Julio Anguita

Renegociar Maastricht (1992)

El artículo que presentamos aquí, escrito por el entonces coordinador general de Izquierda Unida, Julio Anguita, fue publicado por el diario El País el 12 de junio de 1992. Su objetivo era denunciar el absurdo optimismo con el que tanto el PSOE como el PP propugnaron el “sí” al Tratado de Maastricht de 1992. Un tratado que diseñaba una imposible unión monetaria europea antes de realizar una unión política real, y que la diseñaba en función de parámetros monetaristas y dudosamente democráticos. La actual crisis del euro y la desastrosa situación económica de España, determinada también por su imposibilidad de mantenerse dentro de una moneda única tan fuerte y parecida al viejo marco alemán, nos indican que los argumentos que entonces esgrimieron Anguita y, en general, las plataformas y revistas de la izquierda crítica española (como mientras tanto) eran correctos. La sociedad española no saldrá de esta crisis económica mientras no cuestione, seriamente y en profundidad, dicho tratado.

 

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La imagen de Holger Nielsen, presidente del Partido Socialista Popular (miembro, como Izquierda Unida, del Grupo por la Izquierda Unitaria Europea), haciendo la V de la victoria tras el triunfo del no en el referéndum danés sobre los acuerdos de Maastricht, muestra los límites de ciertas concepciones de la política. En el debate habido en IU sobre este mismo tema prevaleció, dentro y fuera de la III Asamblea Federal, la idea de la política como arte en el manejo de las conciencias y de las personas. De la oposición de Izquierda Unida se dijo de todo: ortodoxos, fundamentalistas, antieuropeos..., concluyendo tan brillante análisis con la acusación de trabajar para la extrema derecha. El referéndum danés y las controversias políticas existentes en casi todos los países de la CE han empezado a situar el debate en su verdadero lugar. Los comunistas (de la coalición de izquierda) han mostrado su oposición a los acuerdos de Maastricht, pero también lo han hecho el PSP danés y la Izquierda Democrática de Irlanda (ésta última miembro también del Grupo por la Izquierda Unitaria Europea); las direcciones de la socialdemocracia han dado su apoyo a los acuerdos, pero sectores especialmente significativos de la misma se oponen resueltamente; grupos renovadores de la izquierda (los verdes, fundamentalmente) han expresado su rechazo; y la CES, después de hacer un análisis extremadamente crítico sobre los acuerdos, ha decidido apoyar la ratificación; la derecha política y económica los aprobó entusiásticamente, aunque minorías significativas de ésta y la extrema derecha han optado por rechazarlos.

Como se puede observar, más allá de las descalificaciones fáciles, nos, encontramos ante un debate que afecta de una u otra forma a todas las fuerzas políticas y sociales y donde se producen aparentes convergencias entre posiciones políticas diametralmente opuestas. Los que dicen que no, sí o se abstienen ante el Tratado de la Unión Europea, lo hacen desde distintas concepciones. Cuando Nielsen, por ejemplo, dice no a Maastricht no lo hace desde el nacionalismo o el antieuropeísmo, sino desde otra concepción y otro modo de construir Europa.

Izquierda Unida, en su tercera asamblea, ha decidido no apoyar la ratificación del tratado tal y como ha sido aprobado en Maastricht. Con la decisión se puede o no estar de acuerdo; lo que no cabe es la descalificación apriorística. No, aprobamos la ratificación por parecemos insuficientemente europeísta, conservadora en todo lo referente a la cohesión económico-social, y escasamente democratizadora del proceso la línea adoptada en la última cumbre europea. La nuestra es una oposición ultraeuropeísta y desde la izquierda.

Con el no mayoritario del pueblo danés se abre una nueva etapa. Las salidas políticas son varias: intentar dejar a un lado a Dinamarca; repetir el referéndum y esperar ganarlo; consagrar ya la existencia de varias velocidades en el proceso. Mi posición, desde un europeísmo crítico y de izquierda, es otra: renegociar el Tratado de la Unión Europea. Hace falta, después del impacto danés, abrir un gran debate en toda la sociedad europea sobre los fundamentos políticos, económicos y ecológicos del proyecto.

Las consecuencias de la construcción europea son demasiado importantes para dejarlas exclusivamente en manos de la llamada clase política. En este sentido, sí es posible decir que los eurócratas tienen que echarse a temblar, siempre que a renglón seguido se diga que los políticos que los apoyaron deben, como mínimo, ponerse a tiritar, simplemente porque una vez más ceden a las ideas socialmente dominantes. .

¿Qué hay que renegociar? Fundamentalmente cuatro aspectos:

1. Superar el alarmante déficit democrático. No es posible seguir acumulando poder en el Consejo o en la Comisión sin control democrático del Parlamento Europeo o de los Parlamentos nacionales. Exigir de los pueblos cesión de soberanía a poderes opacos y oligárquicos será cada vez más difícil, y la izquierda debe de estar al frente de ese movimiento.

2. Avanzar en la convergencia real. La matriz neoliberal y conservadora se pone claramente de manifiesto en los criterios de convergencia (inflación, tipos de interés, déficit público...), dejando a un lado otros parámetros sin los cuales no sería posible una convergencia real (tasa de desempleo, gastos de protección social, desigualdades sociales y territorios...). Sin este giro, la llamada cohesión económico-social es mera retórica, y al final del proceso lo que aparecería es una mayor divergencia real.

3. Superar el déficit social. Hay un acuerdo generalizado de que la dimensión social cumple un papel subordinado y de mero acompañamiento al proceso de integración económica. Es necesario que la izquierda aproveche la coyuntura para, junto con los sindicatos, modificar la actual situación; esto se llama carta social europea y política redistributiva. Condición previa para ello es un sistema fiscal europeo que garantice la armonización que impida, entre otras cosas, las prácticas de "desfiscalización competitiva", derivadas de la existencia de "paraísos fiscales" de la Comunidad.

4. Una política exterior y de defensa realmente independiente. Maastricht consolida la subordinación de Europa a la estrategia político-militar de Estados Unidos; la OTAN y la UEO son los instrumentos privilegiados para esa estrategia. Desde la izquierda se debería seguir luchando por un sistema de defensa europeo específico, en el marco de una nueva política de seguridad y de una radical disminución de los presupuestos militares. No queremos una "Europa fortaleza", pero tampoco una "Europa superpotencia militar".

Los daneses, democráticamente, han encendido la señal de alerta en el proceso de construcción europea, han sido los primeros, pero seguramente no serán los últimos. En España, todos debemos sacar conclusiones en positivo del caso danés, tanto los que defienden el sí como los que apoyan el no, y, desde luego, los que apostamos, sobre la base de los acuerdos de la tercera asamblea de IU, por una abstención cautelosa.

No es la hora, todavía, de pedir o dejar de pedir un referéndum sobre Maastricht; sólo después de un debate en profundidad en torno, a la construcción europea que implique a todos los ciudadanos, y que las fuerzas políticas y sociales tenemos la obligación de impulsar, sabremos si la distancia entre el Parlamento y la sociedad indica o no la necesidad de aplicar el mecanismo de consulta directa que nuestra Constitución contempla.

31/1/2013

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