La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.
Lord Blair de Cambridge
Curso de economía recreativa
Los neoliberales y las nacionalizaciones
Los izquierdistas, siempre tan poco sofisticados, dicen que los neoliberales somos enemigos del Estado. Qué ignorantes son. Los neoliberales defendemos, eso sí, la libre iniciativa privada: no sólo porque crea riqueza sino porque satisface las ansias naturales de aventura que todo individuo tiene dentro de sí. Pero somos realistas y piadosos. Y sabemos que estas aventuras, a menudo esforzadas, pueden acabar en fracaso. Y que cuando uno fracasa hay que ayudarlo.
Por ello en Reino Unido, uno de los países donde llevamos más tiempo gestionando la economía, hemos aplicado nuestra política en todas sus versiones. Privatizamos a destajo, ofreciendo oportunidades a los ímprobos gestores de las compañías de servicios públicos para enriquecerse dignamente. Y dimos oportunidades a nuestros productores culturales, a los que suministramos argumentos para sus exitosos filmes (aún esperamos que Ken Loach nos dé las gracias). Y cuando algunos de los gestores empresariales fracasaron no dudamos en acudir en su ayuda y salvar la situación renacionalizando empresas como Railtrack o British Fuel.
Pero donde nos hemos lucido más ha sido en el sector financiero. Ahí es nada la de gente que se ha forrado gracias a la desregulación financiera, que ha permitido fabricar miles de fórmulas con las que llevar a cabo verdaderas aventuras especulativas. Y al mismo tiempo han permitido a los más pobres hasta endeudarse con generosas hipotecas. Por ello, ahora que nuestros intrépidos capitanes financieros han encallado en el mar de la especulación, acudimos presurosos a darles todas las ayudas que precisan, Sea en forma de liquidez a los bancos, sea en forma de nacionalización. No nos ha temblado la mano a la hora de nacionalizar el Northern Rock, ni nos han hecho mellas las críticas de sus inversores, a los que al final les garantizaremos buenas indemnizaciones para que empiecen nuevas singladuras.
Quien defiende que el neoliberalismo es el estado mínimo se equivoca. Es la intervención estatal de otra forma. Con nacionalizaciones temporales (como los contratos temporales), el estado nodriza de los inversores y salvador de los especuladores desorientados. Por ello cuando en España vuelva a mandar un verdadero neoliberal piadoso la primera medida que tomará será indemnizar a los generosos inversores culturales de los fondos filatélicos. Porque también ellos merecen el apoyo del estado. Y no los vagos de espíritu que solo piden derechos sociales para no tener que meterse en aventuras mercantiles.
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2008