José Saramago

El hombre duplicado

Trad. de Pilar del Río

Alfaguara, Madrid, 2003, 407 págs.

Novela que permite sentirse arrastrado a desdoblarse uno mismo en diferentes perspectivas. Con un argumento aparentemente simple, Saramago construye un relato de terror psíquico: la pérdida de la identidad. En verdad describe las ilusiones de identidad destruibles por la mera materialidad. Qué hay de verdadero y falso en el ejercicio privado de nuestro pequeño mundo cotidiano, qué hay de bondad y maldad en nuestras acciones y reacciones queda en entredicho a lo largo de las páginas de esta novela. De ahí que también resulte creíble la absurda posibilidad de la simple intercambiabilidad personal. Pero todas estas son cuestiones que a una se le ocurren cuando ha terminado de leer lo que está escrito como una narración que desovilla una trama argumental aparentemente simple aunque, a mitad del libro, resulte angustiosa e incluso terrorífica.

Destaca la personificación del narrador (tradicional en las obras de Saramago) que incorpora suavidad, sensatez y tranquilidad en la lectura, aunque a veces se desdobla en la voz del "sentido común", también personificado. Pero no podemos engañarnos, porque esos "semidioses" dulces de lo razonable y creíble quedan contrapuestos a series inconexas de actos (mentales y prácticos) racionales por programados, y sobre todo quedan contrapuestos a la extrema crueldad del argumento Y asimismo son personajes que incluso se dejan llevar a la narración de derivaciones suponibles, no reales, en forma de clara fabulación ("hubiera podido ocurrir") de futuribles.

Desde una personalidad de diseño, la ocurrencia de la duplicidad material resulta insoportable y autodestructiva; es más, conduce a descubrirnos como máscaras para relacionarnos en la ocultación de un yo imaginario.

Merece la pena leer esta novela de ritmo lento que construye una trama de intriga interesante y curiosa como soporte que articula una reflexión de fondo sobre qué significa ser para nosotros y ser para los demás, cuando algo o alguien pone en evidencia que el nuestro no es un ser personal e intransferible. 

María Rosa Borrás

1/2004

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