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Benedicto XVII

Grasa molesta

En la estela del gobierno danés, el británico de Cameron se está pensando seriamente introducir un impuesto sobre la mantequilla y los alimentos grasos, con el objetivo moralizador de vegetarianizar a un ejército de obesos y con la cínica esperanza de utilizar las tragaderas de los gordinflones para ensanchar las adelgazadas arcas del estado.

Me doy cuenta que en períodos de vacas flacas todo hace caldo, sobre todo los productos grasos. Por otro lado, dicen que se trataría de una forma de autofinanciación: los dineros de la imposición servirán para pagar las curas médicas de los obesos, que pesan sobre la comunidad en su conjunto.

En Dinamarca, puede ser. En Inglaterra ya lo dudo. Mientras que en los países mediterráneos de Europa (¿os viene a la mente alguno?) tengo la certeza de que, antes que ir a parar a los hospitales, los dineros recaudados de las chichas se perderían entre los músculos fláccidos del corpachón burocrático, engordando la barriga nunca del todo saciada de los corruptos.

¿Por qué entonces no financiar con impuestos sobre los vicios una reducción de las contribuciones sobre la virtud? Si el Estado desea empujarnos a comportamientos saludables, alcanzaría mucho mejor su objetivo ayudándonos a pagar menos por las cosas que nos proporcionan bienestar. Las cuales —de las energías limpias a los alimentos biológicos— son en cambio las más caras de todas.

Es malgastar tinta, lo sé. Si la equiparación de la mantequilla al alcohol es un signo formidable de los tiempos, la solución propuesta es en cambio muy vieja: resolverlo todo endosándonos un nuevo tributo. Una costumbre que la política obesa no desea remediar.

Entretanto, el impuesto sobre sus propios vicios lo pagamos todos nosotros.

13 /

10 /

2011

La diferencia fundamental [de la cultura obrera] con la cultura de los intelectuales que tan odiosa me resultaba es el principio de modestia. El militante obrero, el representante obrero, aunque sea culto, es modesto porque, se podría decir, reconoce que existe la muerte, como la reconoce el pueblo. El pueblo sabe que uno muere. El intelectual es una especie de cretino grandilocuente que se empeña en no morirse, es un tipo que no se ha enterado que uno muere, e intenta ser célebre, hacerse un nombre, destacar… esas gilipolleces del intelectual que son el trasunto ideal de su pertenencia a la clase dominante.

Manuel Sacristán Luzón
M.A.R.X, p. 59

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