La política electoral, si bien no debe desestimarse, no puede ubicarse en el centro de ninguna acción política radical seria, orientada a cambiar las instituciones que sustentan el sistema político, desmantelar las ideologías hegemónicas y fomentar el tipo de conciencia de masas en que habría de basarse un cambio social y político desesperadamente necesario.
José María Mena
Eduardo T. D.
Ya le tocaba. Eduardo T.D. es, sin ninguna duda, el personaje de mayor categoría del núcleo duro conservador de la fiscalía madrileña. Siempre fue su líder, aunque otros deseaban o aparentaban serlo. Uno de los más inteligentes de entre ellos, y desde luego el más listo, aunque quizás no el más laborioso.
Es preferible no atribuir a esto último sino a su generosidad la capacidad que ha acreditado, hasta ahora, para estimular a sus compañeros de profesión y convicciones para que ocupen los cargos, no perdurables, de mayor responsabilidad y dificultad.
Así ocurrió con el nombramiento de Juan Ortiz Úrculo, personaje poco brillante de su entorno, como Fiscal General, que duró tan poco que le llamaba Juanito el breve. Eduardo T.D. prefería permanecer en un estable segundo plano, aconsejando. Su dedicación e interés en la crítica cinematográfica le compensaría, probablemente, de este sacrificio.
Tras su figura atildada, su gesto dialogante y sus amables modales cardenalicios, hay una persona reciamente conservadora. No en balde fue hombre de confianza, como jefe dela Secretaría Técnica, del inefable Cardenal, aquel Fiscal General de tiempos de Aznar que se manifestó públicamente, siendo Fiscal General, contra el aborto legal, contra la reforma legal del matrimonio, contra la persecución penal de Pinochet, etc. Y el que destituyó a Carlos Jiménez Villarejo para poner fin a su osadía en la persecución de la gran delincuencia financiera, destitución que fue aplaudida por la Asociación Profesional de Fiscales, entonces liderada por nuestro ahora flamante Eduardo T.D.
Te Deum laudamus…
19 /
1 /
2012