Gregorio Morán

Este país no da espías: del oasis a la granja de Orwell

No tenemos tradición ni para la llamada novela negra, menos aún para el género de espías. Los maestros sabían de qué escribían. Dashiell Hammett había ejercido de canalla contratado por los empresarios para dedicarse a romper huelgas, y con toda probabilidad en más de una ocasión se pasó en la paliza. La tapadera era una agencia de detectives en la que estaba empleado. La experiencia debió de ser tan demoledora que de allí salió para cumplir tres cosas que condicionarían lo que le quedaba de vida: escribir novelas, hacerse comunista —lo que le costaría cárcel en los Estados Unidos de la libertad y la guerra fría—, y beber hasta matarse. Tuvo la suerte de conocer a una dama elegante y pija, valiente hasta la osadía, rica del sur, Lillian Hellman, dramaturga de éxito y memorialista imprescindible, que le echó la última mano cuando ya su talento estaba anegado en destilados pero seguía siendo un hombre digno.

El género de espías es un producto de la guerra fría; había precedentes, el gran Eric Ambler, por ejemplo. Cuando David Cornwell, agente operativo en la Alemania dividida toma el nombre de John le Carré, han pasado muchas cosas. Las traiciones de la Central en Londres, donde los chicos guapos se disfrazaban de comunistas. La más selecta high class intelectual trabajaba para el enemigo comunista. Para un lector común pensar que tal o cual personaje se pasa de bando es como un incidente novelístico. Se equivoca por ignorancia. Que Kim Philby, sin ir más lejos, el más grande de los espías probablemente del siglo XX, trabajara para los soviéticos, no tiene nada que ver con la literatura.

Tendemos a ver al gulag, a Guantánamo, a los crímenes que leemos, como si se tratara de textos. No. Son vidas. Que Kim Philby trabajara para el enemigo significó centenares de vidas que con toda probabilidad terminaron fatalmente. La tortura a un espía no tiene nada que ver con lo que la gente cree que es la violencia del Estado. Es la conversión de un ser humano en un desecho capaz de cualquier cosa con tal de que le dejen morir. Siempre entendí que Le Carré no quisiera nunca encontrarse con Philby en Moscú. Lo mismo hizo Graham Greene, otro profesional del servicio de espionaje. Era como embalsamar a los amigos muertos.

Nosotros tenemos muy poco que ver con esto. Nuestros espías, desde los tiempos de Felipe II —acaba de aparecer un libro sobre su espía principal— son muy representativos de un Estado frágil, torpe, con escasos recursos de talento y sin embargo munificente en el pago. En Catalunya nos ha dado por aquel Garbo que parece que consiguió él sólo ganar el desembarco de Normandía, pero no solemos recordar que el eminente hombre de negocios y político Bertrán y Musitu fue el primer jefe de espionaje de Franco durante la Guerra Civil. Producía cierta pena ver el exagerado documental que se dedicó a este Joan Pujol Garbo. Un tipo listo que nunca se enteró de nada que fuera importante. El hombre de la gran operación de engaño británico de la operación de Normandía se llamaba Ted Roberson, capaz de inventarse un póquer con comodín para alcanzar la cima del gran engaño. Nuestro Garbo no tenía ni zorra idea de lo que estaba en juego, felizmente, porque ni los nazis eran idiotas ni nosotros talentos tan distinguidos.

Esta introducción es imprescindible, creo, para situarnos en un restaurante discreto llamado La Camarga, donde una agencia dedicada al trabajo sucio y al cobro limpio, Método 3 (me seduce el nombre), que empezó una pareja y un chaval dentro de toda sospecha, Francisco Marco, con inclinaciones que exigen proveedores, colocaron un florero, ¡un florero con micrófono! Si al difunto Orson Welles le cuentan la historia los hubiera echado de la habitación por falsarios. Con menos, él había hecho la obra maestra de El tercer hombre, sin que fuera suya, y sin una sola chapuza en la impecable realización. (Con Alida Valli. En castigo a un lapsus antiguo me he comprometido a citar a Alida Valli cada vez que me refiera a El tercer hombre. Es lo menos que puedo hacer). O los periodistas somos tontos o disimulamos. Un encuentro entre Alicia Sánchez-Camacho, que a mí digámoslo en lenguaje machista me parece un esperpento, y una chica que dice haber sido amante de un hijo de Jordi Pujol, experto en este tipo de lances. Se habla de dinero negro, fuga de capitales e incluso violencia de género, con toques de sexo hard. ¿Y el florero? ¿Quién estaba interesado en escuchar lo que no le correspondía? Yo, lo admito, no me reuniría con Alicia Sánchez-Camacho ni en una floristería; me produce una cierta repulsión física que no sé muy bien cómo calificar, si de ideológica o mental.

Pero eso sucedió en el verano del 2010, cuando gobernaba el tripartito y aquel inefable Zapatero. Hasta aquí la historia transcurre en el mejor estilo catalán. No tenemos ni idea de qué va eso del espionaje y los servicios. Los servicios no tienen sexo. Pero por qué esos tipos de Método 3, famosos al parecer por haber sido contratados por un tipejo de aspecto sórdido al que llamaban el nen, que fue jefe de no sé qué del Barca, luego de Convergència y ahora de la Generalitat, creador de un grupo al que se llamaba en el gremio “los mortadelos”, y que responde al nombre de Xavier Martorell, vinculado a esa especie de cofradía de masones católicos que orienta “el rei del pinyol”, expresión intraducible al castellano y que sería algo así, como el ayudante del padrino, en términos sicilianos. Pero resulta que los de Método 3 habían sido contratados, a la sazón, por Pepe Zaragoza, antiguo camillero y luego líder local del socialismo, más conocido entre su gente, ya sea militante o compañera de pernada, como “el sucio”. Cada vez que lo contemplo en un informativo, admito que me produce “pena de telediario”, que diría aquella teórica de las transformaciones profundas en la Catalunya socialista, Montserrat Tura, y es que le veo como alguien que va a hacer algo por lo que habremos de sufrir.

Resumiendo, hay un individuo, factótum de Método 3 al que todos recurren para hacer trabajos que no exigen mayor esfuerzo. Hasta los pobres de las CUP aseguran que los contrataron para ir al registro de la propiedad y saber si un alcalde tenía tales o cuales fincas. (Reconocerán conmigo que la política catalana está alcanzando niveles que aún superan la estupidez de la política mesetaria, para entendernos) Trabaja para José Zaragoza y el PSC, también para Convergència, y nada menos que para espiar a sus propios dirigentes. ¿De verdad estos tipos no deberían ser cesados todos a una y ser objeto de una visita al frenopático, previo paso por el juzgado de guardia?

¿Y la dama? Oh, la dama. Apenas unas horas antes que los servicios del Estado detuvieran a nuestro 007, guardador de los secretos de este pretendido Estado en trance de llegar a Ítaca, se encontró con una dama. Era al mediodía, casi la hora de comer, y la entrevista duró una media hora. Luego ella salió y tras cruzar la calle —hay quien asegura, en su descargo, que cruzó tres calles— se metió en el coche del responsable de los Mossos d’Esquadra, Manel Prat. La escena es más cutre que una operación del inspector Carvallo.

Ella es periodista, Mayka Navarro, y no sé por qué nosotros actuamos como la mafia siciliana y los diarios españoles, ocultando los nombres. Recuerdo que escribió un libro, por llamarlo de alguna manera, una biografía de Magda Oranich; lo que tiene su mérito conseguir echar hacia delante una biografía de tan egregia personalidad. Me esforzaré en ser más claro y contundente en la segunda entrega de este culebrón, aún sin más violencia que el hecho de que todos los coches camuflados de la Policía Nacional, aparcados y sin conductor, en los alrededores del set de esta película de “lladres i serenos”, aparecieron con las ruedas pinchadas. Lo que se llama colaboración entre cuerpos de Seguridad del Estado. No recuerdo una cosa igual desde Palermo y su Brigada Móvil.

Estamos rozando la emergencia social y nuestros grandes letrados, gente aguda, sostiene que eso de estar imputado en procesos de corrupción política apenas si es un accidente. Casi una medalla por los servicios prestados a la patria… catalana o española, da lo mismo. No preocuparse, sólo están implicados en casos de corrupción. Luego, cuando sean procesados, diremos que no es lo mismo que te procesen a que te condenen. Y luego, cuando los condenen, te explicarán que mientras la condena no sea firme, siempre caben recursos. Y para entonces, nosotros estaremos muertos y los nietos de los Pujol Ferrusola estarán organizando otra consulta soberanista.

Una pregunta nada retórica: ¿ustedes se imaginan a este país independiente, dirigido por esos mismos imputados en casos de corrupción? Sería como en Madrid, con la diferencia de que no me imagino a un mosso d’esquadra registrando la casa de un líder político del mismo partido que dirige los Mossos d’Esquadra. Primero no estarían imputados. Segundo no habría juez capaz de seguir adelante con el asunto, a menos que lo hiciera como aquel inefable del caso Palau, muy profesional, pero que parecía dirigir a los elefantes de Aníbal; cuando se cansó de tanto esfuerzo, lo sustituyeron.

Yo contemplo a Luis Bárcenas, ínclito encargado durante años de las finanzas del PP, y me aterrorizo. Es la Italia del socialista Bettino Craxi que hizo rico a su recogedor de pelotas de plata, Silvio Berlusconi. Fueron los intelectuales como Indro Montanelli quienes se inventaron aquella fórmula genial e irresponsable: tapaos la nariz, pero votad a los corruptos. Ellos tienen una responsabilidad en el desastre, que ninguno asumió nunca. Murieron con ese halo entre Marinetti y Malaparte, de haber tenido siempre razón; sólo se equivocaba la historia. Lo mismo que estos chicos, aprendices de asesorías, cuando sacaban pecho cuando algunos decíamos que no había ni siquiera que ir a votar, para mostrarles nuestro desprecio. ¿Y nuestra responsabilidad ciudadana? Se la han pasado estos caballeros por sus partes.

¿Y ahora qué hacemos? Se inventaron hace años un espejismo al que algunos llamamos oasis, para ridiculizarlo, mientras el país se iba degradando a pasos agigantados. La nueva prensa del Movimiento Nacional y la inteligencia se convertían en serviles ante el poder que las subvencionaba. En Madrid había pelea, aseguraban, duelos a primera sangre, que se decía antiguamente. Nada decisivo, porque el día que dos diputados autonómicos socialistas se pasaron al enemigo y dejaron a los suyos compuestos y sin alternativa, ese día la suerte estuvo echada. La hegemonía conservadora perduraría durante el tiempo que la gente aguantara. Y la gente aguanta décadas, incluso siglos, de humillación y silencio. Luego vienen los historiadores y explican que había mucha oposición pero que no se notaba, porque era silenciosa, como sus papás y sus abuelas.

Para los antiguos, como yo, la situación se asemeja a los tiempos de la prensa del Movimiento, cuyo lema era “los que gobiernan nos pagan, y no cabe quejarnos, tal y como está el patio”. Los partidos políticos en Catalunya han decidido jugar a la parábola del dentista: no nos vamos a hacer daño. Es muy bestia decir que el partido que gobierna Catalunya tiene su sede principal embargada por los tribunales de justicia por el caso Palau. ¿Palermo? ¿Catania? Por supuesto, sólo están implicados, no hay sentencia y cuando la haya, la única certeza es la que pronosticaba el gran Keynes para el futuro: todos calvos.

Nos inventamos el oasis como chascarrillo, y resultó que muchos se lo creyeron. Tanto camello y tanto beduino disfrazado daban para componer un cuadro escénico tentador. ¡Se acabó el bròquil! Nuestra clase política está dando los últimos estertores antes de que el personal se subleve y esto sea la de Dios es Cristo. La paciencia de la gente tiene un límite. No es que la gente se sienta estafada, es que la han estafado y en la más absoluta impunidad. Y de ahí partirá una agresividad inevitable. El Estado sólo puede ser el que monopoliza la violencia si al tiempo garantiza la justicia. No se puede engañar a la gente con el descaro que se ha hecho hasta ahora. La transición fue una estafa, un juego de trileros donde todos sabían dónde estaba la pelotita, pero nadie quería levantar la chapa.

No sé si estos graciosos, bien engrasados, de la imputación como medalla y riesgo de las responsabilidades políticas, son conscientes de que estamos llegando a un punto de ebullición que nos retrotrae a otras épocas. La actitud de los partidos políticos y de los medios de comunicación que de ellos dependen está llevando a una desafección política absoluta. Yo escucho a Dolores de Cospedal y me produce una irritación que no recordaba desde Pilar Primo de Rivera. Oigo a Duran Lleida vacilar con nosotros sobre si su partido cometió un delito o fue sencillamente un gesto galante no bien interpretado por la judicatura, y pienso en lo que hubiera hecho yo, y montones, hace un puñado de años. Nadie tiene el derecho de mofarse de ti impunemente. Estos caballeros están fraguando la violencia. No te puedes descojonar de un ciego y luego llamarle ínclito invidente.

Ha vuelto la necesidad, es decir, el hambre. Y sobre todo una cosa que ha sido siempre en las sociedades un motor para la agresividad y la violencia, la absoluta falta de perspectivas. Los supuestos líderes hablan con “lengua de madera”, como dicen los franceses, y por más que se inventen soberanismos y demás frivolidades para gente asentada, no colma las necesidades de unos tipos que han trabajado como chinos antiguos y que se encuentran ahora con ahorros robados, pensiones ridículas, prejubilaciones, y juegos financieros que consienten a sus jefes beneficios de escándalo, mientras ellos han de limitarse a la supervivencia doméstica.

La clase política debe entender que está poniendo la mecha sobre el explosivo que ha ido fabricando, y que carece del más mínimo mérito para considerarse ni siquiera “la casta”, como dicen en Italia. Porque allí existe y existió siempre, por ser país dominado por las grandes potencias, el talento emergente de una sociedad civil. Nosotros no tenemos eso. Hasta nuestra inteligencia es gregaria y sumisa. ¿Se acuerdan de tantos apoyos a Zapatero cuando gobernaba? ¿Ninguno de ellos tendrá la dignidad de suicidarse, me es indiferente si física o ideológicamente? Pero un gesto. Sólo un gesto les salvaría de la vergüenza de haber sido los cómplices de aquel irresponsable. Lo más despreciable: la complicidad silenciosa.

Aferrarse al escaño. Muchas más razones tendría el trabajador para aferrarse a su puesto de trabajo. Primero, porque lo sudó. Segundo, porque bien que le sacaron su plusvalía. Y tercero, porque creyó en ellos, unos estafadores de tres al cuarto. Esos diputados de Convergència, del PSC, del PP, o de la izquierda desmañada, “aferrados al escaño”. Eso es una provocación para quien no puede aferrarse a nada que no sea su indignación y esa sensación de haber sido burlado y humillado por una camarilla de personajes que él eligió en mala hora y que ahora le miran con gesto de conmiseración: “Chico, es lo que hay”.

Vamos a la violencia, de cabeza. ¿Quién no tendría la tentación de llevar hasta la UCI de un hospital con recortes a esos tipos de la troika, que deciden que tu familia es una mierda, tu trabajo una nadería y tu vida inútil? Imagínenselo por un momento. Usted ha ahorrado unos dinerillos que han utilizado como han querido unos gángsters que no necesitaron matar para ganarse el título, y que de pronto le dicen que “usted vivía por encima de sus posibilidades”, y le arruinan.

Me ha dejado una desazón absoluta saber que Oriol Pujol Ferrusola, imputado, al que parece que hubiéramos de dar las gracias por no cesar en nada que no siga cobrando, estudió veterinaria y es experto en granjas de cerdos. ¡Hostia, la pesadilla de Orwell! Del oasis a la granja.

 

 [Fuente: La Vanguardia, 16 y 23 de marzo de 2013]

15/4/2013

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