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Notas

La guerra de Ucrania, la OTAN y cómo superar esta crisis

La izquierda desnortada

8M: Feminismo diverso, plural y mayoritariamente inclusivo

Contra la nueva guerra fría

La política de la ficción

El empleo tras la reforma laboral

Maelstrom

Mujeres: entre la igualdad y un nuevo orden moral

Síndromes de un capitalismo enloquecedor

La responsabilidad de las redes sociales en la polarización política

A vueltas con la inflación

Sancho Panza, expulsado de Barcelona

De convenios y subvenciones

El final del rock and roll

No a la guerra, no a las armas

Mejor que no vuelva

Nos han dejado dos compañeros imprescindibles

Miguel Muñiz: in memoriam

La libertad de amar

Gabriel Boric: un paso de esperanza colectiva

La reforma laboral, a debate

Desahucios y guerra cultural

La memoria de nosotros mismos

De precios y suministros

La Ley de Amnistía de 1977: entre la impunidad jurídica y la impunidad social

Neolaborismo

¿Abolir la prostitución prohibiéndola por ley?

La factura eléctrica: una pugna entre derechos y privilegios

La creación del enemigo

La larga saga de la reforma laboral

La carga de Casas y el Palacio de Buenavista

La gran incertidumbre

Crispación y complejidad

Recuerdo de urgencia de Agustí Roig

Las fuerzas armadas y la democracia

Condenado por un algoritmo

Anticapitalismo perplejo

Viviremos peor que nuestros padres

La memoria histórica democrática pendiente en la escuela

El curso que empieza, ¿será nuevo o viejo?

Geografía económica del crimen

A los cien años del Desastre de Annual

No hay covid entre los inmigrantes

Panorama tras los indultos

Capitalismo regulado: de eléctricas y otros abusones

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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