman sus energías en enfrentamientos estériles. O en la construcción de proyectos organizativos que, en lugar de cooperar con lo ya existente, tienden a competir con ello. Siguiendo por la enorme acumulación de poder, de recursos, de resortes con que cuentan los beneficiarios del orden actual, un poder que no dudan en utilizar impunemente (ahí está la campaña de demonización de la PAH) para mantener el statu quo. Un poder estructurado a niveles diferentes, desde el local al planetario, por una sucesión de instituciones que bloquean el cambio social. Siguiendo también por las aspiraciones contradictorias de todas las personas beneficiarias de un posible cambio, pero cuya experiencia vital les ha llevado a “normalizar” las relaciones sociales dominantes, a mantener actitudes y prácticas funcionales al orden existente, que les ha impedido pensar y desear un orden social distinto. Y terminando por que tampoco distingo que haya claras propuestas de cómo articular una sociedad alternativa ni qué medidas de transición poner en marcha. En el ambiente de los movimientos sociales y de la izquierda hay numerosas propuestas de cambio, pero muchas de ellas son parciales, a veces contradictorias, contienen más un recetario que una estructura. Y aún tienen que apechugar con el sambenito del fracaso del modelo soviético. Todo ello conduce a la perplejidad, a la contradicción ante la necesidad de un cambio radical y la dificultad de llevarlo a cabo por la desigualdad de fuerzas, la ausencia de una cultura alternativa compartida y de una buena propuesta alternativa. Los clásicos solían expresar sus análisis en clave militar. Utilizando este esquema diríamos que estamos en una situación que demanda una “guerra de movimientos” (una acción rápida, transformadora, de cambio real) y, en cambio, estamos atrapados en una sucia “guerra de trincheras” en que el enemigo controla buenas posiciones, tiene fuerzas y se enfrenta a una ofensiva a menudo poco o mal organizada.

Considero básico entender la contradicción esencial que supone esta situación. Y empezar a pensar una actuación política partiendo de la misma. No hacerlo conduce a caminos sin salida: al radicalismo sin posibilidades, al esteticismo vacuo, a la desesperanza y la apatía. Asumirla supone aceptar que, posiblemente, a corto plazo hay que picar mucha piedra para socavar la estructura del poder. Y hay que hacerlo en múltiples direcciones: reforzando la organización de las víctimas, su capacidad de conocimiento, elaborando mejor las propuestas, articulando bien las acciones. Además, exige un enorme esfuerzo de tolerancia y voluntad para minimizar las tendencias fratricidas que siempre sobrevuelan a los grupos y la gente de izquierdas, y conseguir que las distintas voces y acentos puedan acabar dando un buen orfeón. Necesitamos personas con capacidades diversas, de sensibilización, de organización, de mediación, de elaboración teórica… Las necesitamos todas. Las necesitamos pacientes y, al mismo tiempo, insistentes.

Parece claro que cualquier avance pasa por fijar algún objetivo intermedio posible, que permita ampliar los poderes y la capacidad de acción de la inmensa mayoría social. Pero esto difícilmente se conseguirá si no se produce alguna confluencia en torno a algún objetivo concreto. La urgencia de la situación está provocando la proliferación de manifiestos, propuestas de organización, propuestas electorales, pero se corre el riesgo de que queden en nada. Tenía razón Agustín Moreno cuando recordaba hace poco que el advenimiento de las dos repúblicas españolas vino precedido de un amplio acuerdo de fuerzas que generó el espacio político y cultural que lo hizo posible. No estoy seguro de que los tiempos sean los mismos, pero en todo caso creo que éste es un buen recordatorio de lo que debería hacerse en casi todos los campos: generar propuestas unitarias con objetivos concretos que permitieran desbloquear la situación, que abrieran algún espacio al cambio. Y seguir trabajando con diálogo, tesón, esfuerzo y sentido del humor en articular vías de transición que permitan la superación de la inhumana sociedad del capital.

30/4/2013

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